López Obrador, vulgar apóstol del Destino Manifiesto (5/5)

En la última entrega de la serie demostraremos que el actual presidente de México da continuidad a las absurdas tesis del Destino Manifiesto y que su odio a la hispanidad también conlleva un claro rechazo a la nacionalidad mexicana por ser católica y mestiza

 

Las élites de los Estados Unidos habían convertido en dogma la afirmación de que la raza anglosajona había sido escogida por la Providencia para que expandiera su territorio y llevara el civilizado sistema de gobierno republicano a las naciones ubicadas al sur de su frontera. Autores como Albert K. Weinberg (Manifest Destiny. A study of nationalist expansionism in american history)1 y Reginald Horsman (Race and Manifest Destiny: The origins of America racial anglo-saxonism)2 abordan el tema de manera detallada.

En 1845, los supremacistas norteamericanos descartaban absorber totalmente a México. La Democratic Review aseguraba, por ejemplo, que «el pueblo mexicano no está acostumbrado a los deberes de autogobierno»,3 en tanto que el Registro de Población del Estado de Illinois afirmaba que los mexicanos estaban muy poco por encima de los negros.4

La revolución de las 13 colonias contra Gran Bretaña empezó en 1776 y concluyó en 1783. Horsman apunta que el afán expansionista campeaba incluso antes de la consumación de la independencia de los Estados Unidos. Veamos:

Incluso los problemas de la década de 1780 no apagaron la confianza burbujeante en un futuro destino continental. En 1785, John Adams declaró que Estados Unidos estaba «destinado sin lugar a duda a ser la mayor potencia del mundo». Al año siguiente, Thomas Jefferson escribió que «nuestra Confederación debe ser vista como el nido desde el cual se poblará toda América, del norte y del sur». (13) Al final de la tumultuosa y peligrosa década, el geógrafo estadounidense Jedidiah Morse escribió que «Es bien sabido que el imperio ha estado viajando de este a oeste. Probablemente su último y más amplio asiento será América … el imperio más grande que jamás haya existido … no podemos dejar de anticipar el período, como no muy lejano, cuando el IMPERIO AMERICANO comprenderá millones de almas, al oeste del Mississippi».5

El historiador mexicano, Pedro Castro Martínez, confirma que los americanos (es decir, los estadounidenses) se consideraban como una raza avanzada incluso por factores biológicos:

En el fondo del consenso para conquistar México estaba la creencia en la idea de la historia como la lucha eterna entre las razas «avanzadas» y «primitivas» por el control de los recursos naturales. Historiadores y publicistas como Cooper, Bancroft, Prescott, Lippard y otros entendían el cambio histórico como consecuencia de la competencia biológica. Las razas y las naciones habían salido del útero de la naturaleza, débiles y dependientes: florecerían luego de su juventud y más tarde, si no encontraban el secreto del vigor racial perpetuo, declinarían en la senilidad impotente.6                                                                                                                                                                   

Como lo explica Castro Martínez, «En 1846 los Estados Unidos se veían a ellos mismos como la “joven América”, colindando con un vecino senil al sur».7

Los españoles que conquistaron México eran de piel blanca como los anglosajones de Estados Unidos. Entonces ¿por qué los despreciaban? Regresamos al análisis del doctor Pedro Castro Martínez:

Los españoles, aunque de raza blanca, no gozaban de la simpatía de la «raza anglosajona» norteamericana. Desde la época isabelina los peninsulares cargaban con una leyenda negra que les describía como «seres singularmente crueles, intolerantes, tiránicos, oscurantistas, vagos, codiciosos y traicioneros». En la coyuntura que tratamos los españoles habían cometido un pecado más: su separación del modelo norteamericano de la prohibición de la mezcla racial. Se habían unido a quienes conquistaron; trocaron sus «altas cualidades raciales» por la sensualidad y la crueldad a expensas de una «raza inferior». El resultado fue que los hispanos, al haberse mezclado con los «salvajes conquistados», desleyeron con ello su «recio carácter». Seguía siendo cierta, no obstante, la diferencia entre «españoles» y «mexicanos», pero de una manera análoga a la que existía entre los «indios diabólicos» y los blancos renegados que eran más salvajes que los mismos «salvajes».8                                                                                                                                            

