No quiero que mi pasaporte nazi caduque, señor

Me ha dado cierta ternurita un tuitero español famosillo cuando he leído su trino, desesperado ante la casi certeza de que se va a ver obligado a ponerse la tercera dosis de las mal llamadas vacunas para que no le caduque el pasaporte nazi, al que le dan por nombre pasaporte covid.

Ciertamente ha sido solamente un minuto, pero ha sido un minuto de ternurita.

Se me pasó rápidamente, claro, cuando pude comprobar como el interfecto había alardeado repetidamente de sus datos y conocimientos mientras llamaba negacionistas a esos otros que no querían ponerse las mal llamadas vacunas e incluso bromeaba con la posibilidad de que la sola implantación del pasaporte nazi para tomar una caña haría olvidar a éstos las reticencias para dejarse pinchar.

Alude el susodicho que esta dosis no la necesita porque ya tiene dos, porque se ha contagiado y porque tal y tal. Y cree que estas razones son suficientes, y sobre todo son legítimas, para que no le obliguen a pincharse de nuevo y continuar con el siniestro carrusel de dosis.

Así que ahora, señor mío, ¿implora clemencia al gobierno para que no le obligue? ¿Exige que se le respeten los derechos individuales, exige que los de arriba tengan la suficiente cabeza y el suficiente respeto para tratarle como a una persona responsable y no como ganado?

Pues señor mío, le diré que sus razones para no querer su correspondiente dosis de ARM preparado con cariño son tan válidas y tan legítimas como las de cualquier otro para no ponerse la primera de esas dosis de caldito de genes. Da igual que usted sea ingeniero y maneje datos e información a mogollón y otros se informen en las entrañas de Telegram, leyendo a premios Nobel supuestamente gagás.

Da igual porque lo que no deberíamos permitir, para nadie y bajo ningún concepto, es que el Estado nos obligue a pincharnos o nos obligue a cualquier otra cosa que no queramos. Y no deberíamos permitirnos, mucho menos refugiarnos en sus fríos brazos aceptando imposiciones como el puñetero pasaporte dejando a otros indefensos ante el leviatán.

Porque, por si no se ha dado cuenta, el Estado no vela por nuestro bien, sino por el suyo. Y además, éste no parará cuando uno de nosotros se lo exijamos. Parará cuando quiera, sin atenerse a sus razones, a sus gustos, a su bien, a sus datos, señor mío. ¿Por qué habría de hacerlo si no ha parado ateniéndose a las razones de los negacionistas?

¿Acaso se cree usted superior a los otros y cree que el Estado le va a reconocer esa superioridad, esos elevados conocimientos y ese fuera de lo común sentido común? Para el monstruo que pretende dominarnos totalmente, usted no es más que otro código QR que precisa su actualización semestral (o cuatrimestral o mensual o diaria, según se decida). Y pasará a la clandestinidad, a ser mal, pero que muy mal ciudadano en el momento en el que se resista (o simplemente proteste un poquitín) a hacer lo que le exigen que haga.

No seguiré porque pasada la ternurita puedo rápidamente calentarme y escribir algo inadecuado para un medio serio como éste.

Sin embargo le doy la bienvenida, señor mío, al bando de los negacionistas, pues así se conoce a los que dudamos, a los que no tragamos con lo que nos cuentan los voceros convenientemente untados de los medios habituales de comunicación, ni lo que nos aseguran los políticos, parásitos que se alimentan de nuestro dinero, de nuestro poder (que les gratuitamente les dejamos), de nuestro miedo y hasta de nuestra sangre.

En este bando cabemos todos, pero que sepa que no tendrá rango alguno aquí, pues por delante estamos los que nunca hemos deseado, alentado, consentido o participado en que a nuestros semejantes se les prive de la libertad de elección y se les coaccione por ninguna circunstancia.

Algunos estábamos ya en este bando cuando los demás aplaudían borreguilmente a las ocho.

Disfrute de los últimos días de su pasaporte o de su tercera dosis.

 

Francisco Fernández Bernal

Católico, español, autodidacta de la libertad, eterno polemista.

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