Marchemos francamente, y España la primera, hacia el Nuevo Orden Mundial (damas y caballeros, estoy muy harto y no puedo soportarlo más)

«España es un país de más de 47 millones de zombies (según las últimas estadísticas)… y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla».

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Estos versos parafraseados del poemario «Hijos de la ira», de Dámaso Alonso, son la mejor manera de expresar el horror infinito, la náusea cósmica que atenaza mi espíritu  cuando voy por las calles viendo el dantesco espectáculo  de los zombies deambulando patéticamente con sus bozales, la vista baja, arrastrando los pies, con el fondo musical del «Coro de los esclavos», de la ópera Nabucco, de Verdi.

Me siento como si un extraño poltergeist me hubiera succionado hacia otra dimensión, como si una nave alienígena me hubiera abducido hacia un mundo cavernario, oscuro, feo a rabiar, inmoral, de fosforescencia luciferina.

¿Qué hacer? ¿Adónde ir, para escapar del espanto de ver lo que antes eran seres humanos transmutados en cucarachas kafkianas, en  ganado para holocaustos luciferinos, en entidades listas para el apocalipsis zombie del NOM?: «Bajo la penumbra de las estrellas y bajo la terrible tiniebla de la luz solar, me acechan ojos enemigos, formas grotescas que me vigilan, colores hirientes lazos me están tendiendo: ¡son monstruos, estoy cercado de monstruos! […] Oh Dios, no me atormentes más, dime qué significan estos monstruos que me rodean y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche».

¿Dónde encontrar una puerta al hiperespacio que me lleve fuera de este infierno espeluznante, de este armageddón globalista, de esta pavorosa degradación de un país que hasta hace poco era España, y hoy es una bola de estiércol, una cochambre cósmica, un pecio bamboleado por el Mal, una chatarra pestilente lista para el desguace?

¡Ay de mi España, ayayay! España que feneciste, transformada en una ramera pintarrajeada, embutida en un grotesco bozal, con el culo al aire, prostituta sin techo ultrajada por las élites satánicas, cierto, pero aún más por tus propios hijos, que de imperiales nacionalcatólicos con aire de requeté dorando sus cabezas, se han convertido en arrebatacapas, portabozales, corderillos en flor, conejitos pussycats para orgías vacunadoras, para digitalizaciones sin número, piezas a cazar por rastreadores implacables.

Sufrimos el confinamiento más salvaje del mundo, los españolitos acojonados usaban mascarillas hasta dentro del coche desde mucho antes de que fueran obligatorias, las desinfecciones fueron paranoicas desde el comienzo de este circo nauseabundo, las medidas de seguridad se cumplieron obsesivamente, y toda esa parafernalia no evitó que seamos el primer país del mundo en contagiados y víctimas por habitante.

Y ahora, después del horror de la encerronas y la asfixiadera obligatoria de los putos bozales, después de la devastación económica, somos el país del mundo con medidas más totalitarias, con la excusa de unos rebrotes basados en la realización de unos test PCR cuyos resultados falsarios no se cree ya nadie, por los falsos positivos que da, y porque sus supuestos positivos no significan en absoluto que se esté infectado del bicho.

Focos activos, oleadas, alarmas, confinamientos, rastreadores, cartillas COVID… Si tantos focos activos hay, en un país que ha sido sometido a la más feroz encerrona, ¿para qué diablos ha servido tanto confinamiento y tanta puta mascarilla, tanta puta distancia de seguridad?

Luego uno da un vistazo a los países civilizados de nuestro entorno, y descubre que hay muchos países europeos que no han confinado a nadie, que no han impuesto la mascarilla ―solo recomendada en algunas circunstancias―  y que, además de no haber tenido ni de lejos la incidencia viral que ha tenido España, ahora respiran aire puro a pleno pulmón: en Dinamarca solo son obligatorias en los aeropuertos, en Holanda solo en algunas calles de dos o tres ciudades, en el Reino Unido e Irlanda hacen lo que les da la gana…

¿Es que acaso nuestro virus es distinto al de los demás países, más agresivo? ¿Es que nos ha cogido manía? ¿Por qué, entonces, somos el país más afectado, el que sufre la dictadura más atroz?

