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«El exorcista» y San Miguel Arcángel

La película «El exorcista» de 1973, llevada a la pantalla sobre un guion de William Peter Blatty, se inspiró en un hecho verídico de posesión diabólica en un niño de 13 años, conocido por los seudónimos Robbie Mannheim o Roland Doe.

La película «El exorcista» de 1973, llevada a la pantalla sobre un guion de William Peter Blatty, se inspiró en un hecho verídico de posesión diabólica en un niño de 13 años, conocido por los seudónimos Robbie Mannheim o Roland Doe. Los detalles del exorcismo fueron registrados en el libro Possessed de Thomas Allen.

I. Setenta años atrás: Dominus

Robbie, era hijo único. En enero de 1949 una tía, espiritista, con la que tenía un trato cercano le enseñó a usar la tabla Ouija.

Poco después los padres de Robbie advirtieron que alrededor de su hijo sucedían cosas extrañas como ruidos inexplicables en su habitación, sonido incesante del goteo de agua y más tarde un ruido de arañazos como garras raspando madera, movimiento de mesas y objetos, algunos de los cuales eran lanzados por los aires. Casi al mismo tiempo murió su tía Harriet y Robbie comenzó a usar durante horas y horas la Ouija como un medio para contactarla. Sucesivamente se dieron anormalidades físicas alarmantes en el cuerpo de Robbie: marcas de rasguños, ronchas y moretones, aparecidas sin ninguna razón aparente.

Más inquietante aún fue la transformación de su personalidad. El adolescente retraído y oscuro, se tornó repentinamente agresivo con frecuentes arrebatos de ira y rabietas violentas dirigidas a sus padres. Robbie comenzó a hablar en latín, una lengua que no tenía cómo haberla aprendido. Fue entonces cuando sus padres decidieron que necesitaban ayuda. Lo intentaron casi todo sin resultados. Como protestantes acudieron a su pastor, quien consideraba el exorcismo una reliquia de la Edad Media.

Finalmente acudieron a la parroquia católica cercana a su casa. El sacerdote Albert Hughes fue elegido para ayudar a los angustiados padres, pero resultó ser totalmente inadecuado para la tarea. Al fracasar en su intento de liberar al adolescente de la posesión, les sugirió que lo hospitalizaran.

Trasladaron su residencia a Saint Louis, Missouri, donde un familiar les animó a hablar con el Padre Raymond J. Bishop, quien a su vez lo hizo con el Padre William Bowdern S.J. Ambos visitaron la casa de la familia donde fueron testigos de los fenómenos. Este último indicó al Padre Bishop que tomara nota de lo que estaba sucediendo con el muchacho, gracias a lo cual se tiene conocimiento detalle a detalle de cómo fue el exorcismo de Robbie.

El P. Bowdern, finalmente fue designado por el arzobispo de Saint Louis para realizar el exorcismo, el sacerdote que fue descrito por un compañero jesuita como totalmente intrépido, fue asistido por los sacerdotes Walter Halloran y William Van Roo.

Desde su primera visita a la casa el 11 de marzo de 1949, el P. Bowdern puso a Nuestra Señora de Fátima en el centro de su lucha,[1] y fue justamente ese día cuando el sacerdote exorcista le contó a Robbie acerca de cómo tres niños de su edad recibieron el privilegio especial de ver a la Madre de Dios cuyo nombre es María. Esto ayudó a explicar el Avemaría al niño, que no era católico.

La historia de Fátima fascinó al adolescente y el padre Bowdern la repitió varias veces durante los siguientes treinta y ocho días. Esto llevó a Robbie a preguntar más sobre la fe católica que finalmente lo llevó a su conversión y más tarde a la de sus padres.

El 23 de marzo comenzó su preparación a la recepción del Bautismo, sacramento que recibió el 1 de abril y al día siguiente la Primera Comunión.

Después de su bautismo, los demonios que poseían a Robbie se volvieron más violentos. Trasladado el niño a un sector del Alexian Brothers Hospital, le posibilitó al sacerdote exorcista privacidad y cercanía con el niño.

El Hermano Rector del Hospital hizo colocar una estatua de Nuestra Señora de Fátima cerca de la pieza, y posteriormente otra de San Miguel Arcángel en la propia habitación.

El P. Bowdern durante todo el proceso del exorcismo había reflexionado sobre algo que el diablo había pronunciado al principio con voz gutural: no me iré hasta que se pronuncie cierta palabra, y no permitiré que este niño lo diga.

Durante las semanas siguientes, el exorcista y su asistente soportaron indecibles insultos, blasfemias, lenguaje sucio y violencia de los demonios que poseían al niño, incluso la rotura de la nariz del P. Halloran.

