El Turquesa y el Golpe de Estado socialista del 34

El Turquesa fue un carguero comprado por la directiva del PSOE en junio de 1934 para transportar desde Cádiz hasta Asturias, un alijo de armas y municiones con el objetivo organizar un Golpe de Estado.

Vuelvo a tomar el tema de la mal llamada “Revolución de Asturias” y que a tenor de los documentos presentados, creo que debería llamarse “Golpe de Estado Socialista del 34”, de este modo, seríamos fieles a la Historia.

En esta ocasión demostraré que no fue un movimiento revolucionario, es decir, esporádico y de raíz popular, sino que hubo anticipación y delictiva preparación de dicho golpe de estado, por parte de los políticos del PSOE. Tenemos abundante documentación al respecto tanto en hemerotecas como en archivos judiciales, pero yo diría que el mejor documento es la propia narración que hizo en el exilio el mismísimo Indalecio Prieto, publicada en Buenos aires por El Correo de España:

Cuando llegamos a la orilla del Nalón, cerca del puente por el que lo cruza la carretera, habían sido ya cargados varios camiones que, a máxima velocidad, iban hacia hórreos y trojes, donde quedarían escondidos fusiles y cartuchos. Aún quedaban muchas cajas sin transportar, cuando uno de los centinelas, descendiendo presuroso, avisó: ¡Viene la Guardia Civil!, oí descorrerse el cerrojo de no se cuantas pistolas. Mi autoridad se impuso a quienes querían resistir. “No vale la pena –les expliqué- verter sangre por salvar esta mercancía que, en cualquier forma, se perderá irremisiblemente, porque el tiroteo atraerá a mas fuerzas, impidiendo mover las cajs de aquí. Retírense ustedes. Nos quedamos solos el bilbaíno, el portugués y yo. Los tres saliendo a la carretera, seguimos con lentitud cuesta arriba. Frente a nosotros, cada vez más cerca, sonaban recios pasos. Pero la noche, muy cerrada, no nos consentía ver a nadie. ¡Alto!, gritó una voz, ¡Alto está!, respondí yo. Entonces vi como dos hombres que venían en pareja se separaban, quedando uno tras otro, y como se echaban sendos fusiles a la cara apuntándonos con ellos: ¡Arriba las manos!, gritó la voz imperativa de antes. Levantamos los brazos y continuamos inmóviles. El hombre de vanguardia avanzó hacia nosotros sin bajar el arma. ¿Quiénes son ustedes?, preguntó. Soy el diputado Indalecio Prieto, contesté. ¿Indalecio Prieto, el ex ministro?, volvió a interrogar. Si señor; el mismo, afirmé. Mi interrogador, bajando el fusil, se acercó para reconocerme. No se trataba de una pareja de guardias civiles, sino de carabineros, y entre estos gozaba yo de mucho afecto. Apenas hacía dos años que el general Sanjurjo, siendo Director de dicho Instituto de resguardo, me había hecho entrega de una magnífica placa expresiva de toda la corporación por los beneficios que les dispensé desde el Ministerio de Hacienda, y mucho tiempo antes, allá por 1919, siendo yo diputado, recibí un voluminoso álbum con las firmas de los once mil soldados y clases de dicho Cuerpo, agradeciéndome que en el Congreso les hubieran conseguido un aumento de sueldo. Las cantoneras y la dedicatoria de aquel álbum, todas de oro, las arranqué de sus tapas en México para fundirlas en una plancha conmemorativa del homenaje al sabio naturalista son Ignacio Bolívar. El cabo, pues cabo era el jefe de pareja, me tendió cariñosamente su diestra, mientras exclamaba:¡Qué sorpresa encontrarle y que alegría saludarle!. A seguida del saludo vino una pregunta inevitable: ¿Pero qué hace usted por ahí a estas horas?. Hube de improvisar una historia: Estamos entre hombres cabales, le dije, y no procede hablar con remilgos. Estos dos amigos y yo vamos de excursión con tres muchachas, y como yo, por mi significación política, estimé escandaloso llegar los seis en cuadrilla al hotel de Avilés, donde debemos pernoctar, acordamos que el automóvil con las mujeres fuese por delante, y que luego de dejarlas en la villa retrocediera, a fin de recogernos a nosotros que, mientras tanto, paseamos para estirar las piernas. El cabo a su vez explicó: Pues nosotros nos encontrábamos en nuestro cuartel, cuando un vecino ha venido a avisarnos de que ahí se estaba haciendo un alijo, y vamos a ver que hay de cierto en la referencia. El cabo nos estrechó la mano a los tres viandantes y siguió con su subordinado carreta abajo

Tenía Indalecio 51 años a la sazón. No sintió ningún pudor al hacer creer a los agentes que se estaban yendo de p. con unas jovencitas. No me negarán lo absurda y ridícula que fue la escusa, más propia de unos adolescentes que de un ministro de la República. Pero lo que me parece más intolerable es que el señor Prieto esperase la complicidad de la Guardia Civil; como si entre ellos fuese algo comprensible y natural. Este era el talante de los socialistas que gobernaban el país durante  la II República.

En el próximo artículo les contaré cómo se desarrolló esta aventura.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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