Ómicron

Desde principios del 20 vivimos con un nuevo término: covid, nos cayó como un meteorito que nos cambió la vida. Ab initio, todos quedamos noqueados, sin saber qué hacer, como pollos sin cabeza corríamos, corrían nuestros dirigentes, sin un rumbo claro, viendo cómo caían a nuestro lado nuestros mayores, nuestros amigos, nuestra gente y se nos metía el miedo en el cuerpo.

Esto era en rededor del 8 de marzo, que primero se quiso vivir como si nada sucediese para, pocos días después, caer como moscas por las imprudencias cometidas, por la falta de conocimiento del virus que nos invadía y por la falta de reglas de acción frente a una situación similar o parecida.

Por mediados de abril, y si quieres tiramos de hemeroteca, comencé a reclamar del gobierno de la nación su trabajo, su acción más allá del sometimiento al confinamiento de los ciudadanos, exigía, como voz que clamaba en el desierto, la presentación de protocolos de actuación sanitaria, social, económica y jurídica que evitasen ese correr sin rumbo, ese “sin Dios” de ver morir a la gente sin saber qué hacer más allá de esconder los muertos, no decir cuántos fallecían y ocultar el fracaso en la acción protectora de la ciudadanía.

Se me insultó, se me tildó de fascista, de canalla, de miserable, por atacar a un gobierno que no hacía nada, que miraba la muerte mientras la ocultaba, que limitaba los derechos ciudadanos con el cierre del congreso, la eliminación del control político, la supresión del portal de transparencia y salía corriendo con maletines de dinero a comprar fuera lo que teníamos aquí y, todo ello, con la pantalla de un muñeco al que sacudir: Simón.

Con la peor gestión de la crisis de toda Europa, con el mayor número de muertos por millón de habitantes del mundo, con la falta de gestión, el gobierno sacaba pecho y nos trataba como lo que nos consideran, “perritos sin alma”, mientras lo único que hacía era dar créditos ICO y subir los impuestos, ocultar los muertos, echar la culpa de los muertos en residencias a las comunidades -que la tenían- pero no hacer nada, negar la necesidad de mascarillas por no tenerlas, aplaudir a los sanitarios pero no hacer nada por la sanidad, decir que nadie se quedaría atrás y utilizar los ERES que pocos días antes decía derogar… en cualquier caso, sin dar solución, eso sí, subiéndose los sueldos y los asesores.

Ahora, casi 2 años después, nos enfrentamos a una nueva, desconocida y peligrosa amenaza: OMICRON, la variante sudafricana, o no, del viejo covid19, pero el gobierno sigue sin generar protocolos de acción inmediata en el orden social, económico, jurídico y, sobre todo, sanitario.

Hemos comprobado cómo, en la práctica y ante una situación crítica, las Comunidades Autónomas no funcionan, generan distorsiones y plantean diferentes modos de acción que sólo provocan problemas, pero no adoptamos medidas de coordinación, de gestión unificada, dentro de una posible diversidad y, esa disfunción, lo que nos provoca es zozobra y muertes, cobardía y miedo, tensión y crispación sin sentido, con unos políticos vagos, incapaces, inconsistentes y que, en lugar de hacer aquello que se comprueba es eficaz, se critica o intenta anular al que lo hace. Así, hemos visto cómo se construía un Zendal o se desarrollaba un Ifema y, en lugar de apoyar y crear, se han permitido el lujo de destruir y colocar palos en las ruedas de su desarrollo.

Algunos dicen que soy un “pitufo gruñón”, pero no observan que, en lugar de sólo criticar, como haría el citado pitufo, planteo alternativas, reclamo acciones concretas, aporto ideas que aplicar, para que los “profesionales de la política” usen sus emolumentos para hacer de gruñones con aquellos que sólo clamamos en el desierto como el pábilo vacilante.

Estamos ante ómicron, igual que frente al covid, solos, desarmados y sin saber qué hacer, puede que este presidente nuestro se presente con un nuevo Estado de Alarma ilegitimo, ilegal e inconstitucional y con o “esto o el caos”… manda güevos y que Dios nos pille confesados, pues seguiremos sin un planteamiento serio de protección de la ciudadanía ante esta nueva amenaza.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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