Vaya tropa…

Cuando miras atrás y ves los que han pasado por la política local, autonómica y nacional, quizás lo hagas con esas gafas sepias del pasado; pero, lo cierto es que, desde los primeros pasos de la transición, los que se dedicaban a la política, fuesen de izquierdas o derechas, eran personas preparadas, con ideología, con una visión altruista y sincera de buscar lo mejor para España. Todos tenían un pasado laboral, una mochila, un desarrollo profesional y un nivel cultural que para muchos los quisiéramos en los momentos presentes para nuestros hijos, nuestros nietos o incluso nosotros mismos, ni que decir tiene para los que hoy se acercan a la política para comer caliente.
El acceso a la administración era por mérito, capacidad y superación de unos duros exámenes u oposiciones, los niveles se diferenciaban no por la clase, sino por la capacidad y el servicio, quizás con excesos de seriedad y adustas formas, pero con una preparación al máximo nivel. Hoy tenemos menos funcionarios que personal contratado ad hoc que, finalmente, les concedemos el nivel funcionarial sin cubrir los exámenes oportunos.
La política era una actividad pública a la que se dedicaban aquellos que ponían al servicio de los demás su capacidad, su preparación, su valía, en la que, en muchas ocasiones, perdían dinero para ganar prestigio o simplemente presencia pública; su error fue rodearse de niños, chavales sin preparación o en trámite de conseguirla, a los que pretendía instruir en el arte de la política y que sirvieron de traidores que se auparon sobre el César al que mataron sin piedad argumentando libertad, servicio, transparencia y regeneración, que no era más que el quítate tú, preparado e inteligente, para ponerme yo, corto de mente y sin más medalla que la vanidad y el ansia de poder y dinero.
Esos chavales, hoy ya talluditos, no han dejado de pasar de un puesto a otro, no han dejado de zaherir a unos u otros, para pisar a quien fuere preciso, por más que se vendieran como amigos, y sabiendo colocarse de perfil ante el superior jerárquico, al que como se descuide, nuevamente, apuñalará, pues el alacrán lo lleva en su naturaleza.
La política se ha convertido en una suerte de movimientos en los que se quita al que sirve, al que tiene criterio, al que está dispuesto a demostrar que se pueden hacer las cosas de otro modo, al que su honradez le impedirá venderse, para tildarles de mentirosos, dañinos, arribistas, que son los adjetivos que se reconocen en los que los taponan por miedo, por vergüenza y por envidia.
Recuerdo, aún, cómo a uno de los miembros de un importante partido, se le imputaban situaciones resueltas hacía más de 15 años, que se vuelven a sacar, no por la oposición, sino por los propios para que los adversos lo usasen, sólo por haber sido el mejor en su posición, por haber servido honradamente y desear retirarlo dañando su imagen.
No me olvido de otras que sufrieron la pena de banquillo que para otros se intenta evitar o se asea con argumentos absurdos, que hubo de abandonar la posición política y, finalmente, resultó no sólo absuelta, sino repuesta, sin que las “zorritas y malandrines” que la dañaron sufrieran lo más mínimo.
El problema de la política local es que los de uno y otro sector político no tienen, desde hace ya demasiado tiempo, un proyecto, ni de ciudad, que nadie expone; ni de Comunidad, que nadie espera; ni de Nación, que sirve únicamente para loas personales o engrandecimientos de los más ineptos a las más altas magistraturas, en un arte de engreimiento, soberbia y estulticia en una misma coctelera que nos facilita al más serio de los “bobos solemnes” que se puede construir.
Hemos pasado una pandemia en la que se echó en falta unos modelos de prevención sanitaria, legal, social y económica; pero lo grave no es que no los tuviésemos ante una cuestión del tamaño que padecimos, lo realmente grave es que ni la oposición, ni el gobierno, ni la sociedad, ni absolutamente nadie, hace nada por construir esos modelos, para, cuando se declara que se vulneraron los Derechos Fundamentales por el Gobierno, nadie, absolutamente nadie, asuma responsabilidad alguna.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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