Cada vez que el espíritu maligno se manifestaba en Robbie, la voz del niño se distinguía por su tono cínico, áspero y diabólico, sin embargo, el lunes de Pascua a las 10:45 p.m, la voz del muchacho cambió a tonos claros y dominantes que no causaron temor. Un augusto personaje dijo: ¡Satán! ¡Satán! Soy San Miguel y te ordeno a ti y a los otros espíritus malignos, que abandonen inmediatamente este cuerpo en el nombre de Dominus, ¡Ahora, ahora, ahora!»[2]

Seguidamente Robbie tuvo las más violentas convulsiones de todo el exorcismo, al final se calmó y dijo a los que rodeaban su cama: se ha ido.

II. El tentador

Este año marca el septuagésimo aniversario de ese único exorcismo documentado meticulosamente en los Estados Unidos de América, por los sacerdotes jesuitas que la realizaron.

Esto es importante porque una de las mayores mentiras del diablo es convencer a la humanidad de que no existe.

Dice Sertillanges que la obra maestra de Satanás ha sido hacer creer a los hombres que él no existe.[3]

La existencia de Satanás es dogma de fe. Está definido en el Concilio Lateranense IV. El P. Justo Collantes, S.I.,dice que las palabras utilizadas en este capítulo son «una profesión de fe».[4]

Dice el Concilio Lateranense IV: «Creemos firmemente y confesamos sinceramente que (…) el diablo y demás demonios fueron creados por Dios buenos, mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos».[5] «Por lo tanto no se puede negar la existencia real de un ser creado por Dios».[6]

«Hubo una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón… y no fue hallado su lugar en el cielo» (Apocalipsis 12, 7). «Fue precipitado en la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados» (Apocalipsis 12, 9).

Sus oficios son: engañar a los hombres, aún con apariencias de ángel de luz. Está como león rugiente intentando devorarnos (1 Pedro 5, 8). Así lo subraya San Ignacio de Loyola: «Propio es del ángel malo, que toma la apariencia de ángel de luz,[7] entrar con la ánima devota, y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y, después, poco a poco, procura de salirse, trayendo a la ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones».[8]

El relato de la «tentación de Jesús» (Lucas 4, 1-13), es rico en enseñanzas sobre la naturaleza del diablo y, ante todo, sobre su poder, que se opone al de Dios (Hechos 26,18). En efecto, Satanás le muestra a Cristo «todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras» (Mateo 4, 8-9). Los hombres están sometidos a Satanás en razón del pecado (1 Juan 3,8: «Quien comete el pecado es del diablo»), están sometidos a Satanás que posee un imperio inmenso (Mateo 12,26; Apocalipsis 13,2). Así pues, su dominación es universal; tal como se lo expresa en Romanos 6,16: «os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis» y en 2 Pedro 2,19: «uno queda esclavo de aquel que le vence». Jesús calificará a Satanás con el título de «Príncipe de este mundo» (Juan 12, 31; 14, 30; 16,11) y san Pablo con el de «dios de este mundo» (2 Corintios 4,4; cf. Efesios 2,2). Más aún, Satanás es el «Príncipe de los demonios» (Mateo 9,34), es decir, el primero de todos los ángeles caídos. Con el fin de expresar su autoridad suprema, el Apocalipsis lo representa como un dragón sentado en un trono (2,13), poseedor de «poder y… gran poderío» (13, 2), con la cabeza coronada de diademas (12,3) y recibiendo la adoración de todos sus súbditos (13,3; 16,2).[9]

Sus obras son: la posesión diabólica, la enfermedad y la muerte. Satán lucha continuamente con el hombre, atacándole de codicia, de cólera, de soberbia, de maledicencia, con los que desea arrastrarlo a la perdición.

El diablo es el tentadorpor excelencia, exactamente como lo había sido en figura de serpiente, engañando a Eva con su astucia (Génesis 3,1 y ss.; cf. Corintios 11,3; 1 Timoteo 2,14), y como seguirá haciéndolo con los discípulos del Salvador (1 Corintios 7,5; Apocalipsis 2,10). Siempre se esforzará en «descarriar» a los fieles, en sustraerlos del Señorío de Cristo para arrastrarlos consigo (1 Timoteo 5,15). Su arma es siempre la misma, la que ha empleado respecto de Jesús: la astucia (2 Corintios 2,11). Es un mentiroso (Juan 8,44; cf. Apocalipsis 2, 9; 3, 9) que adquiere las mejores apariencias para seducir a sus víctimas. Lobo con piel de oveja (Mateo 7,15), este ángel de las tinieblas va incluso a disimularse cual ángel de luz (2 Corintios 11,14). He ahí por qué su actividad es constantemente señalada como engañosa y de extravío para las naciones o la tierra entera (Apocalipsis 12, 9; 20, 2, 7, 10). Por estas razones, se opone tan radicalmente como la noche al día (cf. 2 Corintios 6, 5; Juan 8, 44) a Cristo, que es la Verdad (Juan 14, 6; 18, 37: 2 Corintios ll,10) y la Luz (Mateo 4, 15; Juan 1, 4, 9; 8,12; 9,15; 12,46).

