Los eufemismos de la muerte

Yo no los mato, los «interrumpo»

La  destrucción de nidos de especies protegidas supone un delito según el artículo 334 de la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal que puede llegar a tener hasta una pena de prisión de seis meses a dos años. Fue reforzada por otra correspondiente al nefasto período zapaterista: Ley 16/2007:

“Queda prohibido dar muerte dañar, molestar o inquietar intencionadamente a los animales silvestres,… Esta prohibición incluye su retención y captura en vivo, la destrucción, daño, recolección y retención de sus nidos, de sus crías o de sus huevos, estos últimos aun estando vacíos”

Hubo una época en la historia de España, no muy lejana, en la que también el ser humano tenía esta protección del Estado: A ningún ciudadano español se le podía cortar el suministro de agua o de electricidad por falta de pago (Ley de Régimen Local de 24 de junio de 1955); tampoco se le podía expropiar su vivienda por deudas o falta de pago hipotecario (artículo 52 de la Ley de Expropiación Forzosa de 1954).

En esa época innombrable, todos los españoles tenían garantizada una vivienda digna. Cada español tenía derecho a su “nido”, donde criar a su familia. Ese “nido” era tan legalmente indestructible como lo es hoy un nido de golondrinas.

Eliminar a un futuro hijo, ha sido uno de los «grandes logros» en Derechos Sociales de nuestros últimos gobiernos. Ahora podemos romper un embarazo pero no podemos romper un huevo.

La vigente Ley del Aborto de 2010, (interrupción voluntaria del embarazo) aprobada también durante el mandato de este singular personaje, no solo no castiga la destrucción del embrión humano, sino que la alienta, la declara «derecho» de decisión unilateral de la mujer, la fomenta y la subvenciona económicamente y con todos los medios sociales de la Administración del Estado. Una mujer embarazada tiene derecho a abortar si existe posibilidad de malformación.

Esa ley ha matado ya a más de un millón (1.000.000) de españoles indefensos; tengamos en cuenta el siguiente dato: durante la Guerra civil murieron unas 500.000 personas entre los dos bandos.

Ahora, en 2020, nuestros políticos quieren matar ancianos legalmente (interrumpir voluntariamente la vida), si estos lo piden tras un asesoramiento gubernamental.

En Holanda existe esta legislación sobre la eutanasia desde 2002, pero vean cómo se ha ido «relajando» hasta la actualidad:

(Texto publicado por El País el 3 de septiembre de 2017)

«El holandés Mark Langedijk tenía 41 años cuando pidió la eutanasia, en julio de 2016. En la plenitud de su vida era alcohólico, padecía depresión y un trastorno de ansiedad. Divorciado y con dos hijos pequeños, había entrado y salido de 21 clínicas de desintoxicación en un intento de superar sus problemas. Murió en su casa. Estuvo acompañado por sus padres, sus hermanos, un primo y su mejor amigo, un párroco. La vecina preparó una sopa y comieron y bebieron hasta que llegó el momento de la despedida, cuando el doctor le inyectó una sustancia letal.  Mark no era un enfermo terminal. Tampoco padecía una demencia aguda que le robara la lucidez. Sin embargo, su médico de cabecera consideró que su sufrimiento, y su dependencia del alcohol, eran insuperables».

 

(Texto publicado por ABC el 12 de septiembre de 2019)

«El tribunal, presidido por la jueza Mariette Renckens, dio por válida la declaración realizada por la paciente en 2012, inmediatamente después de conocer el diagnóstico de Alzhéimer, aceptando la eutanasia en caso de perder la memoria y tener que ser trasladada a un geriátrico. A partir de 2017, sin embargo, había cambiado de idea y realizó varias declaraciones en las que rechazaba la pastilla letal de Dorumicum, que finalmente le fue suministrada, oculta en una taza de café y con consentimiento de sus familiares, pero sin que ella fuera consultada.

Cuando se resistió a beber el café, sospechando que la llevaría a la muerte, fue mantenida en la cama a la fuerza por su marido y su hijo mientras la geriatra le administraba una inyección letal, según la declaración de la doctora durante el juicio».

Parece que el Socialismo tuvo en los años treinta,  un exponente muy avanzado para su tiempo, un verdadero visionario; hubiera disfrutado viviendo en la Europa actual. Hitler, líder del Partido Socialista Obrero Alemán,  ya sentó las bases de este Nuevo Mundo: sobran los que tienen malformaciones, sobran los que no sirven, los que estorban a la sociedad y a las mujeres, los que suponen un gasto extraordinario para el Estado y degeneran la raza. Una de sus célebres frases es: «La guerra es el mejor momento para eliminar a los enfermos incurables» (octubre 1939). Esta orden incluía a bebés y niños pequeños con malformaciones.

Nuestros políticos actuales son más listos que Hitler: eliminan a los enfermos y ancianos incurables, tras convencerles, y a los futuros niños con defectos, de forma legal y sin arriesgar su propio pellejo en ninguna guerra.

El líder socialista Hitler parece que, a fin de cuentas, no perdió la guerra del todo.

Hoy estaría disfrutando.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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