Formando «librepensadores»

La osadía del ignorante es el arma de la que se sirven aquellos que nos quieren dentro del rebaño. La verdad es el antídoto. Pero la verdad hay que buscarla, y eso exige disposición.

La calidad de una sociedad se mide por la capacidad de su población para tomar decisiones basadas en análisis críticos y objetivos de las distintas cuestiones. A la hora de definir estrategias con las que dar la batalla cultural, esta calidad social será determinante para desembocar en una espiral de crecimiento y enriquecimiento cultural, o en una de aletargamiento y conformismo involutivo.Formar personas con criterio propio, que se sacudan el abrazo del adoctrinamiento alienante al que nos quieren subordinar, es la única forma de conseguir ganar esta batalla de manera sólida y duradera. Pero para eso hace falta intención y dedicación…y eso supone renuncia y sacrificio. Renuncia a la comodidad que supone adherirnos a las corrientes que nos proponen los medios de comunicación sin ningún tipo de análisis; sacrificio para dedicar tiempo a investigar y formarnos en los conceptos básicos de esas mismas corrientes –hoy en día el acceso a la información es muy fácil-. La audacia está infravalorada.Tenemos que conseguir despertar el interés y la curiosidad de jóvenes y mayores por una información que de paso a la formación; posibilitar una predisposición a la búsqueda de la verdad que nos evite absorber versiones distorsionadas de la realidad por desinterés. Preguntarnos el porqué de las cosas nos situará en la senda del conocimiento, y nos convertirá en fuerzas de choque de esa batalla cultural que determinará qué tipo de sociedad seremos en el futuro.
 

Espíritu crítico o librepensamiento

En los siglos XVII y XVIII un grupo de pensadores ingleses, caracterizados por el deísmo, el materialismo y la tolerancia religiosa, en definitiva, por un racionalismo excluyente, constituyeron el movimiento de los “Freethinkers” o librepensadores. A veces propugnaban el ateísmo y rechazaban todo lo que no fuera susceptible de explicar por la razón. Su espíritu crítico lo cuestionaba todo.

Como creyente no puedo adherirme a esa concepción de corriente librepensadora, pero sí utilizar el término moldeando el concepto estricto, y que defina a todo aquel que investigue, estudie y analice los temas antes de emitir un juicio, aun asumiendo dogmas trascendentes establecidos.

Los que pensamos que el hombre no es el centro del Universo y reconocemos nuestras limitaciones, sabemos que hay cuestiones que exceden a nuestra racionalidad y que son de rango superior. ¿Acaso saben las plantas por qué se mueven los animales? ¿tienen conciencia de ello?; y los animales ¿tienen conciencia del estilo de vida de los humanos?; entonces, ¿por qué nos situamos en la cúspide? El hombre es más grande cuanto más pequeño se auto-perciba y para eso, para perseguir la difícil y deseada virtud de la humildad, nada como reconocernos limitados y dependientes.

El librepensamiento, así entendido, nos sitúa en nuestra justa dimensión, nos encaja en nuestras limitaciones y nos devuelve a la pequeñez de nuestra realidad. Consiste en la curiosidad por evaluar la validez de los razonamientos, la consistencia de los valores establecidos y la adecuación de las corrientes imperantes, pero no necesariamente desde un punto de vista de superioridad absoluta en la que la soberbia no nos deje navegar por el complejo mundo de las sensaciones. El hombre es cuerpo y espíritu, y si solo atendemos a la razón, nos inhabilitamos para conseguir la plenitud.

Cómo formar librepensadores

La inquietud por conocer los temas de actualidad, por estar suficientemente informados sobre los temas que inciden en la variabilidad social, suele ser distinta en cada persona. No obstante, podemos despertar esa curiosidad con el ejemplo y enseñando a razonar a nuestros hijos desde pequeños.

Es importante que nos vean atender, también, programas que no estén en nuestra línea de pensamiento, para detectar (o no) la falsedad y manipulación con que a menudo, tiñen las informaciones. Comentar esa noticia o ese programa que nos presenta una realidad distorsionada (o no) y exponer nuestro punto de vista. Invitarlos a posicionarse tras un mínimo conocimiento de los hechos. Por ejemplo, con la amenaza de la Ley de Memoria Democrática es importante que expliquemos a nuestros hijos la historia del grupo terrorista ETA y sus cómplices, amigos ahora del claudicante gobierno de España.

También ayuda mucho que salgan del estrecho y limitante círculo de influencia localista. Aprender a tratar con personas de distintas razas, educación, clase social… abre la mente de forma exponencial, y nos otorga la valentía necesaria para poder salir de la corriente imperante; pero amparados en el conocimiento y la experiencia que da saber que hay vida más allá de nuestra zona de influencia. El chovinismo localista es limitante y extemporáneo.

De todos es sabido que el hecho de que algo sea legal o de que todos lo hagan, no quiere decir que sea justo o que atienda a las más básicas razones del orden moral (véase la Ley del Aborto). Por ello debemos arbitrar medidas que nos permitan curarnos de la psicoesclerosis que genera dejarse arrastrar por la situación establecida, cultivar y fortalecer la personalidad y no temer mantener posiciones políticamente incorrectas.

No se trata de intentar convencer a los demás a cualquier precio. Hay personas cuya rigidez les impide cuestionarse las cosas, preguntarse el por qué, y solo atenderán a su «razón» sustentada en un mantra inamovible. En estos casos hay que evitar debates de choque que solo conducirán a una confrontación estéril.

El totalitarismo establece un muro infranqueable entre los debatientes, por lo que hay que procurar ser tolerante pero sin sumisión, y estar abierto a reconocer que muchas veces no tendremos la razón y podemos enriquecernos con las opiniones y razonamientos de la otra parte. El respeto y el conocimiento es una vía de doble sentido.

Intentar ser hoy un librepensador en este sentido, sin plegarse a las discutibles imposiciones que quieren injertarnos quienes quieren cambiar el orden social para adaptarlo a su doctrina, es un desafío excitante. ¿Nos ponemos a ello?

Antón de la Puerta Domecq

Burke dijo que “el mayor error lo comete quien no hace nada porque sólo podría hacer un poco”. Por eso mi afición a escribir me ha llevado a intentar aportar mi granito de arena en la lucha contra la progresía y el marxismo cultural. Me limito a simplificar temas complejos para intentar hacerlos accesibles al mayor número de personas posible, sin más pretensiones. Ojalá consiga hacer reflexionar a uno solo de mis lectores. España y los españoles merecen que le quiten la venda de los ojos…volvamos a los Valores!!

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