Francia o la punta del iceberg

Las revueltas en Francia han sorprendido por lo inusual de sus características, lo que ha dejado perplejo no sólo a Macron y su mediocridad política, sino también al resto de partidos, a los medios y a la propia sociedad en general. Nada ha sido como otras veces y, muy posiblemnte, nada será igual. Es la punta de un enorme iceberg de hartazgo profundo y generalizado que anida en los que nunca protestan que son la inmensa mayoría.

Francia se ha sumido durante días en una crisis social inesperada, de dimensiones e intensidad sorprendente. Se han multiplicado y extendido las protestas, la violencia, los heridos –hubo un muerto–, los incendios, los destrozos y las consiguientes cargas policiales sin contemplaciones –que ya las quisiéramos aquí en Cataluña– con el resultado de más de mil detenidos.

De nada ha servido la anulación del Gobierno francés del alza del precio del carburante que fue el detonante de la crisis. Lo que debería haber zanjado el asunto no lo ha hecho y, peor, aún, éste se ha alimentado hasta llegar a extenderse cual mancha de aceite a otro tipo de reivindicaciones.

Sin duda, a estas alturas no pocos grupos de desarrapados se aprovechan de la situación y se infiltran y mezclan con los que expresan su ira desde el principio, pero ello no debe cegar nuestro análisis y evitar que reconozcamos la verdadera esencia de lo que ha ocurrido, de lo que ha llevado a una buena parte del pueblo francés más genuino, de sus clases populares, a participar en unas protestas que puede que marquen un antes y un después en no pocos aspectos.

A diferencia de otras crisis parecidas, de otras situaciones semejantes, no se han detectado organizadores de la revuelta, ni reivindicaciones expresas y concretas –una vez conseguida la anulación del precio del carburante–, ni líderes reconocidos, ni un solo partido, grupo, colectivo o asociación de ningún matiz político que se haya puesto al frente de los ciudadanos que tenazmente se han enfrentado a la policía, no parece que se vindique nada concreto, ni ha existido contaminación racial o xenófoba, ni feminista o de género, el movimiento no ha presentado un frente ni unido ni coordinado, no ha habido convergencia en los motivos de la protesta, como tampoco se ha producido una agrupación nacional, y, más extraño todavía, la violencia se ha mantenido dentro de un cierto orden, dañando la economía francesa, claro, pero más por la propia persistencia de la situación de crisis que por las destrucciones materiales reales.

Muy posiblemente la alocución televisiva del presidente Macron afirmando el inicio de conversaciones con los agentes sociales, no muy definidos por ahora, así como que se va a ser inflexible con los detenidos o por detener, puede que haga que la tormenta amaine, pero de todas formas, o precisamente por ello ¿qué nos dice todo lo ocurrido? ¿qué conclusión podemos o debemos sacar? ¿quiénes han sido? ¿qué han querido expresar?

Lo que hemos visto en Francia es, hoy por hoy, una auténtica revuelta popular, una expresión sincera y verdadera de la ira que el honrado ciudadano francés –como el del resto de los países europeos, España incluida–, viene acumulando en silencio desde hace décadas contra un sistema, el “europeo”, el de esta Unión Europea, que poco a poco ha ido menoscabando su identidad, agrediendo su idiosincrasia, destruyendo su dignidad y soberanía, demoliendo sus tradiciones, haciéndole tragar por nuevas formas de vivir, ser y sentir radicalmente distintas a las propias, recortándole derechos para dárselos a foráneos que poco tienen ni quieren tener con ellos, y menos aún aportan ni van a aportar.

Las revueltas francesas han sido la expresión genuina del hartazgo popular silencioso y civilizadamente contendido durante décadas contra un sistema político corrupto y corruptor, contra una idea de Europa degenerada, contra una inmigración desordenada que en realidad es pura y dura invasión, contra la manipulación de políticos mediocres, contra un sistema social y de costumbres envilecido, contra la mentira y la manipulación institucionalizada, contra unos medios de comunicación que lo son de propaganda, en resumen, contra un sistema político/mediático tiránico, aunque con cara amable, que viene desde hace mucho atentando directamente contra la libertad y la dignidad personal y colectiva, contra la soberanía nacional, contra la patria y la fe de cada cual.

Un sistema brutal que el pueblo francés siente ya que o se quita de encima cuanto antes o no lo va a poder hacer en décadas. Es, en resumen, la expresión del abismo que separa a la sociedad “oficial” de la “oficiosa”, a los opresores de los oprimidos, una vez más en la historia de la Humanidad, sólo que esta vez los que les, y nos, tiranizan son los que sostienen y se aprovechan de este sistema antidemocrático degenerado, tanto como ellos, y los tiranizados son, somos, los ciudadanos de orden, honrados, decentes, trabajadores, los tradicionales, los pacíficos, los que con nuestros abusivos impuestos pagamos los dispendios de todo orden que vemos, las corrupciones y las injusticias que sufrimos, pero que por una vez, esperemos que no sea la última, al menos en Francia, han hecho bueno aquello de temed la ira del justo.

Queda por ver si las casta político/mediática que nos domina y oprime se da cuenta de que algo está cambiando, de que comienza el fin de un ciclo en el que ha dominado el materialismo, el relativismo, la mentira, la corrupción, la degeneración de las costumbres, la destrucción de las naciones y los pueblos, y que comienza otro en el que los ciudadanos, los seres humanos, hartos de ver cómo todo eso nos ha destruido, quieren, queremos, volver a lo que nunca debió abandonarse. Si no lo hacen, allá ellos, seguro que las protestas volverán por cualquier motivo y se extenderán a otras naciones europeas.

Algo básico y esencial comienza a cambiar. Europa da señales de entrar en crisis profunda para cambiar… esperemos que a mejor. Estemos preparados y subámonos a ese carro también en España, como ya se viene haciendo en Hungría, Polonia, Austria, Italia, Reino Unido, Alemania y Francia… nos va en ellos seguir siendo lo que no podemos ni queremos dejar de ser: españoles y europeos.

Por Enriquez de Aguilar

 

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