Significado simbólico de la mascarilla: el fin de España y de la humanidad. Por Luys Coleto

Mascarilla: nada que ver, siquiera remotamente, con la salud. Lo contrario, desde luego: deliberado y criminal ataque a la salud para enfermarnos. Los que no hemos llevado (ni llevaremos jamás) un puto bozal lo tenemos razonablemente cristalino desde el inicio del presente y salvaje teatro plandémico. Y todo en él deviene simbólico. 

Bozal: humillación, sometimiento, tortura, derrota, deshumanización…

Bozal: símbolo de opresión y humillación y sumisión. Además de un grato pasatiempo para los que, desde el poder y poderes que teledirigen la presente y criminal farsa covid, no paran de descojonarse, al masónico y satánico modo, del exterminable ganado. 

Bozal, signo de capitulación y rendición: se “renuncia”, mientras, a la condición humana, aceptando así pastueñamente el tránsito hacia el transhumanismo, previa llegada del posthumanismo: el fin de la especie humana. ‎Bozal, fábrica de trauma y psicosis, experimento y tortura social, esculpiendo paulatinamente a la prescindible chusma poblacional planetaria mediante la (com)pulsión (pan)escópica del poder. 

Bozal, el fin del yo…y de las patrias

La obligación generalizada de llevar un puto trapo en la boca deviene acabado y perfeccionado paradigma de un progresivo derrumbe de las fronteras ‎colectivas e individuales, de los límites que demarcan los cada vez más fragilizados Estados-Nación, así como del limes que ‎permite desigualar lo que está afuera y lo que se halla adentro, la formación y posterior fijación de un sujeto ‎individual y colectivo. ‎Eclipsados yo y nosotros: indiferenciada y aciaga melaza globalitaria a cambio

El uso generalizado de la máscara, mordaza. “Tú te callas”. Al suprimir toda singularidad, todo deviene asalvajada y aplastante uniformidad. Se impone ‎‎una deserción de lengua, una imposibilidad de hablar: el uso generalizado ‎del bozal cimenta una nueva torre de Babel (Gen. 11). 

Enclaustrado y encapsulado, la tiranía covid ordena despóticamente un “puertas cerradas”, obstruidos y ahogados labios, el bozal ‎impone una nueva suerte de “universalidad monádica” – tan poco leibniziana, por otra parte, ains – de la condición humana, donde ‎‎nadie se distingue de los demás: la indistinta y uniforme tecno-mónada andrógina, mestiza, apátrida, a-religiosa…vampirizada para los restos. 

Adiós España, adiós humanidad libre

La frontera, dispositivo axial del imaginario individual y social. Es lo que permite erigir un ‎sentido. Durante la plandemia, al derogarse su función de mediación, las instituciones intermedias, las organizaciones de la sociedad civil, fueron desactivadas y transformadas en ‎lo contrario de sí mismas. En lugar de instituir un límite ante el omnímodo poder, ‎se convirtieron definitivamente en una simple correa de transmisión de las despóticas y arbitrarias órdenes y normas de ese mismo poder. Todas ellas quedan reducidas ‎a obscenos actos de automutilación. Sociedad civil, quién te ha visto y quién te ve

El individuo transformado en su máscara, tan propio de una mascarada. Esquizo total, utiliza un bozal que es presentado como obligación “global”. Al extirpar las fronteras políticas, elimina también ‎toda delimitación entre uno mismo y el otro. La globalización de la plandemia difumina toda ‎diferencia, borra toda distinción, exteriorizando impúdicamente un cuasi apagamiento de la soberanía – tan poquita ya – del Estado nación. Aboliendo, en el ínterin, al ser humano como entidad ‎jurídica, psíquica y moral. 

DESOBEDECER, único camino

Se operaría así, en todos los sentidos, una licuación entre el adentro y el afuera. Expresado de otra manera: se instala una psicosis generalizada, llevando a pueblos enteros e “huidizos” individuos a consentir paranoicamente su propia ‎destrucción. ‎España incluida. Y cada uno de ustedes.  Y sus propios hijos y nietos…

…Eso sí, salvo que lo impidamos. DESOBEDECIENDO en todo momento y lugar. Y dejando de votar, claro, faltaría más. En fin. 

Luys Coleto

Luys Coleto, prófugo de la existencia, desidentificado y desubicado, batallando contra todo. Y contra todos. Y, por la libertad y el buen periodismo, felicísimo, en tales y belicosos trances. En fin.

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