Rojos y maricones

Adivina, adivinanza, léanme con atención, esperando adivinen el apellido del fascista a quien me refiero yo; es un lila más que rojo, sobre todo es un mandón, con el que si no estás de acuerdo, irás directo al paredón.

Todavía recuerdo a día de hoy, un tiempo pretérito, un tiempo de derechos, de gran valor moral, donde nuestros pequeños carecían de esa ambigüedad, que está tan de moda en la actualidad. Donde existían verdaderos paradigmas en los muchos y diversos ámbitos o campos laborales, sociales, culturales, económicos, políticos…  donde se hablaba con propiedad y se llamaba a las cosas por su nombre.

Un tiempo en el que se iba de cara y de frente, sin miedo al totalitarismo, el hoy fascismo camaleónico, vestido con ropas diferentes, pero como antaño, postulando su ideología en la revolución totalitaria del pensamiento único, el suyo. En el que se excluye a todo aquel que piense diferente. Valga la redundancia.

Un fascismo revolucionario, con una personalidad definida y cobarde, la de esta nueva izquierda, una progresía sin progreso, regresiva y revanchista, la cual sólo tiene derechos, careciendo de obligaciones.

Una izquierda cuya bandera es legitimar sus errores, empezando por ellos mismos, haciendo de lo programático y dogmático, mantras absolutos, lo pragmático se queda obsoleto y lo transforman en paradigmático. Se erigen en referentes del progreso, cuando en lugar de hacernos avanzar, nos hacen retroceder.

La mediocridad cultural de los erigidos en sus referentes sociales, por esa verborrea vomitiva que sale de sus entrañas por sus fauces, en forma de muro dialéctico, un muro transversal, ambiguo y arcano contra lo que ellos entienden por fascismo, no es más que el retrato de mentes y conciencias mediocres y rojas, presas de una ideología casi extinta por su carácter y espíritu, nocivo y obsoleto.

Saben a ciencia cierta que son un error, un embuste, una falsedad, pues sólo los dueños de estos conceptos, estos calificativos sustantivales, necesitan apoyo del gobierno para sustentarse, ya que la verdad se sustenta sola. Es por eso que continuamente están creando neologismos y definiciones o conceptos nuevos, los cuales, acuñan a modo de descalificativos contra su disidencia ideológica.

Se hacen llamar intelectuales y dicen pertenecer al mundo de la cultura; otra falsedad, pues la cultura se demuestra con pluralidad, respeto y educación, tanto la subjetual como la objetual. Con la primera nacemos, la segunda la adquirimos a lo largo del tiempo, a lo largo de nuestra vida. La primera es inherente a cada cual, por sus distintas circunstancias personales, la segunda es una opción, que podemos elegir o descartar.

Son personas acomplejadas, ególatras, narcisistas y egoístas en extremo, no contentos con sus vidas, crean un mundo, una realidad ficticia y paralela, en la que son únicos protagonistas, transformando la realidad en esa utopía que anhelan, mediante un estado de metamorfosis continuo, una crisálida, en la que se den nuevas situaciones, cuyo único objetivo es cambiar el curso de la historia.

Parece ser que tienen un nuevo Mesías, un nuevo referente intelectual en la izquierda, cuya única ambición es una fama que necesita como el aire para respirar y del todo inmerecida. Su único argumento es el señalarse, como el paradigma de un bando en nuestra aciaga y cruel guerra civil y de un colectivo, al que dice defender, con un corolario de discriminaciones positivas, que no ofrecen igualdad ni derechos, sino privilegios diferenciales, frente al resto de la sociedad.

El eslogan de moda, «somos un programa para rojos y maricones», «el que no nos quiera ver, que no nos vea.» Yo ya soy daltónico. ¿Y tú?.

Como ya habrá adivinado, la señora y el señor, el apellido del fascista al que me refiero yo, adivina, adivinanza, igualito que empezó, así se acaba mi escrito, sobre el rojo maricón.

Santos Trinidad

Cristiano católico, creyente no practicante. De derecha, amante de la libertad, basada en una igualdad sustentada en la justicia.

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