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¿Quién era el «discípulo amado»? (1): ¿fue realmente Juan de Zebedeo?

Artículo extraído del libro CANON: UNA INVESTIGACIÓN QUE DEMUESTRA LA VERDAD HSTÓRICA DE LOS EVANGELIOS, de Laureano Benítez Grande-Caballero

La autoría del Cuarto Evangelio es un misterio sumamente complejo, pues se ramifica en varias cuestiones intrigantes: por un lado, las evidencias externas aportadas por la tradición indican claramente la autoría de Juan Zebedeo; en cuanto a las evidencias internas,  en Juan 21:20-24 se afirma notoriamente que el autor del Evangelio fue el discípulo amado, pero su nombre permanece en el misterio: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero».

En el caso de aceptar esta autoría  ―que como veremos plantea aspectos problemáticos― la primera cuestión  a esclarecer es la de averiguar la verdadera identidad de este discípulo, enigma que guarda concomitancias con la oscuridad que rodea al joven que huyó desnudo de Getsemaní la noche del prendimiento de Jesús.

Si hacemos confluir ambas evidencias, la conclusión lógica es que Juan de Zebedeo es este discípulo. Pero aunque aparentemente este razonamiento es legítimo, hay sobrados motivos para interrogarse sobre su validez, hasta el punto de que nadie parece haber encontrado una solución definitiva para este problema, con lo cual el debate sigue abierto entre los eruditos.

La tradición patrística identifica unánimemente a Juan con el discípulo amado. Así, Ireneo de Lyon (130-202) es el primer autor que certifica la autoría joánica del Cuarto Evangelio,  asociando a Juan con el discípulo amado: «Por fin, Juan, el discípulo del Señor “que se había recostado en su pecho”, redactó el Evangelio cuando residía en Éfeso».

Orígenes (210-250) afirmó que Juan era el discípulo amado en su comentario al Evangelio de Juan, al afirmar que el escritor del Cuarto Evangelio es aquel Juan «que se reclinó en el pecho de Jesús».

Sin embargo, las evidencias internas del Cuarto Evangelio arrojan serias dudas sobre la identificación de Juan con el discípulo amado.

En primer lugar, el nombre de Juan no aparece en ningún lugar del Cuarto Evangelio, justificándose este anonimato con el argumento de la modestia. Pero si fue la modestia lo que indujo a este testigo presencial a no referirse a sí mismo por su propio nombre, resulta difícil creer que estuviera llamando constantemente la atención sobre el amor especial que Jesús le tenía. Una solución plausible consistiría en admitir que el discípulo-testigo se refirió asimismo simplemente como «el otro discípulo», y que fueron sus seguidores los que aludían a él como el discípulo amado.

La más clara referencia a la posible identidad del discípulo amado la tenemos posiblemente en la Última Cena, por lo cual ha sido el episodio que más han estudiado los investigadores: «Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”. Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”» (Juan 13:23-25).

Agustín Fabra llama la atención sobre el hecho de que la expresión «recostarse sobre el pecho» se usaba para señalar que se disfrutaba de la familiaridad de alguien. Este gesto protocolario, según las costumbres judías de aquel tiempo, correspondía al dueño de la casa o, en su ausencia, a su hijo primogénito. El anfitrión se sentaba a la derecha del invitado, y apoyaba en un determinado momento la cabeza sobre su pecho. Esto quiere decir que la Última Cena tuvo lugar en la casa de un conocido de Jesús, y que quien estaba sentado a su derecha era, o bien el propietario, o bien su primogénito. Por esta razón, incluso aunque no fuera un apóstol perteneciente al círculo de los Doce, el discípulo amado pudo estar presente en la Última Cena.

Esta interpretación se debe a los trabajos del exégeta Henri Cazelles,  quien asevera que  la casa de la Última Cena pertenecía a la familia de los Zebedeo. Para demostrar su hipótesis, Cazelles se fundamenta en Juan 18:15-16, donde se explica que Jesús fue seguido durante su recorrido desde Getsemaní hasta el palacio de Anás por Simón Pedro y otro discípulo, el cual tenía conocidos en la casa del Sumo Sacerdote, y de esta manera pudo entrar en el atrio mientras que Pedro se mantenía fuera. Si partimos de la idea de que a los apóstoles les hubiera resultado imposible entrar, hay que concluir que ese misterioso personaje tenía relación con los altos dignatarios judíos de Jerusalén, posiblemente debido a algún tipo de función sacerdotal que ejercía allí.

¿Pudo haber sido sacerdote Juan Zebedeo, un galileo artesano cuyo negocio estaba lejos de Jerusalén? Para Cazelles esta identificación es posible, puesto que los sacerdotes ejercían su servicio por turnos semanales dos veces al año, regresando a sus casas al terminar sus funciones, con lo cual podían dedicarse nuevamente a sus ocupaciones cotidianas. Además, la familia Zebedeo era propietaria de una empresa, que tenía contratados a trabajadores que podían hacer las faenas sin una presencia constante de los propietarios.

Desde este punto de vista, no es descabellado suponer que los Zebedeo podrían tener una propiedad en Jerusalén, aunque fuera “de paso”, donde habría tenido lugar la Última Cena.

