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La muerte golpeará con su miedo a aquel que turbe el reposo del Caudillo (la venganza de los ángeles custodios)

Noche nochera, noche gótika, donde una luna amortajada riela sobre charcos de sangre, sobre pantanosos «fatbergs», destellando apenas sobre tumbas arrasadas, lápidas destrozadas a martillazos, cruces desparramadas sobre el barro y los pedregales, y sobre mausoleos derruidos en escombreras y vertederos.

Aquí vienen los desenterradores de cadáveres ―los «body snatchers» que dirían los jodidos anglófilos―, levantando a su paso de zombie tableteos de murciélagos, tarántulas letales, hienas carroñeras que ríen impúdicamente desde sus madrigueras en Paracuellos del Jarama, desde la abominable checa de San Elías ―donde aserraban vivas a las monjas y luego lanzaban sus despojos a los cerdos para hacer chorizos de monja―, buitres rojos en feroz porfía con los quebrantahuesos para hacerse con las calaveras de los caídos, grúas tuneladoras profanando los huesos en sus columbarios mientras salmodian sus mantras satánicos, mientras hierofantes de Skull&Bones ofician misas negras donde antaño imperó radiante el fervor religioso de un grandioso monumento a la fe católica.

Monumento que sus arquitectos quieren transformar en una colosal pirámide illuminati, como homenaje al Señor de las Calaveras, al Emperador de Monte Pelado, desde cuya cima un luciferino «ojo de Horus» presidirá lo que hasta ahora había sido el corazón de España, convirtiendo así el risco de la Nava en un satánico «Valle Pelado», donde los zombies de los milicianos oficiarán sus aquelarres bebiendo la sangre de los caídos en sus calaveras huecas.

Y, encima de la colina, destrozada ya la Cruz, erigirán una estatua de su señor, del Bafomet cornudo, el andrógino en cuyo nombre se organizarán kabalgatas orgullosas por las naves de su inmensa logia, orgías femens, actos kontrakulturales trufados de alcaloides y botellón, demoníacos «jalouines», y se vomitarán mentiras y maldiciones a los caídos por Dios y por España.

Y así es como convertirán el Valle de los Caídos en un Valle de lágrimas, y las Noches de Adoración en Noches de Walpurgis. Las naves se transmutarán en logias, los columbarios en prostíbulos, los ángeles berroqueños en satánicos Asmodeos y Liliths, mientras los íncubos y los súcubos poseerán a hierofantes y adeptos a la memoria histórica.

Matacuras y quemaconventos vendrán por los huesos de los caídos, por las Vírgenes de las capillas, por los ángeles que pueblan tapices, naves y bóvedas. Y los violamonjas, y los herederos de aquellos hijos de Satán que desenterraban momias de religiosos y religiosas para exhibirlas en impúdicas y obscenas posturas, conformando museos del horror por cuya entrada cobraban.

Ahí vienen, remontando el Guadarrama con sus «drakkars», cuyos mástiles exhiben amenazadora e impúdicamente el «jolly roger» de las calaveras con las tibias cruzadas, con sus sentinas abarrotadas de durrutis y carrillos, listos para grafitear calaveras en los muros del Valle; de milicianos preparados para hacer de zapadores en los cimientos de la Basílica, atiborrados de dinamita para volar la Cruz, tiroteándola primero, que por algo son los herederos de los satánicos que fusilaron al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles; piratas que pretenden beber su hidromiel en la calavera de Franco.

Ahí llegan, borrachos de marxismo, drogotas del azufre que esnifan a siniestro, para bailar macabros vudús sobre las tumbas de los caídos, desenterrando las momias para marcarse con ellas sus congas arcoirisadas, mientras las Femen irrumpen en el templo con sus pechos al aire, aullando como súcubos en celo.

Son las cohortes del Tártaro, demonios exterminadores ebrios de necrofilia, que clavan en picas los despojos de los abortados, mengeles desencadenados como lobos para caperucitas y abuelitas eutanasiadas sin piedad, frankesteins escarbando en los columbarios para ofrecer sus despojos a los endriagos del Averno.

