Miedo no, angustia mucha

Siempre he estado en contra del miedo, de aquellos que utilizan esa arma como sistema o método de eliminación o paralización del enemigo y/o como forma para dominar al adversario que por miedo se deja hacer, se deja someter e incluso se deja matar.

He sido de los que he dicho que matarme no tendría valor, que pegarme sería doloroso, pero superable y que arruinarme les resultaría imposible, por hacerlo yo solo. Pero, lejos de chascarrillos o bromas, lo cierto es que siempre he asumido las consecuencias de mis actos y el miedo lo he superado sin dificultad.

Reconozco que, cuando fuimos encarcelados como consecuencia del covid19, pasé miedo, miedo por mis padres, por mis hijos, por mis amigos y por mi familia, al que, al poco, se añadió miedo al futuro económico ante la dejación de funciones de un gobierno incapaz de gestionar la situación, y miedo al erial económico y social que vamos a contemplar poco a poco según volvamos a una cierta normalidad.

Hoy, ese miedo sanitario se produce sólo cuando me acerco a los escombros de una sanidad repleta de tics absolutamente absurdos que, por miedo, se han implantado y carente de sentido, en la que los sanitarios se visten de astronautas pero el paciente se sienta, pone su cuerpo desnudo y se deja manipular -aquel que lo consigue, pues casi todo es por teléfono- sin la más mínima precaución sanitaria y con muchas posibilidades de contagio, pero el miedo a la infección se limita a mantener las máximas medidas de protección (mascarilla, hidroalcohólico, distancia sanitaria y desinfección de espacios ) y la máxima normalidad y trato con los clientes, amigos, conocidos o personas con las que, por supuesto, recuperamos la presencialidad imprescindible en toda sociedad.

El miedo a la inexistencia de normalidad en las relaciones sociales, públicas, profesionales, que, con las debidas precauciones, es imprescindible vuelvan a la normalidad y a la presencialidad de las relaciones, que dejemos de interactuar mediante dispositivos mecánicos y lo hagamos con el sentir, con la cercanía, con la presencia, con la observación del fondo de ojo que cada uno tenemos y nos descubre o desnuda ante los demás y que las máquinas ocultan, volviéndonos fríos, crueles, antipáticos. Miedo, en definitiva, a que por querer implantar sistemas telemáticos en lugar de personas nos convirtamos en teletubbis por un exceso de telematía, pues hay cosas como la sanidad, la justicia, la administración, el sexo, que se convierten en muerte, mentira, canallada u onanismo que nada tiene que ver con lo pretendido.

Miedo a que en lugar de ser capaces de trabajar, generar y crear una economía colaborativa en la que nos ayudemos entre todos, en lugar de competir cruelmente, en la que busquemos el beneficio dejando siempre parte para otros, pues de otro modo todos caeremos por el mismo agujero, a exigir de nuestros dirigentes desnortados, incapaces e indolentes que dejen las palabrerías de la política cateta y bajen los impuestos, ayuden a sus ciudadanos, busquen soluciones económicas todos juntos sin más objetivo que el beneficio social real y no el postureo de unos personajes que en su vida personal no han sido capaces de desarrollar un proyecto de vida en condiciones, que, como dice un amigo, no han levantado una trapa en su vida.

Miedo a que mientras morimos, nos arruinamos y se nos presenta un panorama de post guerra, nuestros dirigentes, de todos los partidos, estén jugando al ratón y al gato a ver a quién echarle la culpa, en lugar de buscar soluciones ciertas, sólidas, creíbles, que nos permitan hacer una escalera con la que salir del agujero

En definitiva, miedo a destruir el futuro de nuestro hijos, demostrando nuestra incapacidad para gestionar la fantástica herencia recibida y la nefasta gestión de la misma, para entregarle a nuestro hijos un futuro que, ahora, les estamos hurtando, mientras los dirigentes nos roban, nos mienten, nos manipulan y pretenden leyes de memorias desmemoriadas o de eutanasias que ya han aplicado en plena pandemia, en lugar de recortar gastos públicos, ajustarnos a las necesidades y actuar todos a una para salir de la sima…. ¡Manda güevos! como para que no nos den miedo esta pandilla de mononueronales desagarramantas.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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