La ideología de género frente a la ideología del Yin y del Yang

Hace más de diez años me pidieron que opinase sobre la ideología de género, que se hallaba entonces en una fase inicial. Dejando de lado mi formación profesional, hice lo que haría cualquier persona con sentido común cuando se le pide que prepare un tema, es decir, empecé por tratar de entender el concepto. Aproveché las facilidades de búsqueda que ofrece Internet. Sin embargo, tras darle muchas vueltas, llegué a la conclusión de que no había una definición precisa de ese enfoque nuevo del “género” y que, por tanto, me era imposible opinar sobre esa “ideología” que pretendía sustituir la tradicional y sencilla clasificación general de género en masculino y femenino, tanto en la gramática como en la zoología, por una ideología que vinculaba el concepto a sentimientos y percepciones que pueden ser tan diferentes como personas hay.

Ello me llevó a creer que, con el paso del tiempo, el debate se reconduciría y se volvería a la concepción tradicional, la cual no se opone en absoluto con que se promueva la deseable igualdad de derechos y deberes entre las personas, sean hombres o mujeres. No obstante, como la ambigüedad y la confusión sobre el género se prolonga en el tiempo y nos lleva a caminos sin salida, voy a entrar brevemente en ello. Hablo de caminos sin salida porque no concibo que nadie pretenda legislar hoy en el ámbito del deporte y piense en crear campeonatos de fútbol en los que participen a la vez equipos de hombres y equipos de mujeres. Tampoco me cabe en la cabeza que se promueva una legislación que obligue a que los equipos se compongan un 50% con hombres y otro 50% con mujeres, pero visto el terremoto de locura conceptual que nos recorre nunca se sabe.

La ideología de género en esencia se centra en sentimientos, susceptibles de variar a lo largo del día, sobre si ahora me siento hombre y dentro de un rato mujer. También se la suele conectar con el tema de roles, lo cual es en cierta medida contradictorio ya que si se insiste en clasificar los roles por género se cae en el absurdo de decir que roles supuestamente femeninos como el de cocinera no parecerían propios de los hombres y viceversa, lo que aumenta la oscuridad sobre cómo alcanzar la igualdad deseable.

Frente a la actual ideología de género existe, desde antaño, una ideología mucho más sabia y cuya realidad es fácilmente visible en la naturaleza, en el mundo físico que nos rodea. Se trata de la filosofía oriental del Yin y del Yang, dos conceptos raíces de fuerzas fundamentales complementarias, pero interconectadas, que se encuentran en todas las cosas. El Libro del Tao, expresa con bellos ejemplos esta polaridad armoniosa. Asimismo, resulta muy clarificador el conocido símbolo taoísta blanco y negro, en el que el lado blanco incluye un punto negro y el lado negro un punto blanco, lo que viene a decir que ninguna persona es estrictamente masculina o femenina en sus actitudes o características, pues ni la agresividad ni la pasividad son exclusivamente masculinas o femeninas. Eso no impide que, para explicar la diferencia entre Yin y Yang, se asocie el Yin puro que representa lo femenino, con la tierra, la oscuridad, la luna, la pasividad y la absorción, mientras que el Yang puro que representa lo masculino, se asocia más con el cielo, la luz, el sol, la actividad y la penetración.

Este enfoque de armonía taoísta asume sin controversias la realidad física que vemos en la naturaleza donde se manifiestan diferencias esenciales entre el toro y la vaca, el caballo y la yegua, el león y la leona. Lo cual no excluye que existan los machos alfa y las hembras alfa, en sus respectivos contextos masculino y femenino. Si se intenta eludir estas realidades, la confusión y el conflicto están servidos. El hombre no podrá nunca dar a luz ni la mujer transmitir espermatozoides. Pretender lo contrario va contra la norma natural de la naturaleza y con lleva a un despilfarro de recursos que deberían dedicarse a crear un marco de armonía. Por otra parte, cuando ese contexto de confusión ideológica se intenta trasladar al ámbito jurídico se pueden cometer graves errores con las mejores intenciones, como ha ocurrido en el reciente caso de la Ley del Si es Sí.

Usar el término “violencia de género” contribuye a la confusión social porque ¿de qué violencia estamos hablando? ¿De la violencia que comete una persona contra otra? Si es así cuando un hombre actúa con violencia contra una mujer cabría tildarlo de violencia machista y, a la recíproca cuando una mujer lo haga sobre un hombre habría que tildarlo de violencia feminista. Por otra parte, ¿cómo calificar la violencia de un hombre alfa contra otro hombre? ¿Y la de una mujer alfa contra otra mujer? La realidad es que la violencia proviene siempre del lado que cree que tiene más poder, por ello no veremos a ninguna persona, hombre o mujer, dispuesto a enfrentarse con un Mike Tyson, salvo que no le quede otro remedio para defenderse a sí mismo o a su cónyuge e hijos.

El concepto violencia de “género” es de una ambigüedad absoluta e inútil para aplicarse en casos de violencia física y mucho más aún si se trata de violencia psicológica, por lo cual resulta extremadamente difícil definir los delitos que cabe tipificar como violencia de género.

Otra muy distinta es aplicar, como tradicionalmente hace el Código Penal, los agravantes penales, que son condiciones que pueden concurrir en la comisión de un delito y que aumentan la responsabilidad criminal del hecho y, por lo tanto, la pena a aplicar en esos casos. Por ejemplo, abuso de superioridad moral o física, abuso de confianza, alevosía, aprovechamiento de las circunstancias, hacerlo por recibir un pago, etc.

Todas estas críticas, no excluyen que, dado que los delitos de violencia, dentro de la pareja, se cometen más frecuentemente por el hombre que por la mujer, se adopten políticas que promuevan su estudio y propugnen medidas preventivas adecuadas para intentar frenarlos, así como para castigarlos, sin que ello excluya que se apliquen también en los casos en que la violencia haya sido ejercida por la mujer contra el hombre.

En suma, tengamos sentido común cuando se trate de evitar comportamientos repudiables en las relaciones interpersonales, en especial en las de pareja o familiares, pero evitemos terminologías, como las de género, que como demuestran las estadísticas no dan resultados.

Conviene criticar la indefinición del concepto “género” ya que si con ello se hace referencia meramente a quien se “siente” hombre o mujer, o a la diversidad posible de comportamientos sexuales, no vale la pena marear más la perdiz, al menos en Occidente, donde se reconoce la libertad para sentir y tener la vida privada que cada uno quiera. Es obvio que es absurdo pretender que esa variabilidad de “sentimientos” pueda dar lugar a que un hombre se vista de mujer y se sienta con el derecho a entrar en los vestuarios femeninos. Hay que evitar que se creen en el plano social conflictos absurdos.

La igualdad de derechos y deberes entre hombre y mujer está en gran medida conseguida en el mundo democrático. Gastar dinero público en mejorar la armonía social tiene sentido, pero hay que evitar que eso sirva para financiar a instituciones y asociaciones que bajo pretexto del “género” se dedican a la mera labor de difusión o formación ideológica partidista. Para eso ya está el artículo 6 de la Constitución que atribuye a los partidos políticos la función de expresar el pluralismo político y de concurrir a la formación y manifestación de la voluntad popular.

En suma, adoptar la ideología del Yin y del Yang tiene la ventaja de que es muy fácil de entender mientras que profundizar en la ideología de “género” nos aboca a la confusión, al conflicto y al despilfarro de recursos.

Enrique Miguel Sánchez Motos

Administrador Civil del Estado. Autor del libro “Historia del Comunismo. De Marx a Gorbachov, el camino rojo del Marxismo”

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