ColaboracionesEduardo GómezOpinión

La Arcadia Feliz de González Pons

El famoso militar Carl von Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En términos revolucionarios, la afirmación sería la contraria, es decir, la política es la continuación de la revolución por otros medios.

Las recientes declaraciones de González Pons han dejado tras de sí una polvareda que no es más que la confirmación de una lamentable y alarmante situación: la deificación de la democracia, por parte del parlamentarismo ibérico.

El señor González Pons se jactaba en las redes sociales de dar la vida si fuera necesario para que Dani Mateo o las almas cándidamente desalmadas de la revista Mongolia pudieran actuar en Valencia, su tierra natal, en olor de multitudes y cumpliendo con la sacrosanta democracia.

La democracia maximalista adquiere cada vez con mayor fuerza la fisonomía de una religión, si bien se podría calificar de semirreligión e incluso de pseudorreligión. No se pueden criticar sus preceptos por endebles, o falsos que puedan parecer, menos aún cuestionar su ser. Antes ostentaba la categoría de mal menor que custodiaba la civilización, ahora ha promocionado a bien supremo. Una de sus paparruchas sagradas, tan habituales en los abrevaderos socialdemócratas, es la llamada libertad de expresión. Un mero sintagma convertido en dogma más por su elocuencia campanuda que por justificación de peso alguna.

Seguramente el señor Pons no se habrá preguntado si el señor Dani Mateo, o el condenado por colaborar con ETA en secuestros, Gonzalo Boyle, de la revista Mongolia, darían la vida para que González Pons pudiera expresar sus ideas en los lodazales mediáticos donde respiran. Los lobos nunca tuvieron piedad de los corderos, la caridad nunca fue su fuerte.

El maravilloso mundo del igualitarismo democrático de los votos, las ideas, y las expresiones libérrimas, no servirá para que los enemigos de los conservadores liberales acostumbrados a la tibieza, entierren el hacha de guerra. La progresista Cifuentes ya tuvo ocasión de comprobar en su propia piel como se las gastan, cuando su agasajado Ignacio Escolar le hizo la prueba del carbono catorce al máster de marras.

Para los fundamentalistas lobotomizados de la izquierda, aunque se trate de izquierdistas de medio pelo, todo aquello que no es revolucionario debe ser implosionado, ya se trate de la izquierda bufonesca del show, que juega a ultrajar los símbolos, o de la sátira venenosa editada por un colaborador de ETA. La mejor manera de defender la democracia no es abrirle la puerta a cualquiera, no es decir que caben todos y vale todo, esa es la mejor manera de entregarla a los que la desean como coto privado de caza de los tibios.

Desde la habitual divinización de la democracia, postrado inconscientemente ante sus enemigos con el mas absurdo sentimentalismo, soltaba González Pons su particular salmo. Cosas de liberales acomplejados imbuidos de ese síndrome progre de Estocolmo hacia la izquierda, propio de quienes han perdido el oremus de tal modo que ya son incapaces de identificar a los enemigos de la nación y sus adláteres.

Si un Estado candidocrático e igualitarista puede ser la arcadia perfecta para la revolución, un liberal conservador con la guardia baja es la víctima propicia para los elementos subversivos. Ojalá Dios le dé al señor Gonzalez Pons, lucidez para poner las barbas a remojar. Antes de fumar la pipa de la paz y el buenismo con determinados elementos,hay que tener en cuenta a hombres como Clausewitz, y abandonar consignas injustificables que sólo conducen a un harakiri ceremoniado con el más absurdo de los sentimentalismos. La Arcadia Feliz de González Pons es una democracia de panes y peces, pero sin milagro.

Eduardo Gómez Melero

Doctor en ciencias económicas, empresariales y jurídicas por la Universidad Politécnica de Cartagena. Columnista de Religión en Libertad. Servidor de: Dios, la Iglesia y usted.

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