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¿Por qué la educación muere en las escuelas? (y es embalsamada en las universidades)

La enseñanza de nuestro tiempo es el más complejo instrumento político destinado al definitivo entontecimiento y/o embrutecimiento de las masas.

Hoy en día, la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.

OSCAR WILDE

 

Corren tiempos de penuria intelectual, prostitución moral, apostasía radicalizada… Cual cadáveres redivivos, los modernos salen de sus nichos a recorrer el vacío de la urbe posmoderna: encadenados a las infamias de la Edad del Plástico en que permanecen instalados, venden su alma al diablo por un cheque bancario, una Coca-Cola, una caja de juanolas o bien una tableta de chocolate Nestlé (marca registrada). Espectáculo tétrico a la par que seductor, colección arbitraria de objetos cuya mera presencia envilece la más burda de las naturalezas, la urbe acumula varios núcleos significativos en los que el moderno puede resarcirse de sus fantasmas interiores: del centro comercial al hospital, de la heladería de la esquina a la oficina de correos, del colegio al pub, todo encaja en ese catafalco del mal gusto que denominamos Ciudad Moderna. De entre esos núcleos significativos, por ende, uno de los más mentados es la universidad, la benemérita y laica (y laicista) Universidad Estatal.

 

La democratización de la enseñanza

La gente bien siempre ha reclamado para sus descendientes la educación, el elevado derecho a la Educación; en dos palabras: “La-Enseñanza”. Producto democrático estandarizado, presunto vía crucis recompensado con increíbles y dulcísimos frutos (así tras un camino sembrado de amargas raíces), la enseñanza de nuestro tiempo es el más complejo instrumento político destinado al definitivo entontecimiento y/o embrutecimiento de las masas, esas masas alienadas de futuros votantes (frutas baldías del Régimen del 78), de buenos demócratas, de ejemplares sujetos soberanos de razón.

Y es que el prototipo democrático del “niño bien”, en tanto presupone con su mera presencia ese inminente relevo generacional, ya delata tras de sí el nicho del que proviene en un contexto de secularización galopante: colegios públicos, concertados e incluso privados, no hacen sino acoger en sus límites a un espécimen de prolija catalogación: el alumno del Estado laicista -el actual “borriquito con chándal” [aludido por el finado Sánchez Ferlosio, bien que surgido a propósito de la LOGSE (y sus devastadoras consecuencias) en esta España sin mármol ni poetas]-, suerte de presidiario-púber, cerrado por naturaleza al conocimiento teórico, rapaz evidente del juego, tendente al aire libre incontaminado, ajeno al vulgar ajetreo del mundo adulto que tan lejano (pre)siente, pero que, ya desde que aprendió a decir “papá”, “PP”, “PSOE”, etc., han intentado por todos los medios sus endiablados progenitores embutirle: la idea fija. Es la desgracia del niño moderno: no poder llegar a ser niño, niño genuino: no disfrutar de la naturaleza ni del juego al aire libre, ni de la lectura del Catecismo ni nada que se la parezca. Por el contrario, la democratización de la enseñanza difunde la idea de que el mejor lugar para (mal)educar a los desvalidos niños no es otro que la urbe, y en ella el colegio o la escuela, con sus paredes de hormigón, sus vallas oxidadas y sus funcionarios cabreados, lerdos o analfabetos, fatuos e impresentables muchos, incapaces de ilustrar a ese joven e inmaculado espíritu que se está abriendo al mundo y que no tardará en pudrirse, bien delante de un teléfono celular, un videojuego o un librillo de J. K. Rowling. ¡Perfectos lugares para la formación del espíritu!

