Mitos y leyendas sobre el efecto invernadero

Por Stefan Uhlig, Enrique Ortega Gironés y Jose Antonio Saénz de Santa María Benedet

Uno de los refranes más conocido del variadísimo repertorio español (unos tienen la fama, y otros cardan la lana) es perfectamente aplicable al CO2 y al metano, a quienes se están echando unas culpas que no le corresponden. Las temperaturas que hacen viable la vida sobre la Tierra se deben a la existencia del agua en los océanos y a la composición de nuestra atmósfera, que contiene como promedio un 0,4% de vapor de agua (el principal responsable del denominado efecto invernadero), haciendo posible la lluvia y la vida.

Pero debe tenerse en cuenta que la atmósfera terrestre es un sistema abierto y no funciona exactamente igual que un auténtico invernadero, que con sus paredes y su techo de cristal constituye un sistema cerrado. Según las leyes de la naturaleza, al calentar un gas (en nuestro caso, el aire de la atmósfera), éste aumenta de volumen y disminuye de densidad, por lo que tiende a subir, como conocen bien las grandes aves rapaces para elevarse en el aire, aprovechando las corrientes térmicas ascendentes. Mientras tanto, el aire frío, más pesado, se mantiene pegado al suelo. Es decir, que el CO2 no puede contribuir al calentamiento de los niveles inferiores de la atmósfera, porque en cuanto aumenta su temperatura, asciende a niveles más altos.  La única manera de impedir ese ascenso sería la presencia de una superficie separadora (como el cristal del techo de un invernadero), pero ese límite no existe, la atmósfera no tiene un techo de vidrio y una parte considerable del calor acumulado por la radiación solar se escapa hacia el espacio exterior. No obstante, el vapor de agua en forma de nubes, de forma parcial, sí que puede ejercer esa función de tapadera, como conocen muy bien los agricultores. En efecto, durante la noche, cuando el cielo está cubierto, por debajo de la capa de nubes se mantiene el calor acumulado en el aire durante el día. Sin embargo, cuando no hay nubes y en el cielo invernal brillan las estrellas, se siente mucho más intensamente el frío nocturno y es más fácil que se produzcan heladas, porque el aire caliente se escapa hacia arriba.

Sin embargo, cuando se menciona el efecto invernadero, se suele atribuir la responsabilidad del calentamiento casi de forma exclusiva al CO2, como consecuencia de las emisiones antrópicas, olvidando o minimizando el papel preponderante del vapor de agua, que es, con mucho, el componente atmosférico más eficaz para inhibir el escape de calor. Por el contrario, el CO2 es un gas que está presente en un porcentaje bajísimo (tan sólo el 0,042%), cien veces menor que el del vapor de agua, por lo que comparativamente, su incidencia real en el efecto invernadero es insignificante. Pero además, debe tenerse en cuenta que tan sólo una parte muy pequeña del CO2 atmosférico (menos del 3-4%) es de origen antrópico, ya que la contribución humana representa un ridículo 0,0017% (es decir, el 4% del 0,042%), y cuesta mucho creer que ese ínfimo porcentaje deba ser tenido en consideración.

También, se nos suele advertir que la cantidad actual de CO2 en la atmósfera es muy superior al 0,028% que existía al inicio de la época industrial, antes de 1850. Pero en realidad, ese aumento es intrascendente porque la capacidad del CO2 atmosférico para absorber el calor había alcanzado ya un nivel máximo, está ya saturada, y no crece aunque se incremente su presencia en la atmósfera. Esta situación es fácil de entender si utilizamos como símil la absorción térmica de los diferentes colores. Como es conocido, la pintura blanca refleja todas las longitudes de onda del espectro visible, y por lo tanto, absorbe mucho menos calor que la pintura negra, que no refleja ninguna de ellas. Pero si una superficie está ya pintada de color negro, tiene saturada su capacidad de absorción, y aunque aumentemos la cantidad de pintura con varias capas, no por ello absorberá más calor. Del mismo modo, un aumento del CO2 atmosférico por encima de los valores actuales, no puede tener consecuencias térmicas significativas, porque su capacidad de absorber calor está ya prácticamente al nivel máximo. Así pues, la reducidísima presencia de este gas en la atmósfera, en combinación con su comportamiento físico, impiden justificar que el dióxido de carbono pueda ejercer un control significativo sobre la temperatura planetaria.