En el referido discurso del 13 de agosto de 2021 —con el que conmemoró los «500 años de resistencia indígena», López Obrador dijo que la Conquista y la Colonia fueron un fracaso:

En suma, la Conquista y la colonización son signos de atraso, no de civilización, menos de justicia. Solo pensemos que, en nuestro país durante la Revolución, por violencia, hambre y también por epidemias, perdieron la vida un millón de mexicanos; sin embargo, en 1930, con solo 20 años transcurridos, ya se tenía de nuevo la población de 1910.

De modo que la gran lección de la llamada Conquista es que nada justifica imponer por la fuerza a otras naciones o culturas, un modelo político, económico, social o religioso en aras del bien de los conquistados o con la excusa de la civilización.

Las conquistas, las invasiones, las guerras, siempre serán un riesgo para la humanidad. Además del agravio principal, traen consigo afectaciones culturales, sociales y daños colaterales. Suele pasar que la ambición y la tristeza viajan, viven y duermen juntas. Políticos, monarcas y hombres de Estado no deben omitir estas lecciones que surgen de amargas realidades y se convierten en enseñanzas mayores.9                                                                            

Conclusión

La retórica antiespañola y antimexicana de Andrés Manuel López Obrador, está sustentada en la reforma protestante y calvinista, en la Ilustración (específicamente en el Contrato social de Rousseau), en la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto.

Nuestros argumentos para afirmarlo son los siguientes:

  • López Obrador es enemigo del verdadero catolicismo y tiende a practicar un culto naturalista con matices indígenas. En lo político, coincide con Rousseau en el sentido de que debe imperar la voluntad general, o sea, el pensamiento único.
  • El ideario de AMLO es masónico. Tan es así que concluyó el citado discurso del 13 de agosto pasado con las siguientes palabras:

No debemos aceptar que el poder militar, la fuerza bruta, triunfe sobre la justicia; debemos en cambio procurar que desaparezca de la faz de la tierra la ambición, la esclavitud, la opresión, el racismo, el clasismo y la discriminación, y que solo reine e impere la justicia, la igualdad, la paz y la fraternidad universal.10                                                                                  

  • El actual presidente de México sigue al pie de la letra la consigna monroísta de «América para los americanos». Un ejemplo: Benito Juárez ofreció entregar el Istmo de Tehuantepec (vía el Tratado McLane-Ocampo) a Estados Unidos a cambio de que Washington reconociera a su gobierno. Hoy, EE.UU. tiene el control de ese estratégico corredor transoceánico. Se lo entregó López Obrador durante la visita que hizo la vicepresidenta Kamala Harris a la Ciudad de México el 7 de junio pasado.
  • El Destino Manifiesto desprecia a los pueblos inferiores. López Obrador, también. Y aún más: utiliza al Ejército y a la Guardia Nacional para perseguir a los migrantes que pretenden llegar a Estados Unidos sin papeles migratorios en regla. Lo hizo primero con Trump y lo sigue haciendo con Biden en la Casa Blanca. AMLO ha reconfirmado que México es el patio trasero de los Estados Unidos.

AMLO, también antimexicano

La mayoría de los mexicanos está compuesta por mestizos, esos que tanto desagradan a los yanquis. Son los que luchan de manera cotidiana con el objetivo de constituir una clase media nacionalista y crítica; clase media que se da cuenta de que las mentiras oficiales —vengan de los neoliberales mundialistas o de los socialistas globalistas— dividen a la nación y comprometen su soberanía.

La clase media mexicana sabe que ni es indígena ni es española. Sabe, de igual manera, que la religión es factor de unión y, lejos de avergonzarse de su credo católico, trata de profesarlo a pesar de que la masonería tomó el control de la Santa Sede tras la muerte del papa Pío XII.

