Las religiones ante el origen del mal, en el siglo XXI

El origen del mal ha sido un tema sin respuesta racional; por ello muchos han optado por aceptar, con mayor o menor voluntad, que el mal está dentro del ser humano, que forma parte de él, parte de su naturaleza. El problema que tiene esa conclusión, radica en que elimina la esperanza de una solución al problema del mal, ya que lo que está en la naturaleza, por definición, no puede erradicarse de la misma. Por ello el filósofo Hobbes, partiendo de su tesis de que “el hombre es un lobo para el hombre”, señaló que los seres humanos entran en relación con otros seres humanos con una actitud natural conflictiva. Por ello, cuando se constituyen en sociedad (familia, tribu, nación) la única solución que tienen es otorgar a una autoridad superior el monopolio de la violencia, mediante un contrato social que garantice el orden, para evitar que se vuelva a caer en la brutalidad y la miseria.

De una u otra forma, queriendo o sin querer, es muy frecuente que el ser humano opte por esa solución que, a todas luces, es una solución represora de esa naturaleza humana. No parece que haya otra salida a corto plazo ni tampoco a largo plazo. Ante esa conclusión, que presume que el ser humano es egoísta por naturaleza, no se ha ofrecido ninguna alternativa racional. Incluso Francis Fukuyama en su famoso opúsculo, de poco más de once mil palabras, “El final de la historia”, publicado originalmente en 1989, llegó a la conclusión de que la democracia liberal, con sus luces y sus sombras, con sus logros económicos y sociales y a la vez con su Código Penal, sus policías y sus prisiones, sería la etapa final de la sociedad humana.

Ante este pensamiento generalizado sobre el mal como algo inherente al ser humano, tan sólo Marx postuló una alternativa aparentemente racional. Señaló que la violencia del ser humano contra los demás tenía una causa: la propiedad privada de los medios de producción, la cual le permitía sojuzgar a los demás y usar y abusar de ellos para satisfacer sus deseos, tales como el alimento, el sexo, el abrigo y la seguridad, a costa de los demás. Según él, todas las estructuras de propiedad privada existentes, en sus distintos niveles, permitían la explotación de los demás e impedían que el ser humano auténtico, el no alienado, surgiera y crease una sociedad de plenitud para todos.

Lamentablemente, además de las carencias del pensamiento marxista para explicar de dónde surgían esos deseos que impulsaban hacia la propiedad privada, el marxismo ha dado lugar, desde 1917 hasta hoy, a treinta regímenes comunistas que lo han puesto en práctica. La observación de los resultados sociales y económicos de esos regímenes son una palpable demostración científica de que el marxismo estaba equivocado. Sus cien millones de víctimas, su represión total de la libertad del ser humano y su miseria económica deberían bastar para haberlo ubicado en el basurero de la historia, pero aún hay fanáticos e intelectuales que incomprensiblemente siguen propugnándolo.

Frente a ello cabría preguntarse si las religiones, en conjunto, podrían aportar alguna respuesta, alguna propuesta. Conviene tener en cuenta que las doctrinas religiosas, si se les quitan todos sus dogmas y protocolos, coinciden, con diversas redacciones, en que la regla ética universal es “amar al prójimo como a uno mismo”, principio que si fuera de aplicación generalizada en la sociedad humana la hubiese transformado en el “reino de los cielos en la tierra”. Al mismo tiempo cabe señalar que las distintas doctrinas religiosas no consideran al ser humano como malo en sí mismo, sino que esa realidad la atribuyen a que se desvió del plan trazado por Dios, o no captó el esquema de armonía del Universo. Ahora bien, es necesario que las religiones, más allá de esa afirmación, en la cual pueden converger, den una explicación racional sobre esa supuesta desviación y las motivaciones que dieron lugar a ello.

Hay ahí un tema excelente para relanzar el diálogo interreligioso. Primero, podrían reflexionar sobre si la falta de amor es la causa de los problemas individuales y sociales; a continuación, definir el concepto de amor y, seguidamente, concretar cuáles deberían ser las conductas de los seres humanos que demostrarían que el amor puede abrir las puertas a una nueva sociedad.

En suma, se trataría de que las religiones promuevan que en las sociedades humanas se aplique la espiral necesaria, aprender, comprometerse y actuar, para que la vida humana se llene de sentido. Se trata de partir de un aprender, para a continuación comprometerse con lo aprendido y después actuar, poner en práctica las conclusiones. Después ese ciclo, del cual no cabe jubilarse si se quiere seguir vivo, se repetiría. El ser humano aprendería de los resultados de su actuación, se comprometería para mejorar y pondría en práctica esos compromisos, dando así a su vida un sentido individual y social derivado de sus convicciones religiosas. ¿Qué pasaría con la ingente cantidad de personas que no están conectadas con ninguna religión, o bien que son agnósticas o ateas? No hay nada que enseñe más que el ejemplo. Ya lo dice el refrán “obras son amores y no buenas razones”. Si se lograra esa dimensión social e individual de armonía derivada de un consenso básico interreligioso, mucha gente se sentiría atraída y de alguna manera formaría parte de esa espiritualidad universal que es la asignatura pendiente de la humanidad. No creo que Dios se opusiera a ello. Creo, por el contrario, que Dios estaría muy contento.

 

Enrique Miguel Sánchez Motos

Administrador Civil del Estado. Autor del libro “Historia del Comunismo. De Marx a Gorbachov, el camino rojo del Marxismo”

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