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Feminismo, palabrería y subvenciones desperdiciadas

A lo que hay que llegar es a la igualdad ante la ley asistiendo socialmente la desigualdad en las vulnerabilidades. Todos debemos ser iguales ante la ley, algo que obvia la ley de género

 

En un estudio que recuerdo haber leído parece ser que el feminismo se respeta socialmente, pero que en la calle no es oro todo lo que reluce. Hablando con amigas sobre el feminismo me di cuenta de que los medios suelen mentir repitiendo mantras que solo son recogidos por minorías a través de su fe ciega en los preceptos de la corrección política o como resultado de fracasos personales.

Resulta que la mayoría de jóvenes y no tan jóvenes asocian el término «feminismo» con el odio visceral a los hombres, el lesbianismo o la carencia de feminidad: vamos, que vienen a considerar a las feministas carentes de los cánones de belleza. Y estos calificativos parecían constituir un factor clave en el rechazo hacia la etiqueta «feminista» que al final acababa por convertirse en el peyorativo “feminazi”: calificativo que aparece con profusión en los medios sociales.

En realidad había un motivo para el rechazo del feminismo: en primer lugar casi todas las mujeres encuestadas tenían hermanos, padres o hijos y en segundo lugar esas mujeres temían ser asociadas con los rasgos mencionados (odio a los hombres, el lesbianismo o la falta de feminidad) a pesar de admitir, en algunos casos, que ni mucho menos eran homofóbicas y que incluso algunas se identificaron como lesbianas o bisexuales; pero sin tener que ver con la imagen que se difundía en los telediarios. Desde luego, la calle parece afirmar algo muy distinto a lo que la nueva religión laica asegura a través de sus púlpitos mediáticos. Por una parte el culto a la imagen y la moda, y por otra la anti-imagen de las feministas.

Entonces, ¿cómo podría mejorarse la visión de un feminismo que ha sido mediáticamente destrozado a causa de la propaganda lanzada por un  comunismo reconvertido? Podría decirse que, como sociedad, deberíamos hacer más para desafiar las expectativas estrechamente definidas de cómo deben considerarse socialmente a las mujeres.

En primer lugar puede que rechazando la guerra entre sexos y admitiendo que hay cosas que los hombres no podemos hacer y las mujeres sí; y viceversa ¡Y menos mal! No querría vivir en un mundo diferente.

De la lucha de clases a la lucha de sexos, por Alicia Rubio

 

A lo que hay que llegar es a la igualdad ante la ley asistiendo socialmente la desigualdad en las vulnerabilidades. Todos debemos ser iguales ante la ley, algo que obvia la ley de género, además de que el género es un concepto gramatical: género masculino y femenino. Por lo tanto confundir sexo con género ya me parece una perversión del lenguaje típica de la progresía farandulera de artistas sin talento subvencionados y políticos mediocres; palabrería que nos inunda diariamente sin solucionar nada.

Pobre Saussure si levantara la cabeza: aunque puede que ya ni se le estudie. Pero es que Saussure tenía razón con su significante y significado, y al final los “progres” trabajan con etiquetas, (pervirtiendo a Saussure) a las que vacían de contenido mientras los problemas continúan porque las viudas siguen cobrando menos que los viudos y el trabajo de la mujer sigue pagándose peor que el del hombre sin además tener la oportunidad de llegar a puestos profesionales merecidos por su talento; mientras, lo de la conciliación familiar está bien para que una Carolina Bescansa, por ejemplo, monte el numerito en el Congreso dando de mamar a su bebé cuando tenía las facilidades de conciliación familiar (guardería en el mismo Congreso, permiso para ausentarse…) de las que carecen, por lo general, el resto de españolas.  

Por lo tanto hay que considerar un feminismo real, no postizo, para partir de las mismas oportunidades educativas siendo igualmente reconocidos profesionalmente hombres y mujeres en todos los aspectos, según su valía, por realizar los mismos trabajos y creando las condiciones óptimas de conciliación familiar; y todo lo demás es incendiar la calle, palabrería y subvenciones desperdiciadas.

Además, existiendo el masculino gramatical dejar ya la estupidez de que la igualdad viene de que los políticos reconozcan solemnemente, al principio de un discurso, “compañeros y compañeras”, pues si fuesen menos analfabetos sabría que gracias al masculino gramatical “compañeros” ya abarca compañeras y que con esa cortina de humo solo engañan a los tontos (masc. gram). De la estupidez no viene nunca la igualdad de oportunidades en la vida y la igualdad ante la ley.

J.P. Alexander

La libertad, el mayor tesoro y la igualdad, sólo para las oportunidades. Profesor de secundaria y bachillerato, pero ante todo maestro. Autodidacta empedernido

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