López Obrador, vulgar apóstol del destino manifiesto (4/5)

La presente entrega (penúltima de la serie) mostrará que el discurso indigenista de López Obrador da continuidad al pensamiento del agente confidencial y luego, primer embajador de los Estados Unidos, Joel R. Poinsett, descendiente de calvinistas

Consumada la independencia de México el 27 de septiembre de 1821, por un criollo, Agustín de Iturbide, los Estados Unidos de América se dispusieron a arrebatar al débil vecino del sur tanto territorio y recursos como les fuera posible. Washington puso la mira, primeramente, en Texas.

Con tales propósitos, la Casa Blanca y el Departamento de Estado enviaron a México a su agente confidencial, Joel Roberts Poinsett, en septiembre de 1822.

La página electrónica Memoria Política de México refiere que Poinsett era descendiente de los calvinistas ingleses Pierre Poinsett y Sara Fouchereau.1

Pese a que venía en calidad de agente confidencial, el emperador Iturbide lo recibió con una fría cordialidad. Poinsett lo consignó así en sus Notas sobre México:

Hoy en la mañana fui presentado a Su Majestad. […]  El Emperador estaba en su gabinete y nos acogió con suma cortesía. Con él estaban dos de sus favoritos. Nos sentamos todos y conversó con nosotros durante media hora, de modo llano y condescendiente, aprovechando la ocasión para elogiar a los Estados Unidos, así como a nuestras instituciones, y para deplorar que no fueran idóneas para las circunstancias de su país. Modestamente insinuó que había cedido, contra su voluntad, a los deseos de su pueblo y que se había visto obligado a permitir que colocara la corona sobre sus sienes para impedir el desgobierno y la anarquía.2                                                                                     

El historiador mexicano, José Fuentes Mares, apunta que la negativa de Iturbide a aceptar el federalismo yanqui fue la que le costó el trono:

Seguramente sin proponérselo, el Libertador vino a poner el dedo en la llaga. Nada podría ofender más al apóstol republicano que la negativa expresa, por parte de México, para adoptar las instituciones tutelares, admiradas por Europa, llamadas a ser la bendición del Continente americano.3                                    

Eso bastó, en efecto, para que los EE.UU. negaran el reconocimiento al gobierno de Iturbide, y para que Poinsett destruyera al Primer Imperio Mexicano (oficialmente católico) y para que implantara la república federal, esa que tanto defiende López Obrador.

Poinsett abandonó México en octubre de 1822, herido en lo más profundo de su amor propio y… de su puritanismo calvinista. Iturbide, aguantó seis meses la tempestad política provocada por su impericia política y, sobre todo, por la conspiración orquestada por Poinsett. Finalmente, abdicó el 19 de marzo de 1823.

Para entonces, el gobierno calvinista de los Estados Unidos se sabía lo suficientemente fuerte como para controlar a los países hispanoamericanos.

Así, el 2 de diciembre de 1823, el entonces presidente de los Estados Unidos de América, James Monroe, lanzó una violenta amenaza a las potencias europeas, en especial a España:

En las guerras de las potencias europeas por asuntos de su incumbencia nunca hemos tomado parte, ni comporta a nuestra política el hacerlo. Solo cuando se invadan nuestros derechos o sean amenazados seriamente, responderemos a las injurias o prepararemos nuestra defensa. Con las cuestiones en este hemisferio estamos necesariamente más inmediatamente conectados, y por causas que deben ser obvias para todo observador informado e imparcial. El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente diferente en este respecto al de América. Esta diferencia procede de la que existe entre sus respectivos Gobiernos; y a la defensa del nuestro, al que se ha llegado con la pérdida de tanta sangre y riqueza, que ha madurado por la sabiduría de sus más ilustrados ciudadanos, y bajo el cual hemos disfrutado de una felicidad no igualada, está consagrada la nación entera. Debemos por consiguiente, al candor y a las amistosas relaciones existentes entre los Estados Unidos y esas potencias, declarar que consideraremos cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad. Con las colonias o dependencias existentes de potencias europeas no hemos interferido y no interferiremos. Pero con los Gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido, con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver cualquier interposición para el propósito de oprimirlos o de controlar en cualquier otra manera sus destinos, por cualquier potencia europea, en ninguna otra luz que como una manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos. En la guerra entre esos nuevos Gobiernos y España declaramos nuestra neutralidad en el momento de reconocerlos, y a esto nos hemos adherido y continuaremos adhiriéndonos, siempre que no ocurra un cambio que en el juicio de las autoridades competentes de este Gobierno, haga indispensable a su seguridad un cambio correspondiente por parte de los Estados Unidos.4                                                 

Tal fue el sentido de la Doctrina Monroe: América para los americanos (o sea, para los estadounidenses)…

Con ese antecedente, Poinsett regresó a México en plan triunfal en 1825. En julio de ese año, presentó al primer presidente republicano, Guadalupe Victoria, sus cartas credenciales como embajador plenipotenciario de los Estados Unidos. Su agenda contemplaba dos temas fundamentales: la firma de un tratado comercial que resultara ventajoso a su país y la compra de Texas.5

Ese mismo año (1825), Poinsett instaló cinco logias masónicas del rito de York para combatir a los centralistas aglutinados en torno al rito escocés probritánico.

