El olvido nunca. Siempre agradecidos

Con Miguel Ángel murieron muchos corazones, se abrieron muchos ojos y se dejó patente que un pueblo sabe decir “basta ya”


Un 10 de julio 1997, un muchacho de 29 años, que acudía a trabajar en la asesoría fiscal en la que había encontrado trabajo en Éibar, cuando cogió el tren de la mañana que le acercaba desde Ermua, fue secuestrado por García Gaztelu (Txapote), Gallastegui Sodupe (Amaia) y Geresta Mujika (Ttotto) y, a punta de pistola, introducido en un vehículo oscuro que lo conducía a lo más profundo del frondoso bosque vasco.

Al poco se emitía un comunicado de la banda terrorista ETA (hoy reconocidos hombres de paz) en el que se exigía del gobierno de España el acercamiento de los presos de la banda a las cárceles de las vascongadas (hoy se hace con luz, taquígrafos y sin pudor, casi como un honor del ministerio del interior) a lo que se negó el entonces presidente Aznar (en aquella época, lo hubiera hecho González igualmente), con el apoyo del movimiento social más fuerte e importante de todo el período democrático, con la movilización de toda la sociedad en contra de la banda, de la violencia y del chantaje terrorista al grito de “no son vascos, son asesinos” o “ETA, basta ya”

El palpitar de todo el pueblo español, la reacción contraria a la acción de todo el pueblo euskaldún, la movilización juvenil de las “manos blancas” y la reacción internacional de nada sirvieron para ablandar las almas de los miserables y el 12 de julio, en un camino del bosque, con las manos atadas a la espalda, Txapote preparó el arma mientras Ttotto le obligaba a ponerse de rodillas y, sin mediar palabra, le descerrajó dos disparos en la cabeza.

El grito de todo el pueblo se transformó en llanto y el clamor de “ETA, aquí tienes mi nuca” como una reacción profunda de repulsa de lo que es la violencia, el terrorismo y el radicalismo político dispuesto a eliminar una vida por una mentira.

Con Miguel Ángel murieron muchos corazones, se abrieron muchos ojos y se dejó patente que un pueblo sabe decir “basta ya”, siendo luego sus dirigentes los que deben de gestionar esa reacción para canalizarla dentro de la Ley.

Unos pocos días antes, el 1 de julio de 1997 era liberado, después de estar enterrado en vida durante 532 días (1 año y cuatro meses) en un zulo de 3,5 metros cuadrados de una nave abandonada de Mondragón, el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, quien estaba planeando su suicido ante la situación que padecía. Entre sus raptores se encontraban Pototo, Bolinaga, Ochandorena y Erostegui. Ninguno de ellos se ha arrepentido, ha pedido perdón y/o asumido públicamente los crímenes cometidos, que siguen considerando parte de la lucha armada lícita y válida del pueblo vascongado.

Tanto Txapote, como su amor Amaia, disfrutan, juntos, en prisión, del acercamiento a las cárceles de Madrid. Bolinaga fue excarcelado por motivos de salud y tardó en morir 2 años, de chato en chato. Pototo, sin arrepentirse, declaraba en 2020 que ETA no había sido derrotada y que se ha reconducido la lucha por otros senderos en los que se obtiene un mayor rédito, trasladado a las cárceles de vascongadas en el año 2021. Ochandorena y Erostegui salieron de la cárcel en marzo de 2020.

En este tiempo, los muertos siguen muertos y su recuerdo se diluye en la mente del pueblo que olvida la sangre derramada o, simplemente, no quiere saber, pues no la vivió; mientras las víctimas vivas, con secuelas, con la vida destrozada, pasan a ser despojos de una sociedad que no quiere recordar, que sufre mucho con la foto manipulada de la muerte de un niño en África, pero rechaza o no desea conocer cómo quedó el cuerpo mutilado de este o aquel vecino o aquella niña, como Irene Villa.

El mayor desprecio que se puede hacer a una víctima, viva o muerta, es el olvido; la falta más grave que puede comerte una sociedad y/o un ser humano, es la falta de agradecimiento por la entrega de su vida y, eso, no sólo está pasando, sino que incluso se está criminalizando a las víctimas, a los que sufrieron aquellos años, para considerar hombres de paz o personajes que se pueden permitir el lujo de construir muros o, como dicen, “cerco sanitario” a los que recuerdan o tienen entre sus filas a las víctimas, a los que sufrieron en sus vidas la “socialización del dolor y la violencia”, como decían los asesinos.

Hoy, ETA no mata, no descerraja dos tiros en la cabeza de nadie, pero sus acólitos, sus presos, sus planteamientos, recorren no sólo las calles del País Vasco, sino las alfombras del poder exigiendo, imponiendo y gestionando las vidas de todos los que sentimos repugnancia al verles y nos genera náuseas el pensar que nuestros impuestos, el pan de nuestro hijos, es gestionado y lucrado por estas sabandijas, por interés de uno u otro partido o uno u otro presidente del gobierno.

Hoy, para algunos, SÍ OS TENEMOS EN LA MEMORIA, JOSE ANTONIO, MIGUEL ANGEL, IRENE, ANTONIO, JUAN JOSÉ, PEDRO y un largo etc. Sí sois un referente para nosotros y para lo que debiera ser la democracia española. La muerte no es el final.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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