Máscaras y mascarillas

En esta crisis de una pandemia mundial, muchos han tenido que ponerse mascarillas y a algunos se les ha caído la máscara. El gobierno Sánchez se las veía felices. Tenía una agenda mundialista que aplicar: asentar un modelo bolivariano, cristalizar para siempre la agenda de ideología de género, arrinconar y someter a la Iglesia con el chantaje de la concertación de colegios, montar una “mesa de negociación” con separatistas, ganar la Guerra Civil 80 años después profanando el Valle de los Caídos. Y todo ello, con poco más de cien diputados y la connivencia de los que desean desgajar España. Nunca se le vio tan feliz, lo había conseguido todo. Pero poco podía sospechar que se le iba a cambiar la cara.

Lo primero que tienen que aprender los progresistas es que la historia no es un progreso continuo para alcanzar sus sueños embriagados de ideologías idolátricas. Sino que la historia está cargada de regresiones, interrupciones, naufragios. Y casi siempre por causas que se escapan al dominio del hombre. A eso le llamamos Providencia y, ante ella, todo voluntarismo es inútil. De nada han servido las máscaras engañosas de los que se decían amigos de los descamisados, cuando han sido incapaces siquiera de conseguir mascarillas para los más necesitados (servicios asistenciales, sanitarios, policías,….). Lo malo de las ineptitudes de este gobierno es que matan personas. Repetimos, no es que se salgan estadísticas macabras, sino que detrás de cada número hay un ser humano.

En esta crisis de una pandemia mundial, muchos han tenido que ponerse mascarillas y a algunos se les ha caído la máscara.

El gobierno ha mentido, miente y mentirá. ¿Quién se ha llevado comisiones por miles de test de detección de coronavirus inútiles? ¿Dónde están los materiales sanitarios donados por muchos países? ¿Por qué había 15 millones de euros para rescatar a las televisiones y prensa afín al sistema y no para comprar 15 millones de mascarillas? ¿Por qué en las cifras de fallecidos de cada día sólo se dan los que han muerto en hospitales? ¿Por qué no han contado los cientos -¿miles?- de fallecidos en residencias que directamente han ido a las morgues sin pasar por los hospitales? ¿Por qué se les ha prohibido hacer autopsias para detectar la causa real de la muerte? Mientras escribimos estas líneas y se evidencia que tenemos un gobierno noqueado, de momento no se ha producido ninguna dimisión. Salvador Illa, ministro de Sanidad, ocupa ese cargo no por su pericia, sino porque era parte de la cuota impuesta por Iceta para montar la mesa de diálogo con la Generalitat. Y así nos ha ido.

Dejando de lado el gobierno, también se ha demostrado claramente la mascarada de un Estado autonómico, reinos de taifas incapaces de coordinarse ante una epidemia. Un Estado sin un sistema sanitario común es un claro signo de desvertebración y resquebrajamiento -y no nos ponemos centralistas- de un sistema administrativo que tendría que ser capaz de afrontar imprevistos del calibre de una pandemia. La máscara de una España federal como soñaban los separatistas también ha caído, al igual que los alelados sueños del independentismo, que ha descubierto ser una mota de polvo, en un mundo global. Y que si Europa (otra mascarada que está cayendo) no le importa España, qué le va a importar “la cuestión catalana”.

En resumidas cuentas, la Providencia tiene estas cosas, a veces chafa los sueños de los ilusos y de los malvados. Ojalá aprendamos del mensaje. Pero mucho nos tememos que hay muchos sordos que no quieren oír y ciegos que prefieren seguir con la máscara puesta, aunque nunca les llegue una mascarilla.

Javier Barraycoa

Profesor universitario, sociólogo y politólogo. Escritor y articulista. Co-fundador de la asociación Somatemps.

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