José Antonio Román. Se acaban los monstruos, se apagan las luces

Eran las 10 de la mañana y recibí un WhatsApp del decano del colegio de abogados de Salamanca, Javier Román: “Ha fallecido José Antonio Román” y sin más, descompuesto, sin creer la noticia, llamé a su hijo Alberto, al que sólo pude decirle “Alberto…. ¿Cómo?” y su contestación fue “si, se fue”, mantuve una breve conversación en la que, como no podía ser de otro modo, me puse de corazón, al servicio de sus hijos, de su mujer… de los que le queríamos y advertí que rezaría por él, pero no acudiría al aquelarre del cabezazo en el funeral, pues, para mí, es más importante el que te sientan cerca y rezar por él.

Era pequeño, menudo, de paso lento y corto, de mirada tristonzuela, pero de profundo escudriñar, de pocas palabras, resolutivas, cariñosas, delicadas aun en la fortaleza, de transmisión más por sentimientos que por comunicación verbal, pero profunda y clara expresión, con una imagen peculiar con su sombrero verde, las gafas, un personaje con la imagen de lord inglés en pequeñín, con un esbozo de sonrisa siempre en el rostro.

Fue profesor mío en procesal, con el que disfruté también cuando me permitieron, durante unos años, ser profesor de igual asignatura, compañero de profesión y persona referente para mí en muchos de los caminos que recorrió y pretendí recorrer, con su consejo.

Cada vez que me presenté a las elecciones en el colegio de abogados, bien fuese a vicedecano, decano o cualquier otro puesto, mientras otros acudían a pedir su bendición a otro ilustrísimo compañero, Fernando García, yo siempre acudí a que me aconsejase, apoyase y, sobre todo, me diese su plácet, a casa de José Antonio, que me decía siempre que apostaba por mí, aun cuando luego los resultados nos traicionaban.

Cuando en las ultimas elecciones a decano obtuvo la victoria, por poco y contra pronóstico, “agroiuris” y comenzaron las acciones de agresión a mi persona, decidí colegiarme en Madrid, donde tengo despacho, se lo comenté, me dio su aprobación, pero no se me olvidará que me dijo: te entiendo, comprendo, pero no debiste de hacerlo, tú eres y serás de aquí y volverás. El me apoyó en cuantos proyectos presenté o ideé para el colegio de abogados, en la la fundación del colegio de abogados, en la Asociación de Abogados Jóvenes, en los que presenté en las elecciones para mejorar la abogacía y la justicia con la que colaboramos,…etc.

Siempre estuvo dispuesto a apoyar a cualquiera que lo necesitase, a ser bastión de las esencias de la abogacía en la que ejerció de decano con señorío, delicadeza, solvencia y, sobre todo, con una visión de servicio de la profesión, del cargo, de la vida, que muy pocos han comprendido y, sobre todo, sido capaces de seguir.

Lo más importante y grande que se puede decir en las calificaciones de una persona es que es un caballero, un señor, y José Antonio, sencillo, parco de palabras, con paso lento y sin atisbo de tensión, que a buen seguro corría por dentro, siempre marcó un curso que seguir a los mayores, a los menores y a cuantos se acercaban a él, compañeros, amigos, adversarios, jueces, funcionarios, etc., pues todos, absolutamente todos, quedábamos, quedaban, pequeños frente a ese chiquitín de tan grande corazón, a ese con alma tan limpia.

En uno de mis primeros artículos en prensa, allá por los años 1999- 2000, en recuerdo de otro excelentísimo compañero, Alfonso Marcos, decía que comenzaban a desaparecer los dinosaurios, aquellos que hasta con su cola marcaban un camino, un surco que seguir por los animalitos que comenzábamos nuestro caminar por estos parajes. Pues bien, ahora, ha muerto otro de esos monstruos que sirven, o debieran de servir, de faro, de senda sólida por la que seguir caminando los que aún cursamos este recorrido no sólo profesional. En él tenemos un abrevadero en el que beber, como personas, como seres humanos en un intento de que, cuando llegue nuestro día, al menos alguien diga fue un buen tipo, pues a él nunca le llegaremos a alcanzar, pero sí debemos intentar emular, en la conciencia clara de que José Antonio Román solo hubo uno y los únicos que pueden parecerse a él son sus hijos, que ya corren por esos mismos cursos que él les preparó.

Gracias José Antonio por haberme permitido acercarme a ti, por tu aprecio, por tu sabiduría, por tus consejos, por tus lecciones, por tu paciencia, por haber sido una luz en la oscuridad y por haberte podido conocer en tu señorío, en tu sabiduría, en tu alma y en tu corazón, que ahora están con ese Dios en el que creías, en el que creemos y con el que estarás ya ejerciendo esa abogacía que tú desarrollabas, leal, sincera, como un caballero. Descansa, pero, desde allá, sigue mirando por los tuyos, por nosotros, por lo que quieres y trabajaste hasta aquí.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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