La dialéctica de los amos del poder (4)

En nuestra entrega anterior expusimos que el éxito más importante de los amos del poder ha sido el control de las mentes y de las voluntades de las personas. La crisis poselectoral de los Estados Unidos lo demuestra de una manera dramática.

Las cúpulas supranacionales saben que la poca o nula preparación política de las masas (así las llaman) las hace vulnerables, susceptibles a la esclavitud.

Saben muy bien que el conocimiento político de la mayoría de las personas es superficial, por lo que basta con que reciban propuestas en apariencia justas para que entreguen su voto a determinados candidatos y partidos.

La fórmula para construir un discurso manipulador es muy sencilla: hacer propuestas que parezcan justas y presentarlas de manera sensiblera. Dicho de otra manera: la esclavitud política es consecuencia de la manipulación de las mentes y de los sentimientos.

A los amos del poder lo que menos les interesa es el perfecccionamiento integral de cada persona. Para ellos, lo óptimo es que cada ser humano sea, primero, un esclavo de sus pasiones, pues esta primera esclavitud le nubla la razón y le roba la voluntad.

Una persona que no sabe pensar y que carece de dominio sobre su voluntad se deja gobernar por sus pasiones y sus defectos, y atribuye su situación a la fatalidad. Para ella, los más altos valores e ideales son conceptos que pertenecen a una realidad que no es la suya.

Así, se ocupa poco o nada de valores como la verdad, la bondad o la justicia. Y de ideales como el servicio a la nación y la defensa de la patria. Su existencia gira en torno a lo biológico. Su espíritu es soterrado en lo más profundo por aquellos que lo manipulan para impedir que su alma trascienda y se reúna con su Creador.

Las malas costumbres y los vicios adormecen, por lo demás, la capacidad de amar. Esto explica por qué proliferan los promotores de la depravación sexual, de la anticoncepción, del aborto, de la homosexualidad, del machismo, del feminismo, de la pornografía, de la trata de personas, del tráfico de seres humanos, del tráfico de armas, de la despenalización del consumo de drogas, del asesinato, de la violación, del secuestro, de la apología del delito, de la corrupción, de la impunidad. En síntesis: de la disolución social.

La esclavitud social pasa primero, pues, por la esclavitud individual. Por esta razón, la Ética es desvirtuada o negada por los amos del poder y por sus títeres políticos. Para unos y otros el poder es el fin, no el medio para contribuir al perfeccionamiento de las personas y de las sociedades. Los amos y sus capataces saben que el poder les da la capacidad de satisfacer sus más bajas pasiones a cambio del sufrimiento de los demás.

Las cúpulas supranacionales pretenden detentar el poder absoluto, sin entregarlo jamás. Por ello, provocan la acción y controlan la reacción.

Una forma de nulificar a las minorías opositoras consiste en apoyar sus demandas más sentidas, como pueden ser la defensa de la vida desde el momento mismo de la concepción, el matrimonio entre hombre y mujer, la defensa de la familia tradicional y el rechazo a la ideología de género.

El republicano Donald Trump, afín al sionismo israelí, logró durante su segunda campaña electoral el apoyo de millones de votantes católicos y cristianos, quienes tuvieron poco presentes, sin embargo, los abusos cometidos por el estado israelí en contra de la población civil palestina.

A pesar de sus afinidades ideológicas —que convergen en el afán de dominio global—, los amos del poder llegan a discrepar en cuanto a métodos y plazos.

Con las cúpulas sucede lo mismo —guardadas las proporciones— que con los mencheviques y los bolcheviques que tenían planeada imposición del comunismo en Rusia; o con los cárteles de la droga que operan en México.

Estas divergencias son de forma, más que de fondo, y trascienden, de vez en vez, a la llamada opinión pública (como sucede hoy mismo en los Estados Unidos, donde el defectuoso aparato institucional y legal tiene de rodillas a la que fue primera potencial mundial).

La inestabilidad política que ha dado pie a revoluciones como la francesa (1789), la mexicana (1910), la rusa (1917) y la cubana (1959), también ha servido para asesinar a presidentes (como Kennedy en 1963) y terminar con modelos nacionales exitosos (en específico, el del desarrollo estabilizador de México, en 1968).

Hoy, Estados Unidos está sumido en una crisis institucional provocada por dos cúpulas: una, la del lobby proisraelí (Netanyahu-Trump) y la otra, la del globalismo (Soros-Biden-Harris).

(Continuará)

 

Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano, católico y conservador.

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