Titiriteros

Que la industria del cine español está subvencionada no es decir nada nuevo, ni extraño, pues funciona gracias a los ingresos públicos que se reciben y que, en muchas ocasiones, no se justifican con los ciudadanos que acuden a verlas, construyéndose varias formas de encubrir dicha situación y ocultar el dinero, pues lo cierto es que ellos nunca pierden.
         Algunos entienden la cultura como el modelo de defensa de su posición con la creación de portales ideológicos que nos permiten contemplar sólo un sesgo político o una forma de hacer cultura, muchas veces chabacana, ordinaria, hortera y soez que encubre una incapacidad intelectual para desarrollar arte, que se envuelve en el halo de la modernidad.
         Existen triunfos alentados por la crítica del mismo sector y que sirven para un lucro que jamás se devuelve al público, más allá de la creación de imágenes piji-progres que se dedican a construir entramados societarios en paraísos fiscales, mientras critican a los empresarios de verdad o al gobierno de turno que les da el dinero y odian a los representantes públicos que no sirven a su fin, en una demostración palpable de su falta de criterio democrático, de su interés por la crispación y del lucro que esta le facilita.
         El arte no debería de tener signo político y el artista debería de ser respetuoso con la sociedad en la que desarrolla su actividad y, al criticarla, hacerlo con estilo, clase, elegancia e inteligencia, así como con el agradecimiento de ser reconocido por su trabajo por aquellos que le siguen, que pueden o no tener su posición o planteamiento político. Así, los “titiriteros” “payasos” o “saltimbanquis”, como les gusta denominarse, en su crítica social, deberían demostrar su equidistancia y como Unamuno, al nombran sin conocer, denostar la república asesina para, posteriormente, oponerse al totalitarismo violento. Para el día que hagan eso, recibirán el respeto y el apoyo del público; mientras tanto, vivirán en la burbuja de los propios que los enaltecen y encubren en sus actividades delictivas, pero habrán perdido el oropel de sus momentos de gloria.
         La cultura, en este país, se encuentra embotellada en los circuitos públicos que la sostienen, unas veces con acierto y equilibrio y otras con un evidente sesgo político y sin sentido.
         Resulta triste contemplar cómo la cinematografía es muy rica en la guerra americana, en las mundiales y las históricas inglesas y francesas, y se encuentre ayuna de la historia de España, mucho más rica y épica que las otras, o de nuestra guerra civil exentas de un sesgo y presentando las cosas como la historia reconoce haber sido para, en el momento que existe una cinta, promover una crítica o implementar un sesgo concreto y manipulador que nos impide no sólo disfrutar, sino aprender de nuestro pasado.
         Nos hemos envuelto en el desnudo, en lo soez, en las “zorras”, para olvidar series o películas que cuentan el pasado sin necesidad de planteamientos extraños para, cuando han llegado a los tiempos más modernos, desde un gobierno autodenominado de progreso, censurar y liquidarlas por presentar sus vergüenzas, y nadie, absolutamente ningún artista, formular su crítica a esa reprobación para, cuando en algún ayuntamiento se elimina algún proyecto por no contemplarlo adecuado, asesinar civilmente al edil de cultura por fascista, como si los comunistas fuesen mejores.
         Si tus cuentos no son apropiados para los niños o no obtienen el público necesario, y no se te contrata, es por tener una administración fascista.
Si tu actuación resulta repetitiva, no obtiene el respaldo del público o, sencillamente, cambia el proyecto cultural por elección democrática, la democracia no existe, el nuevo programa es fascista, no es digno de respeto y mi criterio es superior a todo eso, pues la cultura soy yo. Esos son los artistas del sistema y los culteretas decisores de lo correcto, lo moderno, lo culto, por más que ellos no sepan ni cuál ha sido su pasado, no conocen nuestra historia y, mucho menos, tienen un espíritu crítico que busque la verdad poniendo en cuestión el discurso políticamente correcto para comprobar su veracidad o farsa; es decir, la cultura es intelectualidad y esta se encuentra en quien potencia el entendimiento del entorno en el que vive y potencia el conocimiento del alma humana como forma de comprensión y evaluación del ser humano, se limitan a loar y palmear la mano que les da de comer entorno a un sesgo político determinado, cubierto con el concepto de modernidad y progresía, que no cumplen, para servir al siniestro planteamiento totalitario de izquierdas, eso sí, lucrando como “cosacos” y manteniendo sociedades opacas al margen del fisco.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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