Por otra parte, la historia geológica de la Tierra nos permite conocer que han existido periodos en los que el contenido de CO2 atmosférico ha alcanzado valores de hasta el 0,3%, siete veces más que los valores actuales, como consecuencia de procesos totalmente naturales, como son por ejemplo las emisiones volcánicas asociadas a los procesos tectónicos que forman las montañas. Y esa misma historia geológica demuestra que la naturaleza, de forma autónoma, ha conseguido reducir el CO2 atmosférico, gracias a la intensificación de la productividad vegetal y a la capacidad de disolución del CO2 en el agua de los océanos, además de la formación de rocas calcáreas, carbonosas y petrolíferas. Por lo tanto, si en épocas pasadas el ascenso en el contenido atmosférico de CO2 hasta valores muy superiores a los actuales nunca supuso un punto de inflexión sin retorno, ¿por qué debe serlo ahora?

Con frecuencia, en los medios de comunicación, se califica al CO2 como venenoso o contaminante. Sin embargo, se trata de un gas químicamente inerte, inactivo, que no puede reaccionar de manera tóxica con otras substancias, además de ser un gas esencial para la vida de las plantas, los hongos, las algas y el fitoplancton, que durante la fotosíntesis, lo acumulan en forma de glucosa (el ladrillo básico de la química orgánica para la producción de proteínas, aminoácidos y otras sustancias constituyentes de los tejidos animales y vegetales) y lo transforman en el imprescindible oxígeno.

Tampoco debe olvidarse que la fotosíntesis se detiene y cesa la producción de oxígeno, cuando la temperatura del aire desciende por debajo de los 10°C y la concentración del CO2 atmosférico es menor del 0,015%. Por el contrario, cuando sube el contenido en CO2 atmosférico aumenta el crecimiento y expansión territorial de las plantas, que acumulan en su interior más CO2 en forma de glucosa y de uno de sus derivados, la celulosa. Es decir, que las plantas generan masa vegetal, la biomasa, retirando CO2 de la atmósfera terrestre. En la práctica, en muchos cultivos de invernadero, el aire está artificialmente enriquecido en CO2 (hasta el 0,16%), para estimular el crecimiento de las plantas.

Durante las últimas décadas, los satélites han permitido detectar las consecuencias de ese aumento de dióxido de carbono en la atmósfera: un mayor desarrollo del fitoplancton y de sus depredadores (el zooplancton y el krill), y por lo tanto, un enorme aumento de la productividad vegetal y animal, lo que constituye un importante sumidero de CO2. También, han permitido comprobar que la superficie boscosa mundial está aumentando cada año en unos 350.000 km2, un área equivalente dos tercios de España, donde la superficie forestal ha aumentado un 30% entre 1990 y 2018. Complementariamente, los investigadores que estudian la productividad vegetal, han medido que desde 1850, a nivel global, la fotosíntesis ha aumentado un 65% como consecuencia de la subida del contenido de CO2 en la atmósfera. Por el contrario, si se produjese un descenso en la concentración de CO2 hasta el 0,015%, se perjudicaría el crecimiento vegetal, como es bien conocido que ocurre durante las épocas glaciares, cuando el crecimiento de las plantas se paraliza, no sólo por la bajada de las temperaturas, sino también por la reducción del CO2 en la atmósfera.

Por lo tanto, ¿es correcto considerar que los contenidos actuales de CO2 en la atmósfera son perjudiciales para la naturaleza? En realidad, es totalmente falso afirmar que, como consecuencia del calentamiento, se está produciendo una muerte lenta de los bosques y una desertización generalizada, porque los cálculos de biomasa realizados indican todo lo contrario. Sin embargo, los modelos informatizados que predicen el clima minimizan o ignoran la importancia de estos procesos, además de otros parámetros esenciales como las variaciones en la radiación solar y los procesos de transporte térmico entre las zonas intertropicales y los polos. Las consecuencias prácticas de estas omisiones son palmarias, ya que hasta la fecha, las predicciones de dichos modelos han fallado estrepitosamente.

