…Sed libéranos a Malo. Amén

Los engaños, las mentiras… creo que son el cáncer de la sociedad actual

Parece que actualmente mentir y engañar, son virtudes, son una muestra de inteligencia. Para mí, son en realidad una deshonra, un descrédito y un desprestigio personal difícilmente recuperables.

Abunda en la política (¡cómo no!), pero la encontramos también en todos los ámbitos de la sociedad: las relaciones personales, laborales, con la administración… La gente miente con total naturalidad e incluso con absoluta desfachatez.

Mentir se ha convertido en  un derecho y un instrumento para prosperar en la sociedad y ocultar la realidad imperfecta.

También se ha introducido en el mundo de la Justicia (aunque parezca un contrasentido). Podrán mentir los denunciados, encausados, investigados y acusados en un proceso. Esto se deriva del derecho reconocido en el artículo 24.2 de la Constitución Española a utilizar los medios de prueba oportunos para su defensa, a no declarar contra sí mismos y a no confesarse culpables. Es decir, que indirectamente la Constitución reconoce que pueden mentir. Si eligen mentir y el juez se da cuenta, no podrán ser castigados con una pena más elevada por ese motivo.

A veces tengo que decir a algunas personas de cierta ideología que consideran lícito el mentir: “Yo no puedo mentir, soy católico, iría contra mis leyes; soy de derechas, iría contra mis principios; soy una persona civilizada, no soy un depredador.”

Hasta aquí, todo es discutible, aceptable o lo que ustedes quieran, pero que el engaño haya llegado hasta la propia Iglesia y la máxima expresión de oración que es el Padrenuestro, me parece una aberración.

Los italianos tienen un refrán que viene muy bien al caso: «Traduttore, traditore» (el que traduce, traiciona).

El 10 de febrero de 1965, se celebró en España la primera misa en castellano. La oración del padrenuestro se tradujo del latín, y finalizaba así: “…y no nos dejes caer en la tentación, / mas líbranos del mal. / Amén» (en 1988 se cambió por “…Y líbranos del mal”).

Pero, esta traducción encierra un intolerable engaño.

Probablemente, si alguien le pidiese a usted que le explicase el significado de “Y líbranos del mal”, le respondería que con ello pedimos al Padre que nos libre de los sufrimientos, de las penalidades, de las desgracias, las enfermedades, los accidentes, etc.

Refuerza esta interpretación que, durante la misa, tras recitar esta oración, el sacerdote sigue diciendo: “Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días”, con esta frase se reafirma el significado material de la petición.

En latín la oración tradicional es Sed liberanos a Malo. Debemos escribir «Malo» en mayúsculas porque esa palabra es un sustantivo que se refiere a una individualidad.

Lo que en Mateo se lee efectivamente no es «el mal» sino «el Malo»: ἀλλὰ ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ.

En conclusión, en realidad deberías decir: “Y libéranos del Maligno. Amén.” Porque esa es verdaderamente la traducción de «a Malo». El significado de la oración cambia drásticamente porque en “líbranos del mal” pedimos al Padre que nos dé una buena vida, cómoda, sin sobresaltos y, además, desaparece la referencia al Maligno. En latín no se pedía una vida cómoda, sin tribulaciones, las dificultades personales se podían superar, se aceptaban con resignación, pero impedir la influencia de Satanás, era cosa de Dios.

Esa interpretación de pedir a Dios que nos libre del mal, tiene otra consecuencia, en mi opinión tremendamente negativa: Si durante la vida tengo accidentes, enfermedades, pobreza, e incluso problemas con el coche, la culpa es de Dios, porque no me protege aunque se lo estoy pidiendo. Por lo tanto, Dios es el culpable de todas mis desgracias.

Con solo cambiar una palabra, Malo por mal, alguien ha conseguido que Dios sea culpable de todos mis problemas, y que Satanás haya desaparecido de mi vida.

Durante casi dos mil años Satanás intentó convencernos de que Dios no existe y no lo consiguió. En los últimos doscientos años ha cambiado la estrategia y ahora quiere convencernos de que ÉL no existe, y lo ha conseguido. -Si no existe el demonio, si Dios es Bueno, si al morir no pasa nada, ¿por qué no puedo hacer lo que me dé la gana en esta vida?-.

Pero resulta que sí existe Satanás (lo afirman los santos, lo saben los papas). Sí seremos juzgados por nuestros actos al morir. Mucha buena gente engañada lo descubrirá demasiado tarde.

Deberíamos decir al rezar el Padrenuestro: “Y líbranos del Maligno” tal y como recomienda el olvidado e ignorado por muchos sacerdotes y obispos, Catecismo de San Juan Pablo II:

  1. 2864. En la última petición, “y líbranos del mal”, el cristiano pide a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre el “príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación.

Pág. 858

 

Decir “líbranos del mal” es tolerar el engaño y permitir que falseen la verdad.

 

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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