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«Para parecer inteligente, di que eres ateo»

La mediocridad no reconoce nada superior a sí misma.

Los mediocres han desarrollado un contexto para desenvolverse con gran comodidad: el ateísmo.

Desde el nacimiento y desarrollo del Racionalismo en el siglo XIX, los mediocres han magnificado y dignificado el ateísmo de tal modo que, en la actualidad, existe socialmente una tácita correspondencia entre ateísmo e inteligencia.

Es decir, si eres inteligente ¡tienes! que ser ateo.

De esta premisa, ellos hacen esta inferencia: “Si eres ateo, eres inteligente

Pero esta correspondencia biunívoca es completamente falsa. Ha sido inventada por los mediocres. Es su medio de obtener la distinción social de intelectual o científico.

Podemos reconocer a un mediocre por sus reacciones. Frente a un hecho milagroso, una persona sencilla tiende a creer sin más cuestionamientos. A veces se equivoca, pero prefiere reconocer un error antes que negar una verdad. Por otra parte, una persona inteligente, en un principio, se queda callado, pregunta, observa, analiza, busca datos, valora y  compara los hechos con sus conocimientos y, finalmente, si con sus conocimientos no puede explicarlo, lo reconoce y admite que existe algo que está por encima de su sabiduría y su inteligencia. Su actitud es: “Quiero saber más”. Los que somos de inteligencia media, observamos, mostramos cierta incredulidad pero aceptamos su posibilidad. Ni negamos, ni afirmamos; nos mantenemos a la espera.

Pero el mediocre, ay el mediocre, se da a conocer como una antorcha en la oscuridad.

El mediocre, no duda, no razona, no busca datos, no analiza. El mediocre inmediatamente alza la voz y afirma que eso no existe. “Los milagros no existen”, esa es la frase que ha aprendido y que, con solo pronunciarla, siente que se reviste de un halo de intelectualidad que casi le hace levitar.

El Dr. Alexis Carrel –Premio Nobel en Medicina en 1912– era un hombre de ciencia y, según la moda, ateo. Pero intrigado por lo que tanto se decía de las maravillosas curaciones de Lourdes, resolvió investigar por sí mismo lo que pudiera haber de cierto en ellas.

Él mismo escribió el relato de los hechos extraordinarios que se encontraban fuera de toda explicación racional, que pudo constatar por sí mismo en 1903. Tuvo que usar  en su narración el seudónimo de Lerrac, para evitarse la andanada de ataques de sus colegas, de la iglesia francesa y de la prensa masónica.

Es posible que algún día se encuentra usted con uno de esos mediocres que se las da de racionalista, con aire de autosuficiencia y de poseer la verdad absoluta, y, sin moverse del sofá, sin realizar ningún estudio, le afirma despreciativamente que en Lourdes, no hay milagros, que todo es por sugestión. Tranquilo, amigo, dígale que, en honor a la inteligencia, si ha de elegir entre lo que afirma él y lo que afirma un premio Nobel en Medicina, tiene que elegir al segundo, naturalmente.

Huyamos de los científicos e intelectuales mediocres, escuchemos a los científicos inteligentes, seamos como personas sencillas y, todo nos irá mejor.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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