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La maldición de Frankhamón: Noli me tangere (El Valle no se toca)

En la tarde del 26 de noviembre de 1922, Howard Carter introdujo una vela por el orificio que se había practicado en la pared que tapiaba la entrada. Lord Carnavon, el aristócrata que financiaba sus excavaciones en el Valle de los Reyes, le preguntó: «¿Puede ver algo?». «Sí, cosas maravillosas», respondió el arqueólogo.

En el libro que escribió sobre su hallazgo, afirmaba que fue «el mejor de todos, el más maravilloso que me ha tocado vivir y ciertamente no puedo esperar volver a vivir otro».

¿Qué verá Pedro el Profanador cuando ponga su ojo de Horus sobre la tumba de Franco ―si es que lo consigue―? ¿Qué cosas maravillosas verá allí, qué esplendor dorado contemplará, que le hará exclamar babeante: «Mi… tesooooooorooo», como un gollumcualquiera. Pero lo que sí es seguro es que será su segundo día más maravilloso en su vida, porque el primero fue el día que conquistó la Moncloa.

¿Querrá arrebatarle ―como un ladrón cualquiera― las numerosas medallas al mérito militar que condecoran su pecho? ¿Deseará arrancarle la Laureada de San Fernando, la Legión de Honor francesa, la distinción de Caballero de la Suprema Orden de Cristo? ¿Será su intención robarle la batalla del Ebro, el clamor con el que los españoles le veneraban, y que él envidia con su rostro amarillento? ¿Maquinará robarle los pantanos, las escuelas, las Universidades, los hospitales, las viviendas sociales que construyó? Pero lo que desea realmente Pedro Carter es robarle la historia, robarle sus triunfos, sus victorias, los aplausos de los españoles que vivieron bajo su égida, porque a él solo le aplauden sus tiralevitas y lameculos, y porque eso es lo que le ha ordenado su Lord Carnavon, que tiene su trono en Monte Pelado.

Si Dante hubiera sabido de Pedro Carter Howard, sin duda lo habría mandado al primer giro del círculo VII, en la sangre hirviente del Flegetone, donde están los ladrones que estafan a otros con el engaño y la astucia, y no con la violencia, la manera más terrible de robar para Dante, pues roba la verdad.

¿Verá solo cosas maravillosas El Profanador, o también tendrá que cargar con las supuestas consecuencias nefastas de «la maldición de Frankhamón», como se la llama en corrillos y redes sociales?

Howard Pedro no debe creer en la maldición de las tumbas, algo nada sorprendente para quien solo cree en sí mismo, y no piensa que exista nada allende esta vida, pero la creencia en el más allá es un ancestro muy arraigado en el inconsciente colectivo ―que diría Jüng―, hasta el punto de que en todos los tiempos y culturas se ha amenazado con todo tipo de maldiciones a los profanadores de cadáveres.

La maldición de las tumbas es un mito recurrente en la historia humana. Es tan ancestral el anatema contra los profanadores, que el mismo homo neanderthalensis» enterraba con mimo a sus fallecidos, tomando drásticas medidas para impedir que alguien interrumpiera el sueño eterno de sus familiares.

Durante mucho tiempo, en Europa se lanzó sobre los profanadores una tremenda interdicción, que consistía en desearles la suerte de Judas, escribiendo en los sepulcros «cum Iudapartemhabeat». Un clérigo de Mérida amenazó de esta forma a los posibles profanadores de su tumba: «Si alguien quisiere de hecho y de verdad inquietar este monumento mío sea herido con el rayo del anatema, infestado de lepra como Giezi, se complazca en ella; encuentre la suerte de Judas el traidor, y no tenga entrada en la iglesia, y apartado de la comunidad santa sea consorte del diablo y sus ángeles en el daño de los suplicios eternos». Tremendo. Puede parecer exagerado, pero por algo será que uno de los delitos más graves para las sociedades humanas es la profanación de las tumbas.

Supersticiones o no, la más famosa interdicción es la llamada «maldición de los faraones», que adquirió su máximo apogeo con las extrañas muertes que sufrieron algunos de los responsables del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, afirmando algunos investigadores que Carter encontró un ostrakón de arcilla o un sello en la pared, donde se amenazaba: «La muerte golpeará con su miedo a aquel que turbe el reposo del faraón».

Para el año de 1935, más de 20 personas más habían perdido la vida en circunstancias poco claras: ¿Coincidencias? ¿Casualidad? Hay quien afirma incluso que el Titanic se hundió porque transportabaal nuevo mundo el cuerpo embalsamado de una momia egipcia. Otro renombrado caso es el de la profanación de la tumba del sacerdote KhapahAmon, en la cual figuraba la siguiente amenaza: «La cobra que está sobre mi cabeza se vengará con llamas de fuego a quien perturbe mi cuerpo. El intruso será atacado por bestias salvajes, su cuerpo no tendrá tumba y sus huesos serán lavados por la lluvia». El hombre que compró la momia, Lord Harrington, murió devorado por animales salvajes durante una excursión en África.

