Las bicicletas no son sólo para el verano

Mientras paseas por la orilla de la playa, estrellándose en tus piernas las ya suaves olas, con la espalda colorada y repleta de crema con la que evitar quemarte, pero obtener un bonito bronceado, charlando tranquilamente, construyendo el futuro, imaginando lo que ha de venir y manifestando cómo desarrollar juntos un proyecto de vida en común, sentando las bases de lo que quieres sea tu modo de vida, te vas haciendo mayor, vas creciendo y van creciendo los problemas a los que enfrentarte, siempre juntos, siempre con un tándem en el que giran sus ruedas a un mismo son y en una misma dirección, por más que sean distintas, su velocidad diferente, sus radios, su llanta y su imagen desigual, su circuito es el  mismo.

Es ahora, en verano, cuando se rompen las bicicletas, se destrozan las llantas, se desarrollan caminos paralelos y se observa que nunca más llegarán a correr juntos, se acaban los paseos en la orilla, finalizan las conversaciones de cómo construir para abrir paso al silencio, al egoísmo, a cambiar las cosas y girar en otra dirección, es el momento en que, si no se toman medidas, hará que, como siempre ha pasado, en septiembre los abogados matrimonialistas hagan su agosto y se convierta en el tiempo de más divorcios del año.

Se afirmará que ya estaba roto de antes y se pone de manifiesto cuando se convive de forma más prolongada por las vacaciones, que las parejas estaban ya acabadas, pero pocos se plantearán que son parejas que se mantienen por el amor que les une y es la falta de comunicación, de apoyo, de ganas de pedalear juntos, la que hace poner en marcha un sistema judicial que no arregla problemas, que no soluciona las disputas, que lo único que hace es dar cauce, muchas veces cruel e injusto, a las relaciones cuasi mercantiles que en el matrimonio se producen.

El derecho no resuelve los problemas del corazón, sino que encauza la liquidación económica de la relación, para encallar en la solución del cuidado de los hijos, que son los primeros en padecer la debacle, que posteriormente se convierte en ruina económica.

En esa disputa socioeconómica, se ha introducido la bomba retardada de la “violencia o acoso” con el que la mujer puede acusar a su expareja y con la que obtiene la custodia de los menores, por más que estos salgan perjudicados, el mayor lucro, el mayor daño.

Si la violencia es real, la ocasione quien la ocasione, las medidas de seguridad deben de ser eficaces, rápidas y efectivas, pero sin probatura, sin más que la simple denuncia indemostrada, ocasionar el daño a un padre de un hijo discapacitado y a ese menor, haciéndoles verse una hora cada 15 días en un centro destartalado, pequeño, sucio y mal planteado para cualquier menor, pero más aún para un menor que precisa tratos especiales, es convertir al juez, al fiscal, al abogado, al sistema, en cooperadores de la canalla, en encubridores de lo más miserable del ser humano, mientras los engrilletas con una ley injusta, inadmisible en un Estado de Derecho moderno y, sobre todo, en una sociedad solidaria, seria, caritativa y moralmente elevada.

Estamos en el período en el que las parejas deben de resolver los problemas, dialogar, construir y evitar un septiembre lucrativo para los profesionales del matrimonial, evitando las leyes que esta pandilla de desgarramantas han construído con la paciencia, sometimiento e incluso aplauso de quienes no entienden lo que subyace en las mismas, ni vive el daño que ocasionan a unos y otras que, en lugar de luchar por una familia y resolver problemas, se dedican a, cual ave de rapiña, sacar los ojos del adverso importando muy poco el que ocasionan a sus vástagos.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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