Me quedo con la tortilla de patatas

El Congreso de los Disputados se ha convertido en un entrevero, confundiendo Sálvame y uno de esos concursos televisivos de cocina para quedarse en un mediocre club de la comedia.

Aitor Esteban (PNV) en el Congreso de los Diputados y Gabriel Rufián (ERC) son la evidencia y diáfano paradigma de lo que digo. El primero dijo que los debates de los últimos tiempos parecen un guiso con la misma base y diferentes tintes o condimentos. Como siempre, barriendo para casa y poniendo como paradigma la porrusalda, plato típico con base de puerros.

Automáticamente, el diputado canario hizo suyo el concepto y la idea e inmediatamente la sustituyó en su gastronomía idiosincrásica. La suerte se dio con la posición de los diputados del resto de comunidades, porque al margen de tomárselo como un principio filosófico, buscaron el pragmatismo y lo más verosímil o viable se inclinaron por la unidad de todos.

Es decir, cocinar con las bases típicas de cada comunidad o lo que es lo mismo, dejar disentir a todos, escuchar con atención y analizando concienzudamente, comer despacio y con tranquilidad, masticando mucho y bien, porque de no hacerlo así, el asunto o comida podría resultar indigesto.

Pues así son los debates del Congreso, que teóricamente tenían que estar dedicados a analizar y dar solución a los problemas actuales. Después de lo expuesto, la pregunta obligada es: ¿hablaron sus señorías de solucionar los problemas económicos, políticos, sociales…? Hombre, puede ser. Quizá algo, aquí y allá, a ratos perdidos. Entre comidas y paseos a evacuar las fisiológicas necesidades. Pero hace muchos años que sus señorías, sean del partido que sean, utilizan los debates en la Cámara Legislativa para lo mismo con que otros golfos y frikis usan el plató de Sálvame, irrigando hasta evacuar por sus poros la irónica sátira del club de la comedia y donde lo importante es la gresca. Es decir, las risas de los afines y acólitos y la humillante impotencia de los disensos.

Las formas son las mismas. Los asuntos o fondos de los que se habla quizá no, pero ¿a quién le importa eso? Nadie escucha a nadie, cada cual tiene su propio menú, el cual ofrecen a la turba allí presente y a las proles ignaras o audiencia televisiva.

Esto se lo debemos a la retransmisión televisiva y en directo de los debates parlamentarios. Una tremenda equivocación, pues ahora es lo mismo escuchar a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o a ese lila rojo de Jorge Javier Vázquez.

Lo que importa es pillar desprevenido al enemigo, con bullas y estruendo, produciendo en algunas ocasiones ese oxímoron que hace realidad la tempestad que precede a la calma y que conocemos como silencio atronador, marcianos o bolivarianos qué más da, unos buscan audiencia y otros votos.

El asunto acaba… pues como lo viene haciendo últimamente, con un corajudo Santiago Abascal que cada vez que cae se levanta con una rapidez y elasticidad transparente y reiterada, lo cual hace que su discurso se imponga por ser siempre el mismo y con la seguridad que hay en la empírica y el sentido común de lo que funciona y por lo tanto siempre gusta.

Abascal y VOX son los únicos que carecen de hipocresía y también los únicos que no tratan de engañarnos con la táctica de la adúltera, que consiste en que creamos lo que nos cuentan a lo que realmente vemos con nuestros ojos. Puestos a elegir me quedo con la tortilla de patatas, me quedo con VOX.

Santos Trinidad

Cristiano católico, creyente no practicante. De derecha, amante de la libertad, basada en una igualdad sustentada en la justicia.

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