Neo normalidad. Desconexión social

"Estamos construyendo una sociedad individualista, fría, sin valores ni principios..."

        Desde marzo estoy espeluznado, primero por una epidemia descontrolada, por una negación de la misma, un nuevo “la crisis no existe” del gobierno de turno; después, al observar que los gobiernos se limitaban a encerrar a los ciudadanos, llevarse el dinero sin control a realizar operaciones opacas y mirar cómo nos moríamos con los brazos cruzados, cuando no burlándose con chascarrillos y bromas como el Sr. Simón, mofándose de los fallecidos por su responsabilidad. Se me heló la sangre cuando, ante esa situación, mi crítica era reaccionada con insultos y deseos de enfermedad por personas que, viviendo en el error, se suponían amigos míos.

        Continuó el estado de angustia y zozobra cuando observaba cómo las medidas económicas que se adoptaban eran echar a los tiburones a las empresas, continuar con la presión fiscal y no dar soluciones a los trabajadores o hacerlas con trampas que se verán en el futuro, mientras los políticos se lo llevaban incrementando sus asesores, sueldos, prebendas, etc.

        Podría enumerar miles de situaciones angustiosas que hemos vivido, pero lo que realmente me posiciona en el desconsuelo y desesperación es comprobar cómo lo que han dado en llamar la “nueva normalidad” no es más que un eufemismo para someternos a un modo de vivir radicalmente distinto al que hemos vivido hasta el presente. Y, así no, no volverán los abrazos, ni las reuniones de amigos, ni la distancia calurosa del prójimo; vamos, que las relaciones interpersonales se verán dañadas hasta extremos inimaginables, convirtiéndonos en seres menos empáticos e incluso antipáticos y egoístas.

        Se están creando unos nuevos paradigmas de actuación o modelos informales de acción que provocan que las relaciones con la administración se compliquen hasta extremos inimaginables, dejando desamparado al ciudadano y sus derechos cercenados, convirtiendo al funcionario y a la administración en unos seres y entes superiores inalcanzables que, en lugar de estar al servicio del ciudadano, es este el que se debe someter y servir sin rechistar y con placidez mortuoria ante ellos que se permiten el desdén, desprecio e inacción que proviene de la desafección generada en el ámbito interpersonal.

        Ese frío interpersonal que genera un helador servicio público, se culmina con la obligación telefónica e incluso telemática a la que nos someten, hasta el punto de que el médico no te ve, no te valora, no te ausculta, no te quiere ni atender, destrozando, definitivamente, una sanidad que ni era tan buena, ni tenía tantos medios, ni sólo estaba mal gestionada como nos quisieron hacer ver hasta que llegó el sunami, y sólo algunos héroes sostuvieron el sistema, mientras la gran mayoría se escondía, se ocultaba y se colgaba medallas de actuaciones que no habían llegado ni siquiera a ver.

        Estamos construyendo una sociedad individualista, fría, sin valores ni principios, en la que mandan las máquinas debidamente engrasadas por el poder económico, social y político, en el que hasta la vida misma quedará en manos de la decisión de estos poderosos.

        Frente a esa situación, sólo quedaría la Justicia, el entramado limitador del poder, pero en ella ya se ha inoculado el virus, primero de la ponzoña, que cada vez llega a más estadios dentro de ella (como decía, ante sala, un ex decano “aquí no hay corrupción, lo que hay es el teléfono directo o la comida con el juez para solucionar los juicios”) y, en segundo lugar, el de la “telematización”, muy útil para la gestión, pero que se está implementando incluso para la labor jurisdiccional, de forma que se busca y se está pergeñando una ley ad hoc, por la que la presencialidad sea la excepción, de forma que ni el juez vea al ciudadano que reclama justicia, ni al reo, ni a los abogados, si no es por una pantalla que impide, por más que no se quiera reconocer, la observación real y auténtica de cada parte.

        Se acabó el sentir, ver, palpar, escudriñar el fondo de ojo de cada persona, sentir su corazón, sus necesidades, sus ansias y considerarlo un ser humano igual que tú con el que hacer un mundo nuevo, mejor o peor, para dejarnos gestionar por moneuronales crueles que detentan el poder y la gestión en su beneficio personal y que no nos consideran ni siquiera “perritos sin alma”. Y, frente a esta situación, la sociedad anestesiada se deja hacer, quedando muy poco margen de maniobra para los locos que seguimos como “pitufo gruñón” clamando en el desierto, por una sociedad más justa, más libre y más humana, que huya del “Estado papá”, del dirigismo político y de la manipulación.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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