Lo (poco) que queda en pie de Bertrand Russell

Su polifacética actividad mediática, que lo vincula irremediablemente a su tiempo (con el advenimiento de la TV a la postre), lo afirma como uno de los intelectuales más polifacéticos de Gran Bretaña

Tras hacer lo propio con Frege y Turing, en el presente artículo revisaremos el menguado legado intelectual de Bertrand Russell (1872-1970), una figura tan cuestionable como absurdamente mixtificada por los poderes fácticos y demás elementos antisociales adheridos a la causa de la Sinarquía, esto es al establecimiento del Nuevo Orden Mundial en curso.

Por su longevidad y presuntuoso sentido de la publicidad para con uno mismo, la figura de Bertrand Russell abarca buena parte de dos siglos tan decadentes como el XIX, victoriano, descreído e imperialista; y el XX, colectivista y catastrófico en el plano global, amén de fracturado por dos guerras mundiales de diseño.

Su polifacética actividad mediática, que lo vincula irremediablemente a su tiempo (con el advenimiento de la TV a la postre), lo afirma como uno de los intelectuales más polifacéticos de Gran Bretaña: filósofo, matemático, lógico, moralista, ensayista popular, polemista, “apologeta” de experimentos psicosociales de triste memoria, figura pública inmersa en las más encendidas controversias, fue pese a todo el “cerebro nacional” más visible de entonces.

Cuando le fue concedido, en 1950, el Premio Nobel de Literatura, la Academia Sueca, en una de sus decisiones más cuestionables, lo vindicó como acreedor del mismo “en reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento” (sic); en pocas palabras: prevalecía el polemista a la moda y paladín de los “derechos humanos”, el autor multiventas de escritos sobre ética doméstica, el hombre capaz de resolver las cuitas morales de sus coetáneos (pese a ser todo un degenerado moral), autor de libros con títulos tan burlescos y falsarios como La conquista de la felicidad o Elogio de la ociosidad, entre otros engendros de triste memoria.

Pero ante todo, Russell era un hombre satisfecho de sí mismo, de un narcisismo desusado, a cuya cuna aristocrática cabía sumar la seguridad de lo que entonces podía considerarse “un espíritu fuerte”, dotado de una voluntad firme, tanto en su periplo mundano (dejaremos aparte, pues no procede traerlo aquí, lo relativo a sus “cualidades amatorias” con respecto al otro sexo) como en su actividad filosófica (por otra parte su presunto “salvoconducto para la posteridad”). Este hombre detestable, adicto a los intereses de la Sinarquía y paladín capital del Nuevo Orden Mundial en su fase de concreción multilateral, tiene con todo (¡todavía!) una legión de partidarios que lo han elevado a las esferas celestes, como si de un santón laicista se tratara. Quizá por lo más efímero, y tendencioso, de su obra.

¿Qué cabe salvar, hoy por hoy, del legado intelectual de Russell? A nuestro limitado juicio, lo más sustancioso reposa en su contribución a la lógica. Y poco más, sobre todo cuando nos abismamos en la producción del filósofo moral, y ya no digamos del teórico político.

Los comienzos como lógico de Russell son significativos y despiertan interés, aunque resulten escasamente originales: partiendo de la duda escéptica, a la que se aferra vivamente al dudar de las llamadas “verdades dominantes”, léase los axiomas matemáticos (en tanto que premisas indemostrables y fundamento de conceptos y demostraciones matemáticas dadas), va a desarrollar un sustancioso sistema de la lógica. Y si bien sus primeros tanteos lo acreditan como epígono del luterano Kant, al aceptar los límites del conocimiento humano –las dimensiones de tiempo y espacio– que la mente impone a la realidad circundante, disiente del absoluto kantiano identificable con la conciencia; en efecto, todo parece indicar que esta tesis totalizadora dejaba profundamente insatisfecho al (ateo) Russell, un espíritu anti-metafísico en suma, pues para él el idealismo (pre)suponía falsedad, o verdad parcial.