Satanás ofrece a nuestra vista, figuras atractivas y placeres fáciles de conseguir, para destruir por medio de la vista, la virtud de la castidad. Tienta a nuestros oídos con dulces melodías, para deleitar y amenizar el vigor cristiano por medio de plácidos oídos, excita la lengua con las injurias, instiga las manos cuando éstas hieren, empujan hasta el homicidio, para que alguno sea defraudador le propone ganancias injustas, para cautivar un alma con el dinero, sugiérele la idea de ahorros perniciosos. Promete honores terrenos para privar de los celestiales, luce lo falso para arrebatar lo verdadero, y cuando no puede engañar oculta e insensiblemente, amenaza a las almas intentando excitar el terror de las tribulaciones para así derrocar a los siervos de Dios, inquieto siempre y enemigo durante la paz, es doloroso y violento en la persecución.

Así Satanás, y como quiera que los dardos que nos arroja con disimulo son los más frecuentes, y su modo de acometer es oculto, consigue pasar inadvertido y herirnos grave y frecuentemente, lo cual nos obliga a vigilar, para conocer y rechazar sus acometidas.

Cuántas personas sienten estas tentaciones, estas inclinaciones, estos apetitos y estos deseos y no quieren darse cuenta de que son obra del Demonio. Ahí está precisamente el peligro principal de la actuación de Satanás, en que logra que la víctima no se percate de que es él quien está actuando y así no da importancia alguna a sus insinuaciones malévolas.

El alma está dormida en su sueño del pecado, ¿para qué despertarla? afirma Satanás, mientras permanezca en ese estado es mía, no siente temor de su condenación ni interés alguno en zafarse de mis garras.

III. «Jesús derrotado por el diablo»

Recientemente en el impúdico y repugnante carnaval de Río de Janeiro, una escuela de samba presentó una escenificación titulada «Saliva de los Santos y el Veneno de la Serpiente», con alusiones a los demonios y una puesta en escena en la que Jesús era «derrotado» por Satanás en una «batalla entre el bien y el mal».

Cuatro días después, se informó que el personaje que hizo el papel del diablo venciendo a Jesús, murió carbonizado en un violento accidente de tránsito.[10]

La suprema importancia del relato de la «tentación de Jesús», consiste en oponer al Nuestro Señor Jesucristo (Dominus) y al diablo como dos personajes que tienen una soberanía propia y un papel que jugar en la salvación del mundo. Satanás es considerado desde ahora como el «anticristo», así como Jesús, por su lado, acaba por apoderarse del reino del diablo: «El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3,8). La autoridad de Aquél sobre éste aparece absoluta; Jesús, al ser de una inocencia perfecta, no ofrece ningún asidero en sí; nada hay en su persona que pueda servir de base para vencerlo o acusarlo; es, sin pecado (Hebreos 4,15) ni complicidad alguna con el mal: «el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder» (Juan 14,30). Además, su poder es muy superior al de su adversario, expresándose en la orden: «Apártate, Satanás» (Mateo 4,10), ¡vete! Jesús triunfa, allí donde el primer hombre había sucumbido. Ciertamente, no se trata sino de un primer enfrentamiento, y sobre todo en el Calvario, por la ignominia y las torturas —y no por la gloria y el éxito— es donde el Salvador destronará al Adversario. Este, hasta el fin de los tiempos, continuará atacando a los discípulos, pero éstos se agruparán y se protegerán en una Iglesia contra la que serán vanos los asaltos del infierno (Mateo 16,18). Satanás pues es el gran vencido.[11]

Prestemos atención -si alguno quiere- porque Dios a nadie quiere privar de su voluntad, sino que escoja sus propios caminos para que luego no hable de desagradables sorpresas ni de inesperados castigos. Ahí está el secreto de cada uno en su elección totalmente voluntaria, nadie se condena si no lo desea, claro que en el fondo no lo desea, pero tampoco evita esa condenación mientras le es posible gozar torpemente de la vida, y cuando se percata del peligro, quizás es definitivamente tarde.


[1] ALLEN, THOMAS, Possessed: The True Story of An Exorcism.

[2] GARRISON, CHAD, The True Story of the St. Louis House That Inspired The Exorcist.

[3] Cf.: CREUS VIDAL, LUIS, Introducción a la Apologética.

[4] COLLANTES S.J., P. JUSTO, La fe de la Iglesia Católica, nº 208.

[5] DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, n.428.

[6] ANGELO SCOLA: Sectas satánicas y fe cristiana.

[7] 2Cor 11, 14.

[8] E.E., 332.

[9] Cf.: SPICQ O.P., Fr. CESLAS, La existencia del Diablo pertenece a la revelación del Nuevo Testamento.

[10] https://www.catolicodefiendetufe.org/2019/03/muere-carbonizado-el-hombre-que-simulo.html

[11] Cf.: SPICQ O.P., Fr. CESLAS, La existencia del Diablo pertenece a la revelación del Nuevo Testamento.

 

Fuente

Redacción

Digital de Información y Opinión de derecha

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