El neodelito tiene nombre y apellidos

Intentaré contar de forma amena y divertida, la historia de una pareja que se conoció en una secta ácrata y nihilista, o lo que es lo mismo, de personas que no reconocen la ley, ni creen en nada; una pareja que tenía en común enfermedades cognitivas o mentales y sobre todo alérgicas al trabajo, la decencia y la honradez.

Él, un frustrado moral, por los muchos complejos de las circunstancias cainitas que le tocó vivir desde su nacimiento y que presumo conservará hasta su muerte. Deseando encontrar ese trébol de cuatro hojas, que introduzca su anhelo o utopía ideológica en una crisálida, esperando el momento de su metamorfosis completa con la esperanza de que se de una situación nueva, una situación adanista, con la que poder cambiar la historia que es, por la que desearon que fuese.

Ella, una esteta aparente, con una envidia descarada, reflejada en una retórica que la define, tal cual es. Una ideóloga clasista, opaca y obsesionada con la fama y el poder. Debida en mi humilde opinión a la cultura subjetual que le dieron las circunstancias familiares que le tocó vivir de niña. Lo que se conoce como una niña malcriada.

Les unió la estética de ella y la mala fama de él; en la primera, es más una hipérbole que una certeza, en el segundo, por su pretérito, su presente y el futuro que se le adivina, muy justa y merecida. Sea como fuere, la divulgación de su tesis sobre cómo vivir sin trabajar, parasitando del esfuerzo de los demás, concluye con éxito y pasan de ser los envidiosos a ser los envidiados.

Pero como bien dice esa cita que reza «se puede engañar a unos pocos todo el tiempo, se puede engañar a todos durante un tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo». El tiempo ha terminado por poner a cada uno en su sitio, valga la redundancia, pues ella fue una insensata y en un acto que supuestamente la iba a catapultar a esa anhelada fama, ha terminado por darle su primera visión de la cruda realidad, haciéndola supuestamente una criminal delincuente. Otorgándole una fama que no desearía ni para su peor enemigo.

Él, defensor a ultranza de su amada, abogado de los pobres, defendiendo lo indefendible, justifica a su niña malcriada sin un sólo argumento con sentido, cargando toda su rabia e impotencia, contra su oposición o disidencia ideológica con discursos diatríbicos, cargados de soflamas y sofismas, volviendo así, a recuperar esa antigua frustración, prácticamente olvidada, haciendo regresar ese pretérito histórico que es y no fue, además de sus ancestros y fantasmas del pasado.

Moraleja: no desees para los demás, lo que no desees para ti, eso es lo que tiene vivir sumido en la ideología, en la utopía y no en la verdad o realidad. Este tipo de vida es estar viviendo una mentira, un error, el cual, para pervivir en el tiempo, necesita del poder. Pero el poder es efímero y no dura eternamente. La verdad, lo real, en cambio pervive por si mismo. Recapitulando: si no respetas, ni crees en la ideología de lo que más desprecias, o con el o con lo que firmemente discrepas y disientes, me vas a perdonar, pero no crees en nada. Por lo tanto, no crees ni en la libertad de expresión, ni en la libertad en general.

Deseo y espero que se haga verdadera justicia, aplicando una real y verdadera igualdad, donde no haya dobles varas de medir, dependiendo de quien se es y no de lo que se hace.

Como ya habrán adivinado la lectora y el lector, los apellidos de los fariseos a los que me he referido yo. Colorín, colorado, igualito que empezó, este cuento se acabó.

Santos Trinidad

Cristiano católico, creyente no practicante. De derecha, amante de la libertad, basada en una igualdad sustentada en la justicia.

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