Historia o Memoria

Las palabras de este escrito, de esta reflexión a modo de hipótesis personal, tratan de quitar ese carácter y espíritu arcano, anacrónico por su elevado índice o porcentaje de arcaísmo, cuanto menos ambiguo y esclarecer o dilucidar la dicotomía antagónica, carente de cualquier analogía, entre «historia y memoria». En mi humilde pero respetuosa percepción y concepción de la igualdad, que no superioridad moral, quiero entrar en esa guerra cultural, pues ni me considero un paradigma de nada, ni pretendo con este escrito, sentar cátedra. Una guerra cultural que ha iniciado esta turba de apátridas, por su condición confesa de bastardos y vulgares malnacidos, al no ser agradecidos, con la madre patria o nación, que les ha dado todo lo que son a día de hoy. Queriendo asesinar «la verdad histórica» de facto y de forma arbitraria, sesgando u omitiendo parte de la misma, en algunos casos y falseando la realidad en otros.

Cuando se remueve el pasado, ni el mal está siempre donde se dice, ni el bien es siempre el que se cree. Los hechos deben y tienen que estar colocados en perspectiva, marcando las líneas rojas o delimitaciones, entre historia y memoria, entre utopía y realidad, entre el historiador y el novelista o profeta.

La historia razona, explica, analiza, es decir, es la realidad, la praxis, es objetiva. Por el contrario, la memoria se basa o postula en reminiscencias y sentimientos, por lo tanto, especulativa, teórica, ficticia, utópica y sobre todo, subjetiva. Sus continuas y reiteradas omisiones, ya sean voluntarias o involuntarias, no restituyen la realidad en todas sus facetas, en realidad, en casi ninguna. Sin embargo, la piedad filial es legítima. Todas las memorias tienen derecho a la palabra, como la de este nefasto gobierno socialcomunista y frente populista, donde la senil e ignara, así como totalitaria, Carmen Calvo, quiere justificar su salario.

Respetando lo ya expuesto, deben colocarse,  cada una en su lugar, historia y memoria tienen su valor. Pero no hay que confundirlas: «La memoria divide, la historia une». ¿Deber de historia? ¿Deber de memoria? Es necesario saber, y es el papel de la historia. Hace falta recordar, y es el papel de la memoria. Sin embargo, hay momentos en los que se impone otro deber, el deber del olvido. En un país tan antiguo y polarizado como España, con heridas nunca cerradas (blancos contra rojos, laicos contra clericales, derecha contra izquierda…), la memoria corre el riesgo de erigirse como tribunal perpetuo. Pero la culpabilidad no es ni colectiva ni hereditaria, al igual que el estatuto de víctima, que es un estado personal y vitalicio.

Mi consejo, que puede gustar más o menos, pero creo tan válido como cualquier otro es el de que no se debe, ni se tiene, que cultivar la denigración del pasado, ni por supuesto, escarbar en el mismo, lo históricamente correcto, constituye un síntoma de una enfermedad demasiado extendida, el odio a sí mismo o «per se». Al reactivar la ideología de la tabla rasa, se está legando de una forma indirecta o colateral, un reflejo de rechazo para cualquier herencia.

Lo históricamente correcto es un elemento revelador, refleja la pérdida de valores banales, comunes y esenciales en nuestra sociedad. Una sociedad de origen cristiano, en la que, el catolicismo se encuentra procesado. Una sociedad cuya cohesión cultural se tambalea por la brusca introducción del islam. Una sociedad republicana en la que, el ideal revolucionario y la laicidad ya no sirven como fe. Una sociedad en la que las ideologías políticas ya no agrupan. Una sociedad nacional cuyos fundamentos se replantean, por arriba, por la globalización multicultural e inviable y, por debajo, por identidades regionales, como son los nacionalismos chovinistas, balcánicos y fragmentarios o por el individualismo contemporáneo.

Si ya no creemos en España, cuando nuestras generaciones están filosóficamente divididas e inmersas en una dicotomía de polarización ideológica extrema, ¿cómo darles conciencia de un destino común? En un país que no se ama a sí mismo, la unidad nacional queda eclipsada ante la 《tentación comunitaria》. Es decir, monopolizada por una oligarquía ideológica y caciquil.

Hasta las mismas izquierdas en su laicidad, deberían ver la conexión entre esta desintegración y la reescritura de la historia. El comunitarismo ideológico social de izquierdas, creado «ad hoc», se extiende en el vacío cavado por la crisis de la nación. ¿Quién se atreve entre las élites de este país a reconocerse «patriota»? Surge también por la quiebra de las ideologías universales. Y su lógica le lleva, al igual que el totalitarismo, a recomponer el pasado en función de lo que presupone. La historia se vuelve a leer a la luz de los intereses del grupo. Pasa a ser una yuxtaposición de historias que deben conducir a justificar las posturas y las opciones de hoy.

En las escuelas de antaño, la historia tenía como finalidad formar españoles. Esto se hacía con frases hechas y medias verdades, lo cual, en mi humilde opinión, aunque no era lo correcto, era mejor que nuestra escuela actual, que se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Por eso creo que, un proyecto común puede paliar una ausencia de una historia común. En ese campo santo, que es el «Valle de los Caídos», en ese hasta hoy, tranquilo paisaje, debemos dejar reposar los restos de todas las víctimas, cristianas laicas, es decir de orígenes o génesis diversos, pues los hombres que allí reposan y descansan, cayeron por España. ¿Acaso murieron para nada? De la historia a la memoria, de la memoria a la historia, lo que se plantea es la cuestión del vínculo social. Una nación es también una comunidad de sueños. Mañana, más allá de sus diferencias, ¿cómo y por quién hacer soñar juntos a los españoles?.

¿Vamos a tolerar por más tiempo que sean los comunistas, al mando en la sombra, de este gobierno «Frente Populista», que por otro lado deberían callarse como muertos, quienes interpreten a voz en cuello y nos sigan queriendo imponer una historia anhelada, pero utópica y platónica, a la vez, de inventada y falsaria, este cataclismo, que aún estamos viviendo atónitos? Esa famosa frase hecha que reza, «la historia la escriben los vencedores», no es más que eso, una frase hecha y una falsedad. ¿Qué necesidad tiene de reescribir o escribir la historia, el bando al qué la historia a favorecido?. ¿Qué necesidad hay de cambiar una historia que se traduce en un océano de panegíricos para nosotros?.

No señores, basta de mentiras, la historia, la escriben y reescriben continuamente los vencidos. Intentando dar con esa fórmula o poción mágica, a forma de crisálida, con una metamorfosis completa, en la que se de una nueva situación, la que de una forma obsesiva, tienen en su memoria, la cual, anhelan desde hace más de 81 largos años.

Santos Trinidad

Cristiano católico, creyente no practicante. De derecha, amante de la libertad, basada en una igualdad sustentada en la justicia.

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