Los mestizos, en general, son respetuosos de las etnias que se encuentran distribuidas a lo largo y ancho de la república mexicana. Es una falsedad culpar a la raza mexicana (mestiza) de los abusos que se llegan a cometer, sin duda, contra los pueblos indígenas. AMLO y su gobierno generalizan cuando acusan.

La Nación mexicana surgió el 27 de septiembre de 1821, cuando el libertador Agustín de Iturbide entró a la Ciudad de México al frente de las tropas del Ejército Trigarante. Las Tres Garantías eran las siguientes: independencia, simbolizada por el verde de la bandera nacional; la pureza de la religión católica, plasmada en el lienzo blanco, y la unión, representada por el color rojo.

El Plan de Iguala, que dirigió los esfuerzos independentistas encabezados por Iturbide, planteaba —en el punto 12— la igualdad de las personas (peninsulares, criollos, mestizos, indígenas…) y se comprometía —en el punto 13— a respetar su integridad personal y a proteger sus propiedades.11

El Acta de Independencia del Imperio Mexicano, firmada el 28 de septiembre de 1821, declaraba solemnemente que «… es nación soberana e independiente de la antigua España, con quien en lo sucesivo no mantendrá otra unión que la de una amistad estrecha en los términos que prescribieren los tratados».12 Nada de rupturas…

El hecho de que López Obrador conmemore los 500 años de resistencia indígena coloca a los mexicanos mestizos como enemigos de los pueblos indígenas; la última expulsión de españoles ocurrió en 1834. En la pobre lógica de AMLO, a falta de los peninsulares hay que culpar a los mestizos mexicanos de esos excesos. Él, como el Destino Manifiesto, desprecia a los mexicanos por mestizos: no puede perdonar que tengan sangre española, la misma que circula por sus venas.

Por sus frutos…

Fuentes consultadas

  1. Cfr., Albert K. Weinberg. Manifest Destiny. A study of nationalist expansionism in amerian history”. (Estados Unidos: Johns Hopkins University. 1935). Edición digitalizada por Google, libre de derechos. Recuperado de https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=mdp.39015062112365&view=1up&seq=5&skin=2021
  2. Cfr., Reginald Horsman. “Race and Manifest Destiny: The origins of american raciañ anglo-saxonism”. (Cambridge, Mass. Harvard University Press, 1981).
  3. Albert K. Weinberg. Manifest destiniy. A study of nationalist expansionism in amerian history”. (Chicago: Encounter Paperbacks. 1963), #183, pág. 165. Edición digitalizada por Google, libre de derechos. Recuperado de https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=mdp.39015010322173&view=1up&seq=183&skin=2021&q1=M%C3%A9xico
  4. Íbid.
  5. Reginald Horsman. “Race and Manifest Destiny: The origins of american racial anglo-saxonism”. (Cambridge, Mass. Harvard University Press, 1981), pág. 86
  6. Pedro Castro Martínez. “El mito racial en la guerra norteamericana contra México”. Revista Polis de la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México. Núm. 90, p. 91. Recuperado de https://polismexico.izt.uam.mx/index.php/rp/article/view/9/6
  7. Íbid., 91
  8. Íbid., pp. 91-92
  9. Andrés Manuel López Obrador. «Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador en los 500 años de Resistencia Indígena. 1521, México-Tenochtitlan». (Fecha de publicación: 13 de agosto de 2021), párr. 27-29. Recuperado de https://lopezobrador.org.mx/2021/08/13/discurso-del-presidente-andres-manuel-lopez-obrador-en-los-500-anos-de-resistencia-indigena-1521-mexico-tenochtitlan/
  10. 10. Íbid, último párr.
  11. Presidencia de México. “México en testimonios”. (México: Presidencia de la República. 1976), pág. 95
  12. Presidencia de México. “México en testimonios”. (México: Presidencia de la República. 1976), pág. 103

 

 

Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano, católico y conservador.

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