La reforma de Yolanda

“La reforma laboral esconde un encarecimiento del despido (y por tanto de la contratación), una pretendida sensación de que se da seguridad a los trabajadores (que nunca es tal, sino todo lo contrario) y una pérdida de flexibilidad y de capacidad de adaptación de las empresas para sobreponerse a situaciones futuras a las que tengan que hacer frente.”

Los del gobierno amenazan con reformar el mercado de trabajo, aprobando una ley al respecto, leo en toda la prensa, con más o menos alborozo según el medio, aunque por el título alguno haya podido pensar que la que se reformaba era la ministro de trabajo (me temo que a su edad y con su bagaje ideológico es poco menos que imposible).

Analizo el asunto y las propuestas para ver por dónde van a moverse las cosas, porque aún es un proyecto y pasarán meses para que todo se concrete. Y se me ocurre tener una conversación con un empresario, al que evidentemente, le afecta de lleno.

No hace falta que tengamos las mismas ideas políticas o económicas, que no las tenemos, para llegar a desentrañar que detrás de esas reformas se esconde un encarecimiento del despido (y por tanto de la contratación), una pretendida sensación de que se da seguridad a los trabajadores (que nunca es tal, sino todo lo contrario) y una pérdida de flexibilidad y de capacidad de adaptación de las empresas para sobreponerse a situaciones futuras a las que tengan que hacer frente.

Tampoco hace falta coincidir en nuestros planteamientos (que no coincidimos) para darnos cuenta de que ese tipo de medidas son las que siempre buscan los partidos de izquierda, que son las que venden como las medidas con las que embridar a los malvados empresarios para que no sigan haciendo de las suyas y tratando a los trabajadores casi como a esclavos sin derechos.

Pero siempre es interesante hablar con gente que se bate el cobre a diario en una eterna emboscada, con los trabajadores y sindicatos de un lado, el gobierno del otro y el mercado y los consumidores empujando desde el frente. Esa gente, y en este caso son 30 años de supervivencia continua, entre razonamientos sobre más o menos regulación, sobre la incidencia del aumento de costes en la competitividad, sobre la mayor o menor conveniencia de protección para los trabajadores o libertad para el empresario, sobre si el estado del bienestar es o no conveniente, siempre desliza alguna perla, alguna idea que nace de la experiencia y la observación diaria.

Alguna perla dicha por quien, a fuerza de madrugar y de trabajar las horas que haga falta, exponiendo su patrimonio, exprimiendo su cabeza para dar con las soluciones apropiadas, sobreponiéndose a berrinches, estrés, fatiga y crisis, y cosechando rotundos aunque callados éxitos, conoce el oficio y sabe dónde está lo que verdaderamente importa para sobrevivir.

Y me quedo con varias interesantes. Por un lado, la convicción plena de que el Estado es un rodillo que no se detiene ni afloja, independientemente de quién esté al frente del gobierno. Hacienda (que no somos todos) y la Seguridad Social son insaciables e implacables, y reclaman su mordida con puntualidad, sin importar cuál sea la coyuntura o los problemas que alguien haya tenido en el pasado o esté teniendo en el presente.

Además de insaciables e implacables para recibir lo suyo, son absolutamente perezosas, prepotentes y descaradas para soltar lo que le corresponde a otros, en el caso poco probable que esto suceda. O sea, la ley del embudo, con el lado ancho siempre a su favor.

Por otro lado, la constatación de que en la vida real, los empresarios y los trabajadores son capaces de llegar a acuerdos sin que intervenga la imposición de condiciones por la vía de la legislación intervencionista del Estado. El quid de la cuestión radica en que en esos acuerdos, casi siempre quien pierde o no se lleva la mordida es el Estado, de ahí que no le interese que se produzcan. De ahí que le interese establecer los términos en los que se tienen que desarrollar las relaciones entre ambos, que le interese tutelarlos y controlarlos para sacar siempre la tajada correspondiente.

También deja caer, de soslayo, pero yo lo percibo con preocupación, que la fuga de empresas españolas para tributar en otros países ya ha comenzado. Aunque en el día a día no se hable de ello, desde el momento en que llegaron al poder los que están ahora mismo, los verdaderos creadores de riqueza, los que producen todo con lo que los demás viven, vieron una amenaza gigantesca a sus intereses y emprendieron una callada huida. Porque cuando todo el mundo huye para sobrevivir, ya es tarde.

Finalmente, desliza esa frase que se escucha tan a menudo: los políticos nunca se preocupan del pueblo, solamente de sus intereses.

Frase que oigo tantas veces, a tanta gente diferente, que me asombra cada vez más que casi todos sigan confiando en ellos para que resuelvan los problemas que (según ellos mismos) les importan un pimiento.

Francisco Fernández Bernal

Católico, español, autodidacta de la libertad, eterno polemista.

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