Hijo del empirismo caro a su terruño natal, Russell fue afectado asimismo por los “avances técnico-científicos” de la época, y muy en particular por la escasamente satisfactoria “Teoría de la relatividad” de Einstein. La crítica al idealismo, muy erosionado ya, también arraigaba en aquellos días de deserciones metafísicas. De la mano del avezado George E. Moore, Russell se ocupó de la recuperación de las enunciados particulares, con independencia del resto del mundo y considerándolo, empero, como una multitud de cosas interrelacionadas externamente. Resumiendo: Russell se empeñó en ir más allá de…, demostrando que las matemáticas son reducibles a la lógica. Desechó para ello el apriorismo kantiano, el idealismo de Hegel, el empirismo matemático de los Mill et alii., y se arrimó a la Tesis logicista, aportando una definición de los números naturales muy similar a la que ya había llegado el gran Frege sobre la Teoría de conjuntos.

Los razonamientos de Russell sobre la idea intuitiva de que a cada propiedad le corresponde una clase implicaban la clase de todas las cosas que tienen esa propiedad, p. ej.: el número 1 supone la clase de todas las cosas que tienen la propiedad de ser impares, etc. Sobre esta reflexión llegará a su paradoja central, resuelta por un tiempo gracias a la Teoría de tipos: p. ej., si el número 0 es la clase de todas las cosas que tienen la propiedad de no tener ninguna propiedad, o la de no ser miembros de sí mismas, ¿cómo deberá ser la clase de todas las clases que no son miembros de sí mismas? Este tipo de problemas son los más cruciales en la lógica de Russell, y conviene detenerse un poco en ellos.

La Teoría de tipos resolverá temporalmente esta paradoja, al decir que sólo puede afirmarse o negarse la pertenencia a una clase de tipo determinado n, a otra clase de tipo determinado superior n+1; p. ej.: el nº 7, un número primo, es de tipo 0, y la clase de los números primos es de tipo 1. De aquí que no se pueda extraer que la clase de números primos sea otro número primo, pues estas expresiones se refieren a clases del mismo tipo, esto es la clase 1; de esto se infiere que decir que “n pertenece a n” no es verdadero ni falso, meramente es formulación errónea.

Tras los pasos de esta teoría, irán apareciendo otras, entre ellas la Teoría de relaciones binarias (entre individuos), o la Teoría ramificada de tipos, que postula la división de las clases de un mismo tipo, entre otras más pequeñas, pero que terminaría por ser arrinconada en la reedición de su obra magna, Principia Mathematica, escrita junto al hoy revalorizado Whitehead.

Pese a su real importancia histórica en el concierto del pensamiento filosófico (y ser, por así decir, “un autor de manual”), de la obra de Russell poco sobrevive hoy: su Tesis logicista apenas tiene seguidores en nuestros días –ítem más desde el momento mismo en que Russell y Whitehead tuvieron que recurrir a la Teoría de conjuntos sin lograr reducir las matemáticas a la lógica, algo fallaba en el sistema–; sus escritos filosóficos y morales ocupan un lugar muy marginal entre las lecturas universitarias actuales, acopiando auténticos desastres de mala fe y peores intenciones (léase su burdo panfleto Por qué no soy cristiano, tan elogiado por los impotentes lobbies laicistas); sus ensayos populares son consumidos por públicos multitudinarios escasamente juiciosos, habitualmente femeninos, así como plagiados por doquier por ese subgénero ínfimo y deplorable de los libros de “autoayuda” (p. ej., La conquista de la felicidad), lo que es muy curioso conociendo al hombre, todo un cantor de la subversión… Y otra observación pertinente y que siempre nos ha chocado (aunque, seamos sinceros, ya no tanto): conforme la figura eximia de Wittgenstein no ha dejado de agigantarse en el curso de los años, la de Russell se ha ido achatando hasta quedar reducida a la de una pintoresca reliquia desecada de aquellos inefables años… En fin.

José Antonio Bielsa Arbiol

Articulista, crítico cinematográfico y escritor. Historiador del arte y graduado en filosofía. Colaborador en diversos medios de comunicación. Autor de los libros: "España y sus demonios" y "Cómo sobrevivir al Nuevo Orden Mundial: un manual de trinchera".

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