La suerte de Revilla

Revilla, el cacique local cántabro es un tipo con suerte. Y, sorprendentemente, cae bien. Lo sabe y vive de ello, sin cortarse un pelo.

 

Un hombre como Revilla, el cacique de la autonomía norteña, llamada ahora Cantabria sin que se sepa por qué, territorio que siempre ha sido castellano, es un hombre con suerte.

No hace falta más que asomarse un poco a su trayectoria personal para ver que la ha tenido, vaya que sí. Ha sido siempre jefecillo, en un régimen y en otro, de un partido y de otro, pero siempre ha sido jefecillo.

Escudado en una impostada pinta de tipo corriente de la calle, no hace falta, sin embargo, escucharle más de tres minutos, para ver que es un engañabobos, que dice cosas que quedan bien si se entienden en un sentido y en el contrario, que tiene tanta sabiduría como las anchoas esas que va repartiendo por ahí.

Aunque pillo es un rato, de eso no hay duda. Así que ahí está, en la recta final de su vida, pegándose la vida padre a costa de los ciudadanos, o sea, haciendo lo que ha hecho toda la vida.

Y digo que tiene suerte, porque, aunque le han pillado haciendo de cacique en un restaurante, no le va a pasar nada. Ha aguantado un poco de jaleo, alguna increpación de los que le grababan y un pequeño linchamiento mediático de esos que se llevan en las rede sociales.

Nada grave. Nada grave en comparación de lo que le tendría que pasar si viviera en cualquier sociedad que no fuera la degradada sociedad donde el tío ha prosperado. Porque en cualquier sociedad medianamente sana, se haría pagar proporcionalmente a los gobernantes el precio de sus errores.

Es decir, que si se equivocaran en un asunto menor, pues se les dejaría de votar en la próxima ocasión y listo. Si se hubieran visto involucrados en un asunto ético, pues se les obligaría a dimitir, a pedir perdón y ya. Si se les hubiera pillado metiendo la mano en los dineros de los contribuyentes, pues a devolver la pasta y a purgar con algo de cárcel, por listos.

Y si lo que hubiesen hecho fuera una salvajada del tamaño de la que han perpetrado, es decir, arruinar a gran parte de sus ciudadanos, negarles la posibilidad de trabajar y alimentar a sus familias, negar la atención médica de muchos de ellos, ignorar que poseen recursos para desplegar un sistema sanitario de emergencia para combatir una epidemia, encerrar en sus casas a los ciudadanos libres de su comunidad, insultarles, llamarles irresponsables y culpables de expandir virus y, encima, darse un atracón con copa y puro a costa de todos y riéndose en sus narices, nos les quiero (ni debo) decir lo que debería hacérseles pasar.

Pero tiene suerte de que sus súbditos estemos tan adormecidos con respecto al poder que nos conformemos con grabarle y gritarle un poquito.

Y si me permiten la reflexión, va siendo hora de que nos planteemos por qué le damos tanto poder a gente sobre la que no tenemos la más mínima posibilidad de controlar. Por qué dejamos en el Estado, casi totalitario ya, tanto poder, tanto de nuestras vidas.

No estamos ya estabulados en jaulas, comiendo pienso compuesto y siendo sacrificados cuando ya no pongamos un puñetero huevo, porque aún no quieren.

Pero vamos camino de ello.

Francisco Fernández Bernal

Católico, español, autodidacta de la libertad, eterno polemista.

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