López Obrador, vulgar apóstol del destino manifiesto (2/5)

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se presenta como un librepensador. Y lo es, en el sentido masónico. Su ideología reproduce los esquemas de los enciclopedistas

El escritor y abogado francés, François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, fue uno de los principales representantes del movimiento de la Ilustración. Masón convencido, era enemigo de la monarquía, del clero católico y del ejército de su país. Cuando se refería a la Iglesia utilizaba el calificativo de la infame y proclamaba abiertamente que era partidario de su destrucción.

Voltaire proponía una religión naturalista que negaba la omnipotencia divina. Gabriel Andrade, de la Universidad del Zulia (de Maracaibo, Venezuela), lo explica de la siguiente manera:

Si bien despreció a la fe y mantuvo querellas amargas con los clérigos de su tiempo. Voltaire nunca se hizo ateo. Hasta su muerte sostuvo la existencia de Dios, y el mal no le pareció argumento suficiente para negar la existencia de Dios. Pero, sí podemos inferir que el mal sí le pareció suficiente para negar la existencia del Dios omnipotente que enseña la religión revelada. Pues, Voltaire pasa por ser uno de los más grandes deístas. El deísmo es la doctrina que se adscribe a una religión natural, es decir, que llega a Dios exclusivamente a través de la razón y en detrimento de la fe.

Los deístas suelen concebir a un Dios que, si bien creó el mundo en un momento primordial, no interviene en él, y dista de ser omnipotente, pues sencillamente ha dado inicio a una cadena de eventos, pero sobre los cuales no tiene control.1

Juan Jacobo Rousseau, por su parte, redactó su Contrato social como un tratado revolucionario que pretendía aplicar un orden social con una religión civil, en el que todo aquel que osara desobedecerla podía ser castigado con la pena capital:

Hay según esto una profesión de fe meramente civil, cuyos artículos puede fijar el soberano, no precisamente como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano ni fiel súbdito. Sin poder obligar a nadie a creerlos, puede desterrar del Estado a cualquiera que no los crea; puede desterrarle, no como impío, sino como insociable, como incapaz de amar con sinceridad las leyes y la justicia, y de inmolar, en caso de necesidad, la vida al deber. Y si alguno, después de haber reconocido públicamente estos mismos dogmas, obrase como si no los creyese, sea castigado con pena de muerte; porque ha cometido el mayor de los crímenes, que es mentir delante de las leyes.

Los dogmas de la religión civil deben ser sencillos, pocos y enunciados con precisión, sin explicaciones ni comentarios. La existencia de una divinidad poderosa, inteligente, benéfica, previsora y próvida, la vida venidera, la dicha de los justos, el castigo de los malvados, la santidad del contrato social y de las leyes; he aquí los dogmas positivos.2

Presentado por la masonería y sus simpatizantes como un defensor de la libertad de pensamiento, Rousseau era —en realidad— un enemigo de la libertad de conciencia, un revolucionario que daba al Estado la categoría de dios y al gobernante, la de supremo sacerdote con potestad sobre la vida y la muerte de los súbditos.

Al final del Contrato social, Rousseau desafió a la Iglesia católica de la siguiente manera:

… el que se atreva a decir, fuera de la Iglesia no hay salvación, debe ser desterrado del Estado, a no ser que el Estado sea la Iglesia, y el príncipe el pontífice. Semejante dogma sólo es bueno en un gobierno teocrático; en cualquier otro, es pernicioso.3                                                                                                            

En la práctica, resulta que Rousseau, el apóstol de la libertad, escribió un antievangelio, un programa revolucionario que rechaza cualquier otro planteamiento doctrinario, y que subordina la libertad individual al interés colectivo:

Si quitamos pues del pacto social lo que no es de su esencia, veremos que se reduce a estos términos: Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; recibiendo también a cada miembro como parte indivisible del todo.

En el mismo momento, en vez de la persona particular de cada contratante, este acto de asociación produce un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros como voces tiene la asamblea; cuyo cuerpo recibe del mismo acto su unidad, su ser común, su vida y su voluntad. Esta persona pública que de este modo es un producto de la unión de todas las otras, tomaba antiguamente el nombre de Ciudad, y ahora el de República o de cuerpo político, al cual sus miembros llaman Estado cuando es pasivo, soberano cuando es activo, y potencia comparándole con sus semejantes.4

Así, Rousseau liquidaba la libertad individual y la esencia de las personas so pretexto de que «sólo la voluntad general puede dirigir las fuerzas del Estado según el fin de su institución, que es el bien común».5                                                                                                                   

Rousseau tiene que recurrir a los sofismas para tratar de persuadir a sus lectores:

De lo dicho se infiere que la voluntad general siempre es recta, y siempre se dirige a la utilidad pública; pero de aquí no se sigue que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud.

El pueblo quiere indefectiblemente su bien, pero no siempre lo comprende: jamás se corrompe al pueblo, pero a menudo se le engaña y sólo entonces parece querer lo malo.

Hay mucha diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general: ésta sólo mira al interés común; la otra mira al interés privado, siendo la suma de voluntades particulares, pero quítense de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente, y quedará por suma de las diferencias la voluntad general.6                                                                                                           

El pueblo, pues, es imperfecto porque es susceptible de engaño. Entonces, para evitar que lo engañen y se incline por lo malo, debe evitarse la suma de voluntades particulares (la voluntad de todos) para que prevalezca la voluntad general, que es la de nadie (excepto la del gobernante y sus operadores).

Por lo tanto, en el Contrato social de Rousseau, el pueblo debe aceptar el pensamiento único y las personas deben renunciar a su libertad individual, misma que les fue comunicada y reconocida por la Iglesia católica en la Edad Media. La voluntad general, en consecuencia, masifica al ser humano para convertirlo en un simple hombre-masa que debe consumir —sin reparos— la historia oficial.

En la siguiente entrega trataremos de la retórica antiespañola del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y de cómo se ajusta a los postulados de la Ilustración anticatólica, antiespañola y antimexicana.

Materiales consultados

  1. Gabriel Andrade. “Dos perspectivas sobre el problema del mal: la teodicea de Leibniz y Cándido de Voltaire”. Revista de Filosofía. (Venezuela: Universidad del Zulia. Fecha de publicación: enero-abril de 2010, Vol. 64.), pp. 46-47.
  2. Juan Jacobo Rousseau. «El contrato social». Colección Obras Clásicas de Siempre. Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa. (Edición digital), pág. 190. Recuperado de http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/ContratoSocial.pdf
  3. Íbid., pág. 192
  4. Íbid., pp. 20-21
  5. Íbid., pág. 31
  6. Íbid., pág. 36

 

Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano, católico y conservador.

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