Entre col y col, lechuga

Érase una vez un papá y una mamá que tenían cuatro hijos en edad de mantener su cuidado y sostén.

Entre los progenitores tienen unos ingresos de 10.000 colones y, tras el gasto general de la familia, les quedan para repartir entre los 6 un importe de 1.000 colones, de forma que papá y mamá se quedan con 400 para sus disfrutes y les dan a los hijos 150 para que cada uno cubra sus gastos particulares.

Dentro de los gastos generales se une el pago de un préstamo de 8000 colones que piden para un coche.

A papá le despiden y los ingresos bajan a 8000 colones y el gasto familiar se mantiene, de forma que existe una deuda aún mayor. El reparto, ahora, se realiza para los padres como si mantuviesen los 1000 colones de ingreso, en sus 400 colones, y se reduce a 100 colones para cada hijo, lo que supone un 33%.

A madre trabajadora le hacen una reducción de salario y lo dejan en 6000 colones, manteniendo la deuda de 8000 colones iniciales a los que sumar los 1000 colones generados, la situación se hace insostenible, pero el reparto para los padres se mantiene, con 400 colones para los padres y los hijos pasan a tener 50 colones cada uno, que no llegan para cubrir sus gastos particulares que en poco tiempo se han tenido que disminuir pues ellos han perdido su poder adquisitivo en un 66%

Con esta situación, la deuda se incrementa notablemente, con lo que el reparto que se está haciendo no cubre en modo alguno la misma, pero papá y mamá, sin reducir su asignación, comienzan a lanzar críticas contra el banco que no les da dinero para cubrir sus gastos, pues tienen un gasto fijo que no cubren y sus ingresos son superados por los gastos.

 En esta situación de angustia, al hijo pequeño se le ocurre decir a los padres de reducir su asignación de 400 colones (100% inicial), dar los mismos 50 colones (un 66% menos que el inicial) a los hijos y, con el recorte de los padres, sin determinar, comenzar a cubrir deuda para que el banco le permita el endeudamiento y salir todos juntos del atolladero, a lo que uno de los padres le mandó callar, pero el hijo alzó la voz diciendo que eran unos caraduras, momento en el que los padres le pusieron un castigo por radical y extremista.

El segundo propuso: nos ponemos de acuerdo todos los hijos, gestionamos correctamente los ingresos y los padres cubrirán sus gastos, pero poniendo por delante a los hijos que más lo necesitan. En ese momento, el resto de los hijos lo expulsaron por loco y siguieron con sus disputas, mientras los padres disfrutaban de lo hecho.

Poco a poco los padres echaron de casa a los hijos, se quedaron con el poco dinero que se generaba y disfrutaron de la ruina, desheredando a sus hijos y nietos.

Esto no es más que un cuento en el que los números no cuadran y los figurantes no son nadie, pero si algo se parece a algo seguro que es por la mente sucia del lector, que piensa en nuestros políticos, eso es una crítica inaceptable; o en los líderes, lo que no ayuda; o en nuestros momentos vitales, lo que supone un bulo minimizable.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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