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Ideología de género o (de)genera

Uno de los problemas de la ideología de género, es que el término “género” es masculino. Y no hay vuelta de hoja. Podríamos retorcer las reglas del género gramatical y, para parecer modernos, decir “ideología de génera”; pero ello suena tan mal que las más radicales entre las feministas no se atreverían a tal ridículo. Además, ello causaría cierta risibilidad por aquello de “de-genera”. Se evidenciaría lo que todos pensamos y ninguno reconocemos en público: que ya estamos hasta el gorro de tanto abuso agresión y violación de las normas gramaticales. Y todo para la satisfacción de dominatrix de las categorías mentales con las que intentan imponer “su verdad”. Entrecomillamos “su verdad”, porque una misteriosa ley de compensación psicológica, establece que cuanto más se defiende el relativismo moral, mayor es el ímpetu en imponer como verdades sagradas las opiniones relativas. También ellas deben aprender que: No es no. No se puede desvirtuar el lenguaje.

El tema no es la ideología/o de genero/a. No hay que ser un experto en lingüística para saber que hay un amplio debate científico que establece la más que accidentalidad de que el femenino (no siempre) adopte las terminaciones en “a” y el masculino en “o”. Ya Nebrija, en 1455, siguiendo las tesis de Protágoras, establecía la arbitrariedad de estas terminaciones.

Tampoco podemos olvidar que cuando hablamos de masculino y femenino, siempre han sido términos gramaticales, y nunca instrumentos perversos y subliminales de un esotérico patriarcado deseoso de dominar y castrar a las mujeres. Entender porqué algunas lenguas concretaron la diferenciación (por otra parte más que necesaria para categorizar la realidad) entre los seres animados entre el macho y la hembra, nos remitiría a ascendientes cercanos como el latín o lejanos como el indoeuropeo. Hasta aquí no hay nada de tramas ocultas ni deseos de dominación. Sino vayámonos al Diccionario de la Lengua Española publicado en 1931 durante la Segunda República, donde se reconoce que el género es un “accidente gramatical”. Simplemente eso. Si hoy se afirmara en cierto/a foro/a lo dicho en 1931, siendo macho te colgarían de partes innombrables en este artículo.

Se evidenciaría lo que todos pensamos y ninguno reconocemos en público: que ya estamos hasta el gorro de tanto abuso agresión y violación de las normas gramaticales. Y todo para la satisfacción de dominatrix de las categorías mentales con las que intentan imponer “su verdad”.

Para los/las conspiranoicos/as del lenguaje patriarcal, hay cuestiones irresolubles que tumban la siniestra teoría de un poder oculto perpetuado milenariamente por susodicho patriarcado. Aunque nadie nos dice porque el sujeto de tal pose multisecularmente machista, se expresa en la terminación femenina: “el Patriaca”. Un misterio que mejor no indagar. Y si penetramos en él, veremos que las lenguas generan sus propias lógicas y normas como para demostrarnos que el hombre (incluimos en el término a las mujeres) puede usar el lenguaje, pero no es dueño de él. Seamos hombres, seamos mujeres.

A modo de simple ejemplo, y como si fuera una broma macabra para reírse del feminismo, en lengua castellana los artículos femeninos “la” y “una” deben tomar obligatoriamente forma masculina en algunas ocasiones: el águila, el hacha … y como miserable recochineo, las normas gramaticales imponen decir “el ama”, nunca “la ama”. Algunos/as podrán seguir pensando que alguien viajó en una máquina del tiempo para lobotomizar a Nebrija y emprender, así, una perversa conspiración estilo Código Da Vinci contra todas las mujeres de habla hispana. Pero la solución es más sencilla: en lengua castellana cuando una palabra de género femenino empieza con “a” tónica, el artículo a usar es masculino. ¿Por qué? Porque sí.

Los pobres estudiosos del lenguaje, actualmente aterrorizados por las amenazas de la corrección política, deben medir sus palabras cuando publican artículos. Pues nada parece apoyar la teoría de la dominación (ojo es femenino) patriarcal. Algunos se han dado cuenta que en objetos inanimados la distinción entre masculino y femenino simplemente es de tamaño (no hablamos de sexo): por ejemplo, cubo/cuba o cesto/cesta. Otros, explican correctamente que la forma masculina y femenina a veces se hereda del latín tomando lo singular forma masculina y lo numeroso forma femenina: leño/leña, banco/bancada, … O algunas veces lo que podría ser más propio de lo femenino, engendrar y parir, en el mundo vegetal adquiere forma masculina como: manzano (lo que engendra) y manzana (lo engendrado).

A estas alturas de este artículo, las feministas radicales y algún macho afín habrán abandonado la lectura. Aprovecho entonces este momento para decir lo que verdaderamente quería decir: esto del lenguaje machista es una chuminada de tres al cuarto.

Algunos/as podrán seguir pensando que alguien viajó en una máquina del tiempo para lobotomizar a Nebrija y emprender, así, una perversa conspiración estilo Código Da Vinci contra todas las mujeres de habla hispana.
Lo verdaderamente fundamental es otra cuestión. El problema es la denominada “corrección política”, de la que el invento del lenguaje patriarcal sólo es una parte. Para que lo entiendan, el otro día salían unos analfabestias animalistas exigiendo que dejáramos de decir frases vejatorias contra los animales como “matar dos pájaros de un tiro”.

Precisamente salía esta conversación en una comida familiar mientras nos comíamos un brazo (metafórico) de gitano (metafórico). Ya se puede ver que de seguir así ya no podremos hablar. Y eso es lo que buscan los teóricos de la corrección política: silenciar toda posibilidad de hablar que no sea bajo sus categorías inventadas y artificiales. De todas las tiranías que ha conocido la humanidad se me antoja ésta la más perversa. Pues sin lenguaje no podemos pensar ni decir lo verdadero; y sin pensamiento dejaríamos de ser humanos (¿y humanas?). No simplemente humanos, ya que -para los ignorantes- el género neutro aunque tome forma masculina incluye tanto los individuos masculinos como femeninos. Leñe.

Javier Barraycoa

Profesor universitario, sociólogo y politólogo. Escritor y articulista. Co-fundador de la asociación Somatemps.

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