Pobres, ricos, libres o esclavos

Pobres y ricos, es la dicotomía que se utiliza por la izquierda para mantener su dialéctica del conflicto, que les permite obtener rédito político, ya lo decía Zapatero “…nos conviene que haya tensión…”.

En esa diferenciación, ellos se autoirrogan la posición de defensor del pobre, para con ella fortalecer el Estado en contra de la iniciativa privada, enfrentando nuevamente la discusión en dos polos, el del individuo y el de colectividad. La práctica nos deja patente que la aplicación del socialismo real, en China, Venezuela, Cuba, etc, supone la pérdida de la libertad en favor de un Estado elefantiásico al servicio del partido, de las élites de poder; mientras que un capitalismo social permite la riqueza de los pueblos, la libertad de sus ciudadanos únicamente sometidos al imperio de la Ley, como un cauce para paliar la pobreza extrema, que ya lo dijo JESÚS, siempre existirá.

La diferencia entre pobres y ricos no se encuentra en el dinero, ni en la renta que se obtenga, sino en las necesidades que se tengan que cubrir, pues un multimillonario podrá ser un hombre pobre de espíritu, con importantes carencias afectivas, sociales y psicológicas y el pobre ser un hombre feliz, amado, respetado y querido.

La pobreza o riqueza material se quedará aquí cuando tengamos que partir y partir lo haremos todos sin nada entre las manos, lo único que quedará y/o nos llevaremos es el amor de los que nos rodean, los valores que fuésemos capaces de transmitir y fortalecer, los sentimientos que podamos haber dejado en el surco de la vida, la profundidad del mismo y la paz que creásemos, de forma que podemos ser ricos en valores y sentimientos y pobres materiales.

La riqueza interior es propia de cada uno e independiente de su estatus o posición, no la puede facilitar un Estado, un poder, sino tu esposa, tus hijos, los que te rodean, lo que tú seas capaz de transmitir, crear y generar. Un desahuciado puede ser el hombre más rico del mundo y el que lo desahucia el más pobre de la historia de la humidad.

Esa felicidad interna, no controlable por el poder, no evaluable por terceros, es lo que hace de la religión católica un instrumento subversivo para el Comunismo ramplante y la necesidad de control que tiene el poder sobre el individuo que, con la Fe se hace libre y “descontrolado” de imposible “minimización”.

El otro día, un amigo se mofaba de la religión diciendo que cómo podíamos creer que la Virgen María se quedó embarazada del Espíritu Santo y qué cornudo era San José que se lo creyó. No lo hacía con maldad, pero sí con un profundo desconocimiento de la fe y de los sentimientos que ella genera, ni de la idea consolidada de que Dios lo puede todo.

El es un hombre que triunfa y tiene dinero, que se mofa de la religión y frente a unas “Santas tardes” sólo sabe decir “laicas tardes”, en busca de un enfrentamiento inexistente, pero que a él le hace sentir bien, pues con dinero y triunfando, cuando toque su marcha, Dios quiera que sea tarde, se irá sin nada, dejando el dinero, la fama, el poder, en manos de otros que a lo mejor ni le conocen, ni le respetan.

El honor, la fe, el señorío, el saber, la coherencia, la preparación, la educación, no son valores en alza, pero son aquellos que nadie te puede quitar, nadie puede manipular y nunca podrás perder y quedarán tras tu muerte en semillas nuevas que los harán perdurar y que estaban junto a ti. La felicidad es el beso de tu mujer o de tus hijos, el cariño de los amigos, la paz de tu casa, la tranquilidad de espíritu y la fuerza de poder tener la cabeza bien alta, por más que te sacudan golpes unos y otros, es luchar y levantarte tras cada caída, con el sentimiento de que los tuyos te apoyan.

El dinero, la fuerza, el poder, se pierden con el tiempo, se manipulan en función de quién te rodea y con la muerte desaparecen de forma definitiva.

Recuerdo la esposa de un personaje importantísimo en la ciudad, que en su período de esplendor, me decía en una calle “querido Enrique, tú crees que soy feliz, pero todos tenemos nuestra cruz y nuestro llanto, por más que no se vea”, la he puesto de referencia muchas veces, sin decir a quién me refiero, pero dejó en mí una muesca que me permite observar que efectivamente la felicidad no está en lo material y es el modo de llevar la cruz que todos tenemos lo que te hace o no ser feliz.

 

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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