Victoria, como Iturbide (quien fue fusilado en 1824), rechazó la venta de Texas, pero autorizó (el 20 de diciembre de 1827) la primera expulsión de los españoles radicados en México conforme a los deseos de Poinsett; con esto, se pretendía que España reconociera la independencia de México. Vale apuntar que entre diciembre de 1827 y enero de 1834 se decretaron cinco expulsiones contra la población española.6

El 10 de marzo de 1829, el todavía embajador de Estados Unidos en México, Joel Roberts Poinsett, acusó a España de haber mantenido en la más absoluta ignorancia a los mexicanos recién independizados.

En carta dirigida al secretario de Estado de los Estados Unidos, Martin Van Beuren, Poinsett escribía lo siguiente:

Parece entonces que las exitosas precauciones tomadas por España para impedir todo tipo de relaciones entre México y otros países, impidieron que la luz del conocimiento penetrara en este país. No sólo los mexicanos fueron privados de los medios para seguir el ritmo del rápido progreso del conocimiento en otros países durante los siglos XVII y XVIII, sino que las peculiares circunstancias en que se encontraban, apenas les permitían mantener el estatus que ocupaban en el momento de la conquista.

Los emigrantes de España, a los que se les permitió establecerse en el país, estaban entre los más ignorantes y viciosos de ese pueblo [el español], que lleva notoriamente un siglo de retraso con respecto al resto de la Europa cristiana. Eran, en su mayoría, los favoritos de los grandes hombres, y vinieron a señorear a los criollos, a ocupar todos los cargos de honor y emolumento, y a mantener sojuzgados a los nativos.

Como ya se ha comentado, un modo de lograr este objetivo era que los mexicanos fueran más ignorantes que los españoles. A esto, les ayudaban diversas causas. La falta de medios para adquirir conocimientos, la ausencia de estímulos para ejercitarlos; la facilidad para obtener los medios de subsistencia, casi sin trabajo, un clima suave y enervante, y su constante relación con los aborígenes que estaban y siguen estando reducidos a la más ínfima condición de seres humanos contribuyeron a convertir a los mexicanos en un pueblo aún más ignorante y libertino de lo que habían sido sus antepasados.7

El odio de Poinsett a España y su desprecio a la raza mestiza mexicana, mayoritariamente católica, se confirma en los siguientes dos párrafos:

Otra causa operaba aún con más fuerza para producir este efecto. Las infantiles ceremonias de su culto, y la excesiva ignorancia y el despilfarro escandaloso del clero. Los criollos fueron enseñados desde su infancia a reverenciar a sus pastores como a seres superiores y no es por tanto de extrañar que su pernicioso ejemplo haya producido tan melancólicos resultados.

Por lo tanto, cuando examinamos la condición actual de este pueblo, debemos tener siempre presente el punto del que partieron. Estaban, en todos los aspectos, muy por detrás de la madre patria, que es notoriamente muy inferior el aspecto moral a todas las demás naciones.8                

Fue tal el protagonismo de Poinsett que el gobierno mexicano solicitó por fin su remoción en julio de 1829 y, aunque el Departamento de Estado la concedió, no fue sino hasta el 3 de enero de 1830 que el embajador plenipotenciario abandonó el país.

«Entonces —recuerda la historiadora mexicana Doralicia Carmona Dávila— [Poinsett] escribió al presidente Jackson estas proféticas palabras: “aunque no existe la más remota posibilidad de obtener Texas mediante compra, se están fraguando las causas que la llevarán a formar parte de la Unión Americana»».9

Poinsett sabía, sin duda, que el Destino Manifiesto —un malévolo engendro de la Doctrina Monroe— preparaba su asalto contra México.

En la quinta y última entrega de esta serie, se demostrará que la retórica antiespañola y antimexicana de López Obrador reproduce los esquemas ideológicos del Destino Manifiesto.

Materiales consultados

  1. Doralicia Carmona Dávila. “Poinsett Joel Roberts”. Memoria Política de México. (Sin fecha de publicación), párr. 1. Recuperado de http://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/PJR79.html
  2. Íbid., párr. 11
  3. José Fuentes Mares. «Poinsett. Historia de una gran intriga». (México: Libro Mex Editores, 1960), pp. 90-91
  4. Doralicia Carmona Dávila. “1823 Séptimo mensaje anual del Presidente James Monroe al Congreso. (Fragmentos)”. Memoria Política de México. (Sin fecha de publicación), párr. 5. Recuperado de http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/2ImpDictadura/1823-VII-JM.html
  5. David Guerrero Flores y Emma Paula Ruiz Ham. “El país en formación. Cronología (1821-1854)”. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. (Año de publicación: 2012), pág. 37. Recuperado de https://inehrm.gob.mx/work/models/inehrm/Resource/437/1/images/el_pais_en%20formacion.
  6. Clara E. Lida. “Los españoles en el México independiente: 1821-1950. Un estado de la cuestión”. El Colegio de México. (Año de publicación: 2006), pág. 624. Recuperado de https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/1570/1388
  7. Cfr. William R. Manning. «Diplomatic correspondence of the United States concerniente a la independencia de las naciones latinoamericanas» Tomo III. (Nueva York: Universidad de Oxford), pp. 1674-1675. Traducción libre. Versión digital recuperada de file:///D:/Correspondencia%20diplom%C3%A1tica%20de%20los%20Estados%20Unidos%20concerniente%20a%20la%20independencia%20de%20las%20naciones%20latinoamericanas.pdf
  8. Íbid., pp-1675-1676.
  9. Doralicia Carmona Dávila. “Poinsett Joel Roberts”. Memoria Política de México. (Sin fecha de publicación), párr. 32. Recuperado de http://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/PJR79.html

 

 

Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano, católico y conservador.

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