 

La función de las llamadas enseñanzas obligatorias (primaria, secundaria), además de generar una criba de grosera mezquindad, seleccionando los “malos” de los “peores”, y a la sazón separando el grano de la grana, el agua del aguo, no hace sino discriminar “socialmente” (sic) a los alumnos, en tanto que unos pocos (los eternos favorecidos, hijos de los favorecidos de turno: los sempiternos) serán quienes copen los altos puestos de poder mañana (políticos, banqueros y demás ralea, remedando así cierto polémico opúsculo de Pío Baroja), mientras que los otros, la gran mayoría del 99 %, acabarán (en razón del defectuoso Sistema) desempeñando las labores más marginales de la pirámide jerárquica, pirámide de una sociedad que se dice democrática a fuerza de aniquiladora y escabrosa, como pueda serlo el silencio sepulcral de una fosa común: donde todos caben… pero ninguno es (en cuanto identidad). Resulta evidente por tanto que los “favorecidos” del primer grupo deberán dar un salto por encima de las cabezas de sus camaradas de juegos: su destino determinado no puede ser otro que la universidad, pero no la universidad del Sistema, sino la Otra. ¡Gaudeamus igitur!

 

La clase media va a la universidad -del Sistema- (pero no al Paraíso)

La bobería del alumno va pareja a la metodología del profesor.

Pero, la universidad, ¿qué ha sido de ella? ¿Quién llama hoy en día a sus puertas? Pregunta espinosa, mas en absoluto evidente, y cuya respuesta última la tiene la estadística, es decir la descabezada conciencia de la colectividad en manos del Poder.

Así y nada (que no todo), esa mediocridad distintiva de la clase media del Régimen del 78 rara vez se equivoca(rá): para ella la universidad no es sino ese idílico edén donde se estudian “carreras”; mas no todas cotizan igual en la pretendida escala de valores de la inefable clase de marras: una u otra carrera resultará(n) más “chic” (sic) en función de las “salidas” que ofrezca(n); el interés de una carrera, en efecto y valga la redundancia, depende de las “salidas” que ésta ofrezca, y etcétera etcétera: así como la Historia del Arte o la Filosofía apenas ofrecen un interés real para el estudiante medio, es decir no cotizan, unos estudios como los de Ciencias Políticas siempre serán mejor vistos, en especial por su naturaleza pragmática e improductiva, y ya no digamos las ingenierías, que por su fondo esencialmente técnico, matemático y antihumanista/estructuralista, serán del gusto del respetable, léase provocarán una inenarrable admiración entre los rostros de los aburguesados, satisfechos padres:

 

– Mi hijo estudia Políticas-Químicas –dijo una vez una madre…

Es un monólogo viejo, tomado a pie de calle, tan viejo como la aspirina, el monitor de fósforo verde o el especulador inmobiliario; de su banalidad surge toda una concepción de la vida (de la muerte en vida).

 

La hora de los satisfechos

El resultado de todo esto, como venimos anticipando, es el universitario con título sin opciones: el satisfecho demócrata del Régimen del 78. Ya sólo le queda “asentar la cabeza” y currelar como un bendito secularizado (bien como deseado funcionario, bien como pieza intercambiable). En pocas palabras: tras apostatar (y así perpetuar el mal de la clase media enajenada), la satisfacción de los mil euros mensuales o así para cubrir gastos básicos y no tanto: agua, luz, fisco, alimentación, seguridad social, hipoteca, materiales varios, etcétera; en definitiva, todo cuanto da no-sentido a la vida del moderno de clase media y no media.

Ante este desconcertante resultado, sólo cabe preguntarse ¿para qué demonios sirve realmente la universidad, a dónde nos ha llevado todo esto? Y la respuesta no es otra que para consolidar la dictadura de la clase media, su esencia inmutable: la hora (perpetua) de los satisfechos: la legitimación neoliberal de la mediocridad titulada (disfrazada de comunismo, de socialismo, de… ésa es ya otra historia).

A fin de cuentas: ¿por qué la educación muere en las escuelas? ¡Y usted me lo pregunta!

José Antonio Bielsa Arbiol

Articulista, crítico cinematográfico y escritor. Historiador del arte y graduado en filosofía. Colaborador en diversos medios de comunicación.

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