La caridad bien entendida empieza en uno mismo

En esta España nuestra, hemos montado un sistema negocial sobre las necesidades de los menos favorecidos que, amén de perverso, es carísimo y poco efectivo.

Estamos ante ideas de la cultura cristiana, contra la que luchan las izquierdas, haciendo suyos los símbolos para, con ellos, generar nichos de mercado en los que crean oquedades de víbora constructoras de las estructuras que esa izquierda precisa.

Sobre la antigua caridad, por la que los individuos se ayudaban entre sí, con el cariño, el apoyo al más necesitado de forma totalmente altruista y con la bonísima intención de incrementar el sustento, desde las instituciones, se crearon los servicios sociales, que eran un modo de encauzar esa caridad por medio de la gestión pública; pero, esa meritoria forma de actuar, pronto quebró y se impregnó del manoseo de los políticos que, por una parte mal gestionan los fondos de dichos servicios sociales y, por otra, alientan la creación de asociaciones que cubran sus incapacidades, lucren el personal a su servicio sin la solvencia profesional acreditada para ser ingresados por el dedo protector del amigo de turno,  y mal gestionen los fondos.

Toda asociación se compone de personas que “sangran” por los cuatro costados por el sufrimiento de una situación compleja, que se aúnan para intentar darse solución por la falta de solución pública, pero que, habitualmente, ponen más corazón que gestión, a los que pronto se adhieren profesionales y activistas que no han encontrado su sitio profesional y que encuentran un nicho de negocio encubierto en solidaridad que siempre pasa por ser una caridad muy bien retribuida.

Ese dolor personal les hace agarrarse a una tabla ardiendo, si es preciso, y empoderan a esos malos profesionales (toda generalización es cruel e impropia) que presentan la imagen de solventar un problema a los necesitados, no siempre cubierto correctamente, resolver otro a la administración, que se descarga de responsabilidades dando importantes sumas de dinero que les evitan la gestión, conceden una “medallita” al político corrupto que precisa de reconocimiento para llegar a ascender en los escalafones y el activista que consigue la creación de una célula en la que se lucha por el partido de izquierda, llegando, como he comprobado personalmente, a dejar a un grupo de niños pequeños sin comer, sin cuidado, sin gestión, por el derecho a una huelga que se podía hacer general, parcial de 2 horas o no hacerla; pues bien, ellos, los solidarios, como era viernes, hicieron una general y abandonaron, sin aviso, a los menores con capacidades diferentes.

Al final, el problema no está resuelto, limitándonos a parches caros, sin control, sin solución.

Llevamos millones de euros gastados en la denominada violencia de género y no baja el nivel de muertas ni un ápice y no bajará jamás, pues todo ese dinero no se destina a evitar la violencia, a facilitar el trabajo de la policía, de los jueces, del sistema penitenciario, sino a pagar abogados de asociaciones que viven de la existencia de la víctima, pagar psicólogos que sólo se lucran si existen víctimas, aplicar partidas presupuestarias para organismos que publiciten la violencia de género y partidos que la sostengan, con lo que, evidentemente, no dejará de existir esa violencia pues, de otro modo, no percibirán esos fondos. Muchas bocas que alimentar como para liquidar la violencia de género y que dejen de comer.

En lugar de tanto mal gasto, ampliemos la inversión en investigación que consiga encontrar soluciones a muchos de los problemas de la sociedad, generemos instituciones públicas que afronten las necesidades sociales y facilitemos las privadas con ayudas al desarrollo, pero controlemos los fondos públicos hasta el último céntimo.

Estudiemos y construyamos acciones contra la violencia, tenga el origen que tenga, evitando los focos de la misma, estudiando los perfiles de los agresores para evitar a estos o trabajar sobre ellos sin victimizaciones genéricas y no permitamos el lucro de quienes profesionalizan el dolor.

Potenciemos los servicios sociales, la igualdad o desarrollo de la justicia social, que los debe de cubrir la administración, no nos opongamos a la caridad privada o la acción solidaria, pero no demos de comer a los que abanderan esos postulados, haciendo  de ellos su modo de vida, pues con ello sólo haremos que los problemas no falten nunca, pues los precisan para comer.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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