El voto del diputado


Hace pocos días asistimos a un espectáculo bochornoso en el Congreso de los Diputados. Me refiero en concreto al disputado voto de un parlamentario en el asunto de la ley de la reforma laboral, y lo aclaro porque los espectáculos bochornosos son tantos y tan bochornosos, que hay que aclarar de cuál voy a hablar esta vez.

Ríos de tinta, discusiones acaloradas sobre si fue pucherazo, incompetencia, soborno, estupidez o compadreo, prevaricación o ignorancia, a los que no añadiré nada. En el fondo, da igual qué haya sido. Porque lo verdaderamente grave no sucedió esa tarde, sino en los días posteriores.

Esa tarde, junto al “despistado” diputado del partido que siempre se equivoca cuando beneficia a la izquierda (casualidad, no vayan a pensar mal), otros dos diputados votaron y están teniendo consecuencias por ello. Y no las tienen por votar en un sentido o en otro, sino por votar en el sentido contrario a lo que obligaba su partido a que votaran. Es lo que llaman “romper la disciplina de voto”. Por ello, han sido, además de insultados, suspendidos de militancia. De nada han servido sus explicaciones, coherentes por otra parte, con las que muestran que era más que previsible su voto en el sentido en el que lo hicieron y que es el partido el que cambió de opinión en el último momento. De nada sirven, porque al partido al que pertenecen eso le da igual. Lo importante aquí es la disciplina de voto.

Estamos acostumbrados a que ocurra esto, pues en otras ocasiones ya hemos visto a otros díscolos haciendo lo mismo, obteniendo idénticos resultados y siendo cadáveres políticos desde entonces. Y todas esas veces se ha discutido mucho, pero siempre poniendo el foco en el díscolo. Y el foco está en la disciplina de partido.

Si la soberanía nacional reside en el pueblo español, si las Cortes Generales representan al pueblo español, si los parlamentarios son libres, inviolables y no están ligados por mandato imperativo, ¿por qué tienen consecuencias disciplinarias por votar? ¿A quién representan, entonces?

No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que, efectivamente, los diputados no pueden tener mandato imperativo, pero solamente de aquellos a los que se supone que representan, porque al pueblo no hay que escucharlo y mucho menos hacer lo que realmente éste quiere hacer. A quien hay que escuchar, digo obedecer, es al partido político, verdadero órgano en el que reside la soberanía.

La tan cacareada por (casi) todos como sacrosanta constitución española no es más que un infame texto lleno de trampas, de circunloquios y de engañifas para que el pueblo crea que decide algo, que en él reside algo y que vive en democracia. No es más que un documento lleno de palabras biensonantes que deja todo atado y bien atado para que unas élites puedan pastorearnos sin piedad, mientras hacen todo tipo de tejemanejes con los que nos despojan de todo derecho que tengamos, de toda nuestra propiedad, de toda nuestra libertad, mientras creemos que vivimos en el mejor de los sistemas.
Porque, claro, esto es una democracia y la democracia es lo más, en ella todo lo que se decida por ley está bien.

Pues no.

Ni vivimos en una democracia, ni la voluntad del pueblo tiene por qué estar en lo correcto, ni las leyes nos dicen lo que está bien, ni lo que decidan los partidos “en nuestro nombre” hay que respetarlo.
Los diputados sancionados han hecho lo que yo hubiera hecho, y se lo agradezco, independientemente de mi opinión en el tema.

Las leyes (y las disciplinas de partido) no siempre están para cumplirlas. Primero debemos evaluar si son justas y si son legítimas. Y si el resultado de esta evaluación es negativo, no solamente debemos criticarlas y no cumplirlas hasta donde podamos, sino que tenemos el deber moral de hacerlo.

¿Qué podemos hacer, más que meter una papeleta en una urna cada cierto tiempo?, me pregunta un buen amigo cuando reflexiono con él sobre esto. Se me ocurre, amigo, que lo primero que tenemos que hacer es darnos cuenta de que meter la papeleta en la urna puede que sea el primero de nuestros errores.

Francisco Fernández Bernal

Católico, español, autodidacta de la libertad, eterno polemista.

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