Hugo Chávez ordenó el 16 de julio de 2010 la profanación de la tumba de Simón Bolivar, con el fin de intentar demostrar que su muerte no se debió a tuberculosis, sino a una conspiración orquestada por Colombia, país con el que el dictador venezolano tuvo algunos altercados durante su mandato. Sin embargo, la opinión pública creyó desde el primer momento que lo hacía para distraer la atención de la grave crisis política y económica de Venezuela ―el país donde la profanación es una costumbre, por cierto―. Y, ojo al dato, la nueva inhumación se hizo en una tumba con forma de pirámide masónica, a pesar de que Bolívar había abandonado la masonería antes de su fallecimiento.

El caso es que nueve personas que tuvieron especial protagonismo en la profanación fallecieron al poco tiempo en extrañas y sorprendentes circunstancias, incluido el mismo Hugo Chávez. ¿Casualidad?

¿Qué pretende Howard Sánchez y quienes le mandan con la profanación de Franco? ¿Cuáles son esas «cosas maravillosas» que estos profanadores ven a través de la tumba del Caudillo? ¿Será acaso la demolición de la Basílica, y la destrucción de la Cruz más grande del mundo, para convertir el Valle en un Parque Temático de la Mentira Histórica? ¿Querrán ver el Valle de los Reyes convertido en el Valle de los Republikanos?

La caída de la monarquía y la instauración de la tercera Repúblika―federal, por supuesto, donde el Estado será sustituido por poderes privados globalistas que arrasarán a los españoles―es el horizonte final, desde luego, pues para eso es necesario desprestigiar a Franco, ya que deslegitimando el franquismo deslegitiman a su vez el Régimen del 78 que surgió de la España franquista, y la monarquía que instauró; otro objetivo es anatematizar a Franco para, con este pretexto, perseguir a los patriotas, a los españoles de derechas, acusándoles de «fachas» y franquistas, pues no olvidemos que una de las máximas aspiraciones de la izquierda es eliminar a la derecha… y hacia ese objetivo se orienta la totalitaria reforma de la Ley de Memoria Histórica que preparan.

Pero puede que haya algo más, porque es bien sabido que las profanaciones de cadáveres suelen ser realizadas con propósitos esotéricos, siguiendo rituales iniciáticos y mágicos entroncados frecuentemente con el satanismo. Como baluarte y adalid del catolicismo, Franco es una figura de enorme relevancia simbólica, muy apetecible por el Señor de las Moscas, que mediante su profanación quiere arrebatarle su carisma mesiánico ―recibido por la gracia de Dios―. Baste recordar a este respecto las horribles mutilaciones y violaciones que sufrió el cadáver de Eva Perón, que fue sometido a sesiones mágicas y espiritistas con el fin de extraer de él su carisma, su poder mesiánico. Y al cadáver de Juan Domingo Perón le amputaron las manos, y le robaron su gorra militar y su espada. Blanco y en botella.

Sí, ¿realmente tiene algo que ver algo con este siniestro asunto lo que Carter Pedro quiere ver maravillosamente en la tumba de Franco?

En mi opinión, la tremenda ofensiva contra Franco no se debe a una venganza porque ganó la guerra a los rojos, no: su causa profunda es que Franco fue un estadista católico que salvó a la Iglesia del exterminio, y la eliminación del cristianismo es la obsesión de los luciferinos del NOM.

¿Lo conseguirán? ¿Verán los colosales ángeles graníticos de la Basílica el aquelarre de los asaltatumbas? ¿Oirán el chapoteo del agua de la jofaina con la que los obispos se lavan las manos al modo Pilatos, igual que los asesinos socialistas del 36 se lavaban las manos con la sangre de los católicos? ¿O acaso escucharán mejor el tintineo de las monedas de plata con las que El Profanador ha comprado el apoyo de la Iglesia, por aquello de la amenaza de arrasar con los bienes inmatriculados e implantar el IBI a la Iglesia?

De pecado de lesa humanidad a fiesta de la democracia, de maldición horrenda a bendición de Bafomet desde la cima de la dictacracia…

Ya, puede que todo sean mitos, supersticiones, exageraciones y engaños, pero, por si las moscas ―aunque Bafomet sea su Señor―, «Ne velis violare hoc sepulcrum».

O, como le dijo Jesús a María Magdalenaen la mañana de la resurrección, cuando quería tocar su manto: «Noli me tangere». O sea: el Valle no se toca.

Termino con una frase atribuida a Napoleón ―mira quien habla: otro profanador de tumbas―: «Vengarse de un muerto es un acto de cobardía. Desenterrar a un muerto que hizo historia, es histerismo e impotencia. Y de hacerlo, el desenterrador, si es valiente, debe estar presente en el acto y mirar y sostener la mirada de las cuencas vacías de la calavera».

Laureano Benítez Grande-Caballero

Sevillano, profesor de Historia jubilado, escritor de 35 libros, la mayoría de tema católico. Articulista en muchos medios digitales patrióticos, tertuliano ocasional en Radio Ya, imparte conferencias por toda España sobre el Padre Pío de Pietrelcina. Sus últimos libros publicados son EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, y LA PATRIA TRAICIONADA: ESPAÑA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL.

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