El pin parental es ahora más necesario que nunca. Con los niños no se juega

En España la educación funciona y funciona bien, todo hay que decirlo. A pesar de los informes PISA, o cualquier otro baremo que se quiera aplicar de forma periódica a nuestro alumnado, que mida únicamente niveles de conocimiento, sin valorar diferencias sociales o culturales, políticas educativas o gasto. Esos resultados, ya sean favorables o lo contrario, no son significativos para quienes nos dedicamos a la docencia.

Nuestros alumnos aprenden (muchas veces a pesar de ellos mismos) y no sólo aprenden contenidos, sino que los miles de profesores que a diario entramos al aula, nos encargamos –de la mejor manera que podemos-, de formarles como personas. Porque debe ser así. Porque lo dice la ley educativa correspondiente, cualquiera de los “miles” de leyes que en los últimos años nos han “regalado” nuestros políticos. Y para formar personas, para atender al desarrollo integral de nuestros “pequeños individuos”, la administración dota a los centros de recursos humanos y materiales, de herramientas, de programas varios. Y todo ello se hace yendo más allá de lo meramente académico, mediante el desarrollo de temas transversales y de actividades complementarias o extraescolares.

De un modo consensuado (administración, centros, familias), reglado (leyes, órdenes, Proyectos Educativos, Curriculares, Programas de Atención a la Diversidad, Plan de acción tutorial…) y debidamente planificado en programas y evaluado anualmente mediante las memorias. Y todo ello se hace público, es dado a conocer a las AMPAs, que  lo aprueban en los Consejos Escolares, se comparte en las páginas web de los centros, incluso en las Redes Sociales. En los centros de Infantil, Primaria o Secundaria no se hace nada a escondidas, nada que deban temer las familias. O al menos, hasta ahora.

Desde hace muchos años, complementamos la formación del alumnado con talleres de ámbitos muy diversos, cuyos objetivos son (por citar algunos de ellos): favorecer el desarrollo personal de los alumnos, propiciar un buen autoconcepto, favorecer su autoestima, aprender a relacionarse y a convivir de un modo pacífico, aprender hábitos saludables de alimentación, ejercicio físico, vida sana, evitar el consumo de sustancias perjudiciales para la salud y propiciar una adecuada educación afectiva y sexual.

Muchos años hace que todo ello se imparte en nuestros centros (y probablemente en ello España en  un país pionero). Y en todos estos años nunca he tenido conocimiento de que alguna familia (o algún alumno) se haya sentido incomodado por ninguno de estos talleres complementarios. Forman parte de la acción tutorial, de la orientación personal, de la EDUCACIÓN. Esos talleres son adecuados, convenientes y necesarios. En ellos se abordan espinosos temas (que no debieran serlo), como el respeto, la tolerancia, la igualdad (en la diversidad).

Siempre se ha hecho así y se ha hecho bien. Y toda la comunidad educativa (de la que las familias forman parte esencial) se ha mostrado conforme y satisfecha.

¿Por qué entonces estamos ahora mismo hablando de ello? Porque la educación ha estado siempre en manos de personas más o menos preparadas, pero responsables. Porque quienes legislaban y diseñaban planes y programas eran personas con un mínimo de idoneidad y nunca hubo elementos que chirriasen en ese engranaje. En lo esencial, ha habido consenso hasta ahora. Todos, independientemente de nuestra filiación política, estábamos de acuerdo en lo que está bien o lo que está mal. Que hay que enseñar a nuestros menores a relacionarse, a convivir, a respetarse independientemente de variables como procedencia, religión, color de piel, orientación sexual, etc.  Estábamos también de acuerdo en que a partir de cierta edad es necesario formar en aspectos afectivos emocionales y sexuales. Y lo hemos hecho y se ha hecho bien. Se ha informado sobre anticoncepción, sobre enfermedades de transmisión sexual… Y mi experiencia me dice que las familias han agradecido esa formación y esa información que yo personalmente he impartido durante mi vida profesional  y jamás necesitamos “pines” parentales. Hasta ahora.

