AutoresHispaniaHistoriaJosé Catalá

¿Qué es una revolución?

Según la versión oficial Es un Golpe de Estado dado por el pueblo. No seamos ingenuos; siempre hay alguien detrás que no se ensucia las manos.

La palabra “Revolución” va indefectiblemente ligada a la palabra “Violencia”. No es posible hacer una revolución política sin violencia.

Para comprender el origen de una revolución deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Por qué un obrero/a o un campesino/a, personas intrínsecamente pacíficas, se vuelven inesperadamente violentos? 

Analicemos dos aspectos del ser humano que podrían provocar este drástico cambio: el hambre y la injusticia.

 

EL HAMBRE

Stalin, presidente de la URSS, mató de hambre a más de siete millones de personas en tan solo unos meses (hay historiadores ucranianos que hablan de 10 millones): simplemente, mandó al ejército soviético invasor que incautara todo el alimento, hasta que la población se sometiese al soviet. La población no pudo reaccionar por falta de fuerzas debido a la hambruna. Este hecho histórico que probablemente usted desconozca por su escasa difusión, se conoce como  Holodomor de Ucrania (1932-1933). Episodio tabú entre los historiadores marxistas. 

En conclusión, El hambre puede provocar una reacción violenta, pero demasiado tarde: cualquier ser humano se transforma ante el hambre como un animal. La mente es capaz de ejercer violencia, pero el cuerpo ya está demasiado debilitado para materializarla. Por lo tanto, no es un factor decisivo para iniciar una revolución.

 

LA INJUSTICIA 

Algunas veces se han dado casos, como el teatralizado por Calderón en El Alcalde de Zalamea, en los que el pueblo, humillado en su dignidad, se lanza contra el poderoso. Esto también lo encontramos en la Revolución Francesa, donde hubo un sentimiento de injusticia en el pueblo al ver cómo los Privilegiados no pagaban impuestos y los ciudadanos del tercer estado, sí. 

No obstante, no siempre es así. Los judíos fueron humillados por Hitler durante los años treinta, antes de la guerra, y no se rebelaron. También existió humillación en las mismas fechas, en España, del grupo La Falange. 20 falangistas tuvieron que ser asesinados y muchos más heridos, por elementos comunistas y socialistas, entre enero y junio del año 1934, antes de responder ellos con la misma violencia (dato no discutido ni por los marxistas). La humillación era tan bochornosa que los periodistas empezaron burlarse del líder, José Antonio, llamándole, “Juan Simón, el ‘enterrador’”, porque solo salía en los periódicos para acompañar a los féretros de los jóvenes falangistas al cementerio. O a Falange Española, la llamaban “Funeraria Española”.

Por lo tanto, La injusticia tampoco es un factor seguro del estallido de una revolución. Hay episodios en la historia de la humanidad en los que vemos hambre, pero no sublevación; vemos humillación, y sin embargo, se responde con resignación. 

En conclusión, estos dos factores no son suficientes para desencadenar una revolución violenta, sanguinaria y destructiva; falta un componente esencial para que un trabajador, un campesino, es decir, gentes tranquilas, pacíficas, amables y solidarias se conviertan en asesinos; ese componente es la ideología.

 

LA IDEOLOGÍA

La ideología aporta a las gentes sencillas el odio necesario para poder ser instrumentalizadas. Un político no tiene ejército castrense, su ejército son sus votantes, por esa razón, su instrumento amenazante para obtener el poder, es la masa. Manipular esa masa es muy fácil para un político: tan solo tiene que sembrar odio en sus mentes, y ya tiene un ejército; como no es militar, se le llama ejército popular o miliciano; como no está dirigido por profesionales, no hay control efectivo sobre la masa y el movimiento se convierte en revolución, que, en realidad, no es otra cosa que la violencia de la población lanzada por los políticos para conseguir sus propios intereses. 

Todos los ejércitos profesionales del mundo tienen un código de honor, el enemigo derrotado, debe ser respetado. Pero si la violencia parte de no profesionales, entonces no tiene control ni medida y llega a extremos que ni las mentes más perversas puedan imaginar, como ocurría en dos checas de Madrid donde, por ejemplo, lanzaban a los detenidos a una pocilga haciéndoles cortes en la carne, para que los cerdos se los comiesen vivos, o un veterinario (gente con estudios) cortara los testículos (en vida) de un obispo y los llevase al bar para que los cocinasen para el jefe socialista del pueblo. La ideología anula todo sentimiento de humanidad. 

Solo la ideología es capaz de crear esas abominables acciones. Cuando la ideología dice que en una lucha de clases no puede sobrevivir mas que uno de los dos, está abocando a los ideológicamente trastornados, al exterminio de todo lo no sometido. Por esa razón, se produjo el genocidio en La Vendée, durante la Revolución Francesa; en México, la masacre de los Cristeros, 1927; o España, Alemania y la URSS, el exterminio de personas religiosas.

Los que utilizan la ideología para obtener poder, son políticos, aunque posteriormente se “invistan” del mayor rango militar: Hitler no era militar, era un pésimo pintor y político; Mussolini, no era militar, era maestro de escuela y político, Stalin fue seminarista y político, Mao, maestro y político, Fidel Castro, abogado y político, Pol Pot (1963), genocida camboyano (dos millones de muertos, con niños y ancianos), fue político.

La ideología es el arma de violencia de los políticos. Una vez sembrada en las mentes, es imposible controlarla ni detenerla.

Espero que este punto de vista sirva para que los estudiantes de historia reflexionen sobre esa visión tan simplista de “los buenos y los malos” y la conveniencia de cuestionar la validez de los tópicos terminológicos empleados por la historiografía moderna para describir la Historia.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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