Sí, claro, es porque hay jóvenes que hacen botellones sin mascarillas, los muy maleducados, y se contagian y luego infectan a los demás: vaya, vaya, un país sodolobotomizado por esta razón… que se cree todo el mundo, incluyendo a mi peluquero y a los médicos que he visto últimamente, embutidos en sus viseras, su mascarilla, sus guantes, sus hidrogeles, y recibiéndome tan lejos, que casi te echan del despacho.

¿Cuál es la causa de este infame y grotesco espectáculo de los borregos enmascarillados, que no se ve en ningún  país del mundo? No es de los políticos, ni de la oposición ―no la hay, por cierto―, ni de los médicos que guardan un ominoso silencio, ni de los policías multa-que-te-multa, ni de los abogados que se esconden en las bambalinas, ni de los medios de comunicación absolutamente abominables en sus Himalayas de mentiras… No: la culpa es del imbecilizado pueblo español, que se lo traga todo, que todo lo soporta, que todo lo sufre con encomiable obediencia, incapaz de la más leve desobediencia, de la más nimia protesta.

Imaginen la que se armaría en París si trataran de imponer medidas como las que Madrid ha impuesto, absolutamente liberticidas, despóticas, inhumanas, humillantes… Al instante, el pueblo parisino se pondría en pie de guerra, con chalecos de todos los colores. Y lo mismos sucedería en cualquier país civilizado, pues los ciudadanos se movilizarían inmediatamente para defender sus derechos con uñas y dientes. Aquí no, pues Venezuela empieza en los Pirineos.

Pero no es de extrañar esta cobardía, esta ignorancia, esta patética indiferencia de los españolitos ante la pérdida de su dignidad humana, porque la historia viene de bastante más atrás. En efecto, ¿qué se puede esperar de un pueblo que ha soportado sin pestañear un Himalaya de engaños, de abusos, de ruina, de lobotomización, de injusticias, disfrazado todo de prístina democracia…?

Pueblo sumido en una profunda estupidez que aprobó una constitución masónica que troceaba una nación histórica en 17 taifas innecesarias; que no se enteró de que su presunta democracia había sido una continua sucesión de pucherazos; que la putredemocracia desmanteló nuestra industria, convirtiendo un país puntero en territorio de albañiles y camareros; que tampoco se enteró de que en nuestra dictacracia nunca hubo una separación de poderes, con la justicia totalmente abducida por los partidos y gobiernos; que se tragó la enorme mentira del 11M sin pestañear; que sigue creyendo en una Europa en la que ya nadie cree, abrasadora de las soberanías nacionales…

Un pueblo que aplaudió a un Rey perjuro, campechanísimo él, y que ahora jalea a Felipito, el laiko jarretero que no se pronunció contra la profanación del hombre que le dio el trono, al igual que su papito; un pueblo que asistió impávido a la monstruosa profanación de un cadáver, algo totalmente contrario a todas las leyes y derechos; que vota a un autor de tesis doctorales sospechosas, a un chepudo bolivariano, a partidos que se abrazan con osos independentistas…

Un pueblo que ha hecho del trágala su faro, su norte, su modo de vida, no podía sino someterse sin condiciones a la dictadura espantosa que tenemos, y que se incrementará, porque si le das una patada a un perro y éste no se revuelve para morderte, le das otra, y otra, cada vez más fuerte, porque ante esta falta de rebeldía es lógico pensar que al animal le gusta que le pegues… Y es difícil no sentir desprecio por seres vivos que no se defienden, que no se rebelan cuando se abusa de ellos.

Así que, españolitos, ahí tenéis las consecuencia de vuestra kobardía y vuestra ignorancia: los políticos os vieron llevar bozales dentro de los coches, en el campo, haciendo deporte, solos en calles semivacías, en parques despoblados… os vieron hacer esto aun cuando no eran obligatorias las mascarillas, y se frotaron las manos, a la vez que os dirigían muecas de burla que no visteis, pues con la mirada en el suelo no os enteráis de nada.