Todo ello ha cambiado y el consenso se ha roto. Con la llegada al poder de un gobierno marxista, que se empeña día a día en demostrarnos que son peor de lo que nos temíamos, la desconfianza y el temor se han instalado en la ciudadanía. Estos “personajes”- los menos idóneos para su cargo en algún caso-, muestran un sospechoso interés en hacerse rápidamente con el control de las escuelas y por cambiar las cosas, poniéndolas patas arriba. Celaá amaga con presentarnos su nueva ley educativa en primavera ¿Tan rápido? ¿Y el consenso con el profesorado, y la preparación previa…? Sería la primera vez que se desarrolle una ley de educación sin que el borrador pase de mano en mano en las salas de profesores y se canalicen las aportaciones o modificaciones a través de las asociaciones y sindicatos docentes. ¿No eran el gobierno del consenso?

Campaña LGTB, de Celaá y Pedro Sánchez contra el derecho de las familias al pin parental

Y qué decir de los nombramientos que a diario estamos conociendo de personas que en ninguna cabeza sensata cabe que pudieran ser designadas para ocupar puestos de tamaña responsabilidad. El tema de la controvertida designación de Beatriz Gimeno como directora del Instituto de la Mujer, no debería quedarse en el plano de los memes y chascarrillos de barra de bar. Más allá de escandalizarnos o cachondearnos de las estrambóticos manifestaciones que se van conociendo de esta mujer, los ciudadanos deberían saber que el Instituto de la Mujer es el que diseña los planes de “igualdad” que se van a desarrollar en los centros en forma de talleres. Repito: padres y madres, sepan ustedes que a partir de ahora, parte importante de la educación de sus hijos estará en manos de una mujer que va a transmitirles ideas y conductas, que en el contexto de un aula con menores, sólo puedo calificar de inconveniente (me atrevo a más: ¿perversión de menores?).

Ya se está haciendo en algunas comunidades de España, que nos han escandalizado con lo que no son más que sesiones de tapper-sex, enseñanza de técnicas masturbatorias o supermercados de venta de identidades sexuales. Se ha hecho de modo aislado en algún centro de España, lo sabemos y la mayoría lo criticamos. Si esas familias están de acuerdo, allá ellas, aunque no estaría de más que las entidades de protección a la infancia se personaran en alguna de esas actividades.

Y eso ahora se va a generalizar. Personajes disfrazados de drag queen pueden presentarse ante nuestros hijos, abrir su maletín y decirles: mirad, todo esto es lo normal. Si os sentíais hasta ahora niños o niñas y hasta ahora os gustaban fulanito o citanita, que sepáis que a lo mejor sois “otra cosa” en un cuerpo equivocado, que la identidad sexual es variable, intercambiable, mutable… Que aunque tengáis vulva, podéis elegir tener pene… y que no podéis manifestarios atraídos hacia un género determinado sin haber experimentado antes con el contrario. Que el cuerpo está para disfrutarlo y que quien no lo vea así es un fascista.

Esto es lo que va a suceder a partir de ahora. Primero, porque ya está sucediendo y segundo, porque este gobierno está nombrando como responsables de todo ello a los más incapaces, los más sectarios, los más peligrosos. Y han empezado a tomar las riendas del modo más totalitario que uno pueda imaginar, mediante las escandalosas declaraciones de la Ministra de Educación Celaá: “los hijos no pertenecen a sus padres”.

Hay que hacer algo. El pin parental no es que sea necesario. Es IMPRESCINDIBLE. Debemos proteger a los niños, a nuestros hijos. No de sus profesores, sino del gobierno.

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Pilar Salsamendi

Directora de Redacción de InfoHispania. Políticamente incorrecta. Licenciada en Filosofía y CC. de la Educación. Psicóloga.

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  1. DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS
    Artículo 26:
    3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

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