Algo similar, puede decirse del metano (CH4), un gas que emiten los seres vivos y al que se le atribuye (especialmente al proveniente de explotaciones ganaderas), graves consecuencias climáticas por su supuesta contribución al efecto invernadero. Sin embargo, la concentración del metano en la atmósfera es aún mucho menor que la del CO2, tan sólo del 0,00019%. Además, su periodo de persistencia es de tan sólo 10 años (no se concentra acumulativamente) y su capacidad de absorber calor es aun menor que la del CO2. Por ello, afirmar que el metano es un gas con efecto invernadero peligroso, incluso más peligroso que el CO2, es absolutamente equívoco y falso. Las imágenes satélite (en este caso el sensor Sentinel) han permitido discriminar el principal origen del metano atmosférico, ya que las mayores concentraciones sobre la península ibérica se sitúan sobre las áreas urbanas, lejos de las explotaciones ganaderas extensivas.

Debe mencionarse también que, en la actual discusión climática, no se está considerando que una parte importante del metano presente en la atmósfera tiene un origen independiente de las emisiones antrópicas y procede de la desgasificación del subsuelo terrestre. Sólo de esta manera puede explicarse la formación de los yacimientos de metano en las plataformas submarinas y el origen de una parte de las reservas en los yacimientos de gas natural, como queda demostrado por las emanaciones conocidas en lugares como el Monte Quimera (Turquía), el templo del oráculo de Delfos en Grecia, la Boca del Infierno en Turkmenistán o el Mecheru de Saus en Asturias

Sin embargo, a pesar de estas evidencias y hechos comprobados, se sigue difundiendo la culpabilidad del CO2 y del metano en el calentamiento global como consecuencia del efecto invernadero. Ante esta situación contradictoria cabe preguntarse: ¿Por qué se inició todo este esfuerzo desinformativo desde hace casi medio siglo? No parece disparatado pensar que el objetivo sea inducir una mala conciencia y un complejo de culpabilidad en relación con el cambio climático, favoreciendo la docilidad hacia el fabuloso negocio de tasas e impuestos a las emisiones de gases a la atmósfera, además de la ingeniería social asociada a posturas ideológicas.  Y todo ello, amparado bajo un paraguas presentado a la ciudadanía como política de defensa y protección medioambiental, para salvar al Planeta, aunque la naturaleza y la Ciencia estén indicando todo lo contrario.

Por último, la información disponible permite extraer otra importante conclusión. Como medida paliativa para detener las emisiones antrópicas, se está promoviendo el uso de energías alternativas, entre ellas la utilización como combustible del hidrógeno verde. Si tenemos en cuenta que el resultado de la combustión del hidrógeno es precisamente vapor de agua, y que la capacidad de este vapor para absorber calor atmosférico es mucho mayor que la del CO2 y el metano, el uso generalizado de esta fuente de energía produciría un aumento significativo (ahora sí, de verdad) del efecto invernadero. Regresando de nuevo al sabio refranero español, podríamos decir que ¿no estaremos haciendo un pan como unas tortas?

 

(Una versión más extensa de este artículo puede leerse en: https://entrevisttas.com/2024/02/22/15384/)

Enrique Ortega Gironés y Jose A. Saénz de Santamaría Benedet

Enrique Ortega Gironés. Geólogo y consultor independiente en numerosos países de Asia, África y América, cooperando con diversos organismos internacionales. José Antonio Sáenz de Santa María Benedet. Geólogo por la Universidad de Oviedo, es Director Científico del Grupo Español de Materias Primas Estratégicas y Críticas (GEMPE/c) y vocal del Comité de Energía y Recursos Naturales del Instituto de Ingeniería de España. Cuenta con una dilatada experiencia de más de 40 años en exploración de petróleo, minería de carbón y ejecución de túneles para líneas férreas de Alta Velocidad.

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