Programa comunista publicado durante la Segunda República

En realidad, este pequeño y exaltado programa político se fue cumpliendo paulatinamente a lo largo de toda la Segunda República, incluida la contienda.

Me gustaría comentar algunos de sus puntos más interesantes.

Durante el primer semestre de 1936 fueron expropiadas muchas tierras en toda España, pero esta medida, más populista que inteligente, hizo que los jornaleros perdiesen puestos de trabajo que hasta entonces requerían dichas tierras, y jornales que pagaban religiosamente  los antiguos propietarios.

En marzo de 1936, 80.000 campesinos extremeños ocuparon 3.000 fincas convocados por UGT, pero el hambre de sus familias continuó agravándose a pesar de estas inteligentes medidas.

La quema de los títulos de propiedad fue constante durante la Segunda República, y enardeció durante la guerra civil en el territorio dominado por los rojos.

La confiscación de capitales fue uno de los puntos del programa comunista al que prestaron mayor interés los milicianos marxistas. Primero se informaban sobre personas que podían tener gran cantidad de dinero, luego se dirigían, unos cuantos milicianos izquierdistas armados, a casa de la víctima y la registraban, incautándose de objetos de valor. Si el registro resultaba infructuoso en lo monetario, se llevaban al cabeza de familia o a todos los varones, de cualquier edad, y los mantenían presos en un centro también incautado, habilitado como prisión “privada” de ese grupo de milicianos. Estos centros de tortura fueron llamados “checas” por influencia soviética. Si la familia pagaba, el preso podía ser liberado.

Solo en Madrid hubo más de doscientas checas, hagan cálculos del número de muertos y del dinero robado.

Viendo los políticos el descontrolado latrocinio de las masas izquierdistas sobre los bienes de ricos, derechistas, falangistas, conventos e iglesias, tuvieron miedo de perder su parte y tal vez pensaron que el oro del Banco de España en Madrid, estaría mejor en Moscú.

La supresión del dinero fue también una de sus mayores preocupaciones. Los milicianos solían ir a comer a los mejores restaurantes y residir en los mejores hoteles y pagaban con unos “vales” que expedían ellos mismos con el cuño de la organización.

El propio Rafael Alberti, gran poeta a pesar de todo, reconocido y estudiado durante el franquismo, vivió en el Palacio de los Marqueses de Heredia-Spinola de la calle Marqués del Duero 7, con su compañera María Teresa León, que el Gobierno había expropiado para sede del Congreso de Escritores Antifascistas y Redacción de la revista «El Mono Azul».

El punto del programa social-comunista de 1936 que se refiere a la “muerte de todos los seres inútiles, ancianos, incurables, impedidos, etc.” No hacía más que reflejar el programa llevado a cabo por Stalin en la Unión Soviética.

En el 36 no llegaron a hacerlo, al menos de forma sistemática, aunque se conoce la ubicación de un horno crematorio, en Madrid, años antes de que los pusiese en boga el líder del Partido nacionalSocialista Obrero Alemán, Hitler. Quizás sus herederos ideológicos tengan en mente este proyecto cuando gestionan residencias geriátricas o aprueben leyes como la eutanasia o el aborto en caso de fetos defectuosos.

Lo de la “supresión de la paternidad; los hijos pasarán a poder del estado”, me ha llegado al alma.

No creo que la señora Celaá conociese este detalle del programa; pienso más bien en que es un afán genético izquierdista, intrínseco a la ideología, y a todas luces inalienable del pensamiento social-comunista.

Quién nos iba a decir que ochenta años después, volveríamos a oír esas palabras en boca de un dirigente político español de aspecto aburguesado.

“Basta saber leer, escribir y contar”. Ese punto es crucial; los izquierdistas sabían que una masa inculta era una masa manejable y así trataron de mantenerla.

En 1936 la tasa de analfabetismo (no saber leer ni escribir) era del 44%.

El último punto del programa, “Muerte al que no esté conforme”, lo aplicaron con rigor, antes, y a lo largo de toda la contienda. Jamás enterraban a sus víctimas.

Por último quiero decir que no existió ningún programa tan extremista ni en la derecha española ni en derecha o izquierda europea hasta que Hitler inició la guerra, (por cierto, aliado secretamente con Stalin, que eso tampoco lo cuentan).

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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