Pero los milicianos redivivos no vienen solamente a por nuestro Caudillo, no: vienen a destruir la basílica, al igual que sus demoníacos antecesores devastaron una inconcebible cantidad de edificios religiosos durante la maligna República: vienen a por la Cruz.

Porque la Cruz del Valle, la más colosal de la Cristiandad, es la pieza que obsesivamente quieren cobrarse: cayó la de Callosa de Segura, y la de Vall de Uxó, y otras más por toda la geografía española: ahora lanzan el órdago de ir a por la pieza mayor, siguiendo la consigna de ejecutar la siega satánica de cruces que las puertas del infierno les han ordenado.

Como decía José María Pemán: «Una mano secreta desde la noche oscura/ ha ordenado una siega satánica de cruces./ Llega en bramidos de furor,/ como ola de tempestad, el pueblo ―odio y engaño―, hasta la erguida cruz tan española,/ donde la mula del abuelo, sola,/ por la costumbre,/ se paraba, antaño…/ Así cayó la Cruz de los Caminos,/ la del Arroyo de los Tres Molinos,/ el crucero de piedra de El Rosario./ ¡Todas aquellas cruces que ponían/ sobre la dura tierra en que se erguían/ voluntad redentora del Calvario».

Pero, cuidado, la Basílica es una fortaleza del catolicismo español custodiada por las mismas huestes celestiales, por la flor y nata de las advocaciones marianas de España, por una fabulosa pléyade de santos y mártires españoles, por un formidable ejército de ángeles invisibles, potestades y dominaciones que se tomarán cumplida venganza de cada blasfemia cuando en el Armageddón las puertas del infierno sean clausuradas para siempre.

Porque ellos tendrán su satánico «ojo de Horus», pero estas fuerzas celestiales también tienen ojos, ojos que miran, y manos que anotan en el Libro de la Vida todas sus fechorías, todas sus perversidades, todos sus pogroms, todas sus desamortizaciones y blasfemias.

Como centinelas de lo alto, los dos ángeles de Carlos Ferreira del vestíbulo y los cuatro del presbiterio ―Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel― tomarán buena nota de los depredadores luciferinos. Y así es como les señalarán para la «Gehenna», para el «Valle de Lágrimas» donde será su llanto y su rechinar de dientes

Ángeles que, a día de hoy, parecen solamente de piedra berroqueña, pero que tienen un corazón que invisiblemente late por dentro, y un alma que dará a los asaltantes furia española y celestial en una memoria histórica inolvidable en el día final del Apocalipsis, furia que ejecutarán con sus guanteletes de piedra cayendo sin piedad en las fauces de las bestias infernales.

Porque puede suceder que estos ángeles se tomen venganza antes del Armageddón, ya que me viene ahora a la memoria el tremendo final de la leyenda becqueriana titulada «El Beso», que narra el acontecimiento sobrenatural que sucedió en la iglesia de san Pedro Mártir de Toledo, durante la Guerra de la Independencia, cuando un capitán francés borracho se dispuso a besar la estatua mortuoria de Elvira de Castañeda, esposa del conde de Fuensalida ―Pedro López de Ayala―, cuya escultura se encontraba al lado de la de su mujer: «El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos y, tambaleando y como pudo, llegó a la tumba y aproximóse a la estatua; pero al tenderle los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca y nariz, había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro […]: En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra».

 

Howard Carter examina la momia de Tutankamón

Y, donde no lleguen los guanteletes flamígeros de los ángeles custodios, les alcanzará «la maldición de los Caudillos»,  que dejará en pecata minuta la maldición de los faraones, el anatema de Tutankamón.

Porque, cuando intenten profanar la Basílica y la tumba de Franco, se activará la maldición celestial, que ―parafraseando la maldición del faraón egipcio―,  dice que «La muerte golpeará con su miedo a aquel que turbe el reposo del Caudillo».

Que así sea, y así se cumpla.

 

Laureano Benítez Grande-Caballero

Sevillano, profesor de Historia jubilado, escritor de 35 libros, la mayoría de tema católico. Articulista en muchos medios digitales patrióticos, tertuliano ocasional en Radio Ya, imparte conferencias por toda españa sobre el Padre Pío de Pietrelcina. Su último libro publicado es EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA.

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