Mascarillas que no sirven de nada, pues, como ha explicado un famoso científico, los filtros necesarios para impedir el paso de virus ―cuyo tamaño se mide en unidades nanoscópicas― solo serían eficaces haciéndolos de tal manera que impedirían la respiración. Después de más de un año y medio intentado crear uno que defendiera a los soldados de la aspiración de nanopolvo, no lo consiguieron, y tú, españolito pussycat, estás convencido de que una mascarilla comprada en el chino te salvará del virus ―si es que existe, claro―.

Luego vendrán a exigirte tu DNI y tu teléfono cuando entres en un bar, y luego te confinarán cuando les salga de ahí, aunque no tengas nada, pero es la perfecta excusa para encerrar a los disidentes si hay un supuesto contagio en tu edificio o el bar donde vas. Después vendrán los rastreadores, la Stasi de nuevo cuño, y sus perros de presa, y su carnet COVID, sin el cual no podrás ir a museos, ni cines, ni teatros, ni salir del país, con el objetivo de que te sometas a la prueba del PCR, que, si te da uno de sus falsos positivos, te llevará al confinamiento… y la vacuna, ah, la vacuna, de la que hablaré en otra ocasión, que quieren ponernos a cualquier precio.

Y la culpa es tuya, españolito enmascarado… sí, tuya, que a veces me increpas cuando me ves por las calles sin el bozal: en verdad en verdad te digo que dentro de muy poco llorarás como mujer lo que no has querido defender como hombre.

A menos que Zombielandia despierte, la suerte está echada, pues España ―una vez más― está siendo la cabeza de puente del Nuevo Orden Mundial, el escenario donde los jerarcas satánicos ensayan sus mortíferas ingenierías sociales, las medidas que después de ensayar aquí aspiran a implementar en todo el mundo. ¿Por qué estamos en la vanguardia de las dictaduras luciferinas? ¿Por qué estamos sometidos al mayor despotismo, a la mierda más nauseabunda? Pues porque saben que, después de 40 años de manipulación y lobotomización, el pueblo antaño gallardo e invencible es una manada de conejos saltarines y acojonados, de cobardes mostrencos… nos han estado preparando a conciencia para este circo totalitario de ahora, sabedores de que somos el pueblo más agilipollado del orbe.

Ensayaron ya esto con el Frente Popular, pero la dictadura roja les salió mal; nuestra Guerra Civil fue el ensayo de la Mundial, y la diktadura de ahora es el preludio de lo que se avecina: puro NOM.

«¡Trágala!», es la frase que nos dirigen los políticos vendidos al NOM cuando sacan otra de sus leyes liberticidas. El «¡Trágala!» fue una canción ​ que los liberales españoles utilizaban para humillar a los absolutistas tras el pronunciamiento militar de Rafael del Riego en Cabezas de San Juan, al comienzo del periodo conocido como Trienio Liberal.

Particularmente, la sátira se dirige contra Fernando VII, que en 1820 fue obligado a jurar la Constitución de Cádiz cuando pronunció su famosa frase «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».

Pero las cosas han cambiado, ya que nadie obliga hoy a Felipito ―y a toda la clase política en pleno― a decir esta tremenda frase: «Marchemos francamente, y España la primera, por la senda del Nuevo Orden Mundial»

Lo diré de nuevo: Damas y caballeros, estoy muy harto y no puedo soportarlo más.

Laureano Benítez Grande-Caballero

Sevillano, profesor de Historia jubilado, escritor de 35 libros, la mayoría de tema católico. Articulista en muchos medios digitales patrióticos, tertuliano ocasional en Radio Ya, imparte conferencias por toda España sobre el Padre Pío de Pietrelcina. Sus últimos libros publicados son EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, y LA PATRIA TRAICIONADA: ESPAÑA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL.

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