Sobre este punto, Brown señala que la madre de Juan, Salomé, era hermana de María. Al ser sobrino de la madre de Jesús, esto explicaría por qué Jesús le encomendó su custodia desde la misma cruz en el Gólgota, y también sus relaciones con el sacerdocio, pues María tenía parientes de familia sacerdotal, según Lc 1:5,36.

Whiteley, investigador de la Universidad de Oxford, está de acuerdo con la hipótesis de Henry Cazelles. Para él, el discípulo amado no podía ser otro que el propietario de la casa donde se realizó la Última Cena, pues en estas celebraciones los comensales se ubicaban con arreglo a un protocolo bien determinado, en el cual el anfitrión ocupaba el lugar a la derecha del invitado de honor, y ambos se ubicaban en la mesa que formaba parte central de la herradura con arreglo a la cual se distribuían las demás mesas. Teniendo en cuenta que la costumbre era reclinarse en un sofá sobre el brazo izquierdo para así poder comer con la mano derecha, la única posibilidad de recostarse sobre el pecho de Jesús sería, evidentemente, que el discípulo amado estuviera a su derecha, lugar que le correspondía, como hemos explicado, al anfitrión.

¿Quién era este personaje? Lo único cierto es que se trataría de una persona acaudalada que tenía una casa en Jerusalén. Se especula incluso con que este discípulo amado fue quien relacionó a Jesús con gente adinerada como Nicodemo o José de Arimatea. Pero a estos dos personajes hay que descartarlos porque sus nombres aparecen en el Evangelio.

Sin embargo, estas hipótesis no resultan muy convincentes. La Última Cena tuvo un carácter excepcional, en cuanto suponía la despedida de Jesús de sus discípulos, su último acto público en este mundo, por lo cual es presumible que Jesús quisiera dar a sus discípulos sus postreras enseñanzas  e instrucciones ―cosa que realmente hizo―. Para ello, necesitaba intimidad con los Doce, y desde este punto de vista se hace difícil aceptar que alguien que no perteneciera al círculo apostólico estuviera presente en la cena, y mucho más ocupando un lugar de honor. Que las costumbres judías establecieran que el anfitrión ―o su primogénito― se sentara a la derecha del invitado no quiere decir que en esta ocasión se cumpliera ese protocolo de la hospitalidad judía.

Otra hipótesis mantenida por algunos autores es que el discípulo amado no era otro que Lázaro de Betania, aquel a quien Jesús resucitó. Es interesante hacer notar a este respecto que el único personaje del que se dice en los relatos canónicos que era amado por Jesús es Lázaro. Partiendo de este hecho, Sanders llega a decir que el cuarto evangelio fue en principio una obra escrita en arameo por Lázaro, que posteriormente fue publicada por Juan Marcos.

Otro detalle interesante es que, como señala Brown, curiosamente todos los episodios en los que aparece el discípulo amado son posteriores a la resurrección de Lázaro, pero esto puede explicarse considerando que los capítulos 13-21 son obra de un redactor final. Evidentemente, es una teoría que no tiene mucha aceptación.

Raymond Brown cree que el discípulo amado fue en sus comienzos un seguidor de Juan el Bautista. En Juan 1:35-40 se narra que dos discípulos del Bautista siguen a Jesús. Se nos da el nombre de uno de ellos ―Andrés, hermano de Simón Pedro―, sin embargo el nombre del otro discípulo que-da en el anonimato. Para Brown y otros investigadores, entre los que hay que citar a Boismard, justamente ese discípulo es el discípulo amado.

Otros autores postulan la candidatura de Juan Marcos ―Marcos el evangelista― que era de Jerusalén, marco geográfico principal del cuarto evangelio, y parecía tener parientes en la clase sacerdotal, pues su primo Bernabé era levita. Por otra parte, el discípulo amado presenta una estrecha relación con Pedro, del que Juan Marcos fue secretario particular según la tradición.

Juan Marcos era el hijo del dueño del local en el cual se celebró la Última Cena, y, desde este punto de vista hay quien sostiene que era el discípulo amado: en su calidad de hijo del anfitrión, pudo estar presente durante la cena, y, además, al no pertenecer al círculo apostólico, los pasajes evangélicos en los cuales este hecho se pone de manifiesto resultan comprensibles. Pero, claro, esto supondría ¡que Marcos escribió 2 evangelios! Algo difícilmente asumible, por lo cual, la teoría que identifica al discípulo amado con el anfitrión o su hijo chirría por todas partes.

Otra objeción a esta hipótesis es que, como pone de relieve Brown, el discípulo amado lógicamente había de ser uno de los Doce, como demostró su posición tan cercana a Pedro y su proximidad a Jesús durante la Última Cena. De no haber sido uno de los apóstoles, sería difícil comprender cómo el discípulo más íntimamente unido a Jesús ni siquiera es mencionado en la lista «oficial» de sus discípulos.

La cuestión esencial para dirimir la identidad del discípulo amado es responder a este interrogante: ¿Era uno de los Doce? Lo veremos en el siguiente artículo.

Laureano Benítez Grande-Caballero

Sevillano, profesor de Historia jubilado, escritor de 35 libros, la mayoría de tema católico. Articulista en muchos medios digitales patrióticos, tertuliano ocasional en Radio Ya, imparte conferencias por toda España sobre el Padre Pío de Pietrelcina. Sus últimos libros publicados son EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, y LA PATRIA TRAICIONADA: ESPAÑA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL.

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