En España hubo dos guerras civiles simultáneas

Los Comités Ejecutivos Antifascistas

Desde el 16 febrero de 1936, elecciones generales ganadas por el Frente Popular, el número de asesinatos, atentados con bombas, huelgas violentas, acciones sobre la población y empresas de derechas y el personal religioso, adquirió tal magnitud que parecía que España estuviese en una verdadera guerra, ─durante la República, es decir, antes de la Guerra Civil, hubo una compañía de seguros británica que no cubría los daños al vehículo si se viajaba a España─ en la cual unos eran víctimas indefensas, sin protección estatal, y otros eran los verdugos. Mataban a la gente por ser de derechas, por ir a misa, por tener dinero, por llevar una medalla religiosa. Todo eso se produjo durante los casi seis meses anteriores al inicio de la Guerra Civil.

Iniciada la sublevación en julio de 1936, aparecieron dos tipos de frentes: El primero, el natural en una guerra, se formó en los campos de batalla, en los caminos, en los puentes, en los puntos de comunicación, en las montañas y en las laderas de los ríos. En este frente se encontraban luchando unos militares sublevados, contra unos militares no sublevados, fieles al gobierno de la República. En esta guerra, se respetaban las treguas, la asistencia a los heridos y demás acciones humanitarias reconocidas en los acuerdos internacionales. Era lógico, los contendientes tenían una formación militar, además, común.

El segundo frente era muy extraño, puesto que en él no había lucha; simplemente había gente que actuaba violentamente sobre otra gente. El primer grupo, la gente violenta, tenía una sólida organización paramilitar. Estaba armado, llevaban años preparándose. El  segundo grupo de gente, no tenía ningún tipo de organización. Eran «cazados uno a uno». Su única forma de defensa era tratar de esconderse. Los que eran ricos, los que eran de derechas, los que eran religiosos, se convirtieron en carne que debía ser exterminada antes de que llegase el ejército sublevado para salvarlos.

Este extraño frente se situó en las ciudades, lejos del peligro de la guerra. Protegidos por los militares leales a la República ─probablemente, ignorantes de estas acciones─ y por los poderes públicos que dominaban las fuerzas del orden en cada ciudad. El objetivo era claro: su exterminio ─Así lo afirmaban los políticos como Largo Caballero cuando decía que en una lucha de clases, una de ellas debía desaparecer─.

Desde mediados de julio del 36 aparecieron los Comités Ejecutivos Antifascistas y las checas: instituciones paramilitares, compuestas por militantes de partidos de izquierdas cuyo objetivo era depurar a la población, eliminando a todos aquellos que no aceptaran la ideología de marxista.

Brutales y sádicas torturas en las checas de la Segunda República

 

En el Centro Documental de la Memoria Histórica, encontramos un documento titulado por los archiveros: “Oficios con el Comité Ejecutivo Antifascista de Gandía, Comité Ejecutivo Popular de Villamarchante y Ayuntamiento de Señera, todos de Valencia”. El estado de conservación es regular, y presenta algunas manchas de óxido, pero, aun así, es perfectamente legible. Se trata de unos “Oficios sobre incautación del numerario en Bancos y depósitos de títulos en cajas de alquiler, de personas consideradas facciosas, así como de la imposición de una cuota en concepto de Contribución Especial de Guerra a personas con buena posición económica.”

El documento está fechado el 15 de agosto del 36, pero, evidentemente, el Comité Ejecutivo Antifascista, existía mucho antes.

Estos «comités», que aparecieron en todas las ciudades y pueblos importantes, estuvieron consentidos, cuando no, protegidos, por el Gobierno de la II República. Actuaban autónomamente, no tenían limitaciones por parte de los ayuntamientos ni de la policía ni de los jueces.

Solían confiscar un edificio (elegido por ellos mismos) y allí creaban unas salas de encarcelamiento y otras de interrogatorio y tortura. Todo esto, sin ninguna oposición.

La ciudad estaba en manos de unos indeseables, cuya única fuerza, era la de las armas que tenían. Además, solo acataban órdenes de su propio partido o del propio comité.

Las matanzas se inciaron muy pronto tras la sublevación. Los asesinatos que estos izquierdistas cometían antes de la guerra, ahora adquirían un tinte de «legalidad», debido a la impunidad de sus actos, por el tácito consentimiento de los poderes públicos. Muchas veces, esto se debía, al miedo de estos poderes a dichas organizaciones.

Miles de españoles fueron torturados, expoliados, humillados y asesinados por esa gente, sin que nadie los defendiera. La razón: eran ricos, eran católicos, eran de derechas, o se lo parecía a alguien.

El embajador de Chile en España cuenta en sus informes, que nada más iniciarse la guerra, en Madrid, los republicanos, asesinaban a unos cien o ciento veinte ciudadanos por día, detenidos arbitrariamente, sin causas judiciales.

Esta segunda “Guerra Civil”, mucho más cobarde, tan solo se dio en el territorio ocupado por los republicanos. En aquellas ciudades donde llegaba el ejército sublevado, terminaba la guerra; todo el mundo volvía a trabajar, volvió la paz social, la seguridad en las calles y la justicia juzgaba a los criminales de guerra si eran denunciados. Pero en zonas como Madrid, Cataluña o Valencia, la gente sufrió el terror, el hambre, los robos y los fusilamientos sin juicio ni acusación durante los tres años que duró la contienda. Las cunetas de carretera, los cementerios, las periferias de ciudades y pueblos, se llenaron de víctimas inocentes, por ser católicos o de derechas o tener propiedades para confiscar.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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