Dejó de matar, pero venció ETA

Es algo demasiado habitual que los demás sean los que decidan lo que te hace daño y lo que te hace sufrir y lo que no, como es muy fácil que, por más que indiques que algo te hace daño, los demás no se sientan concernidos por ello, sin considerar que el dolor, el daño, el sufrimiento, es un sentimiento personal que no puede ser evaluado por nadie, ni nadie puede obligar a soportar este o aquel dolor.

Si esto es así, el perdón es una actuación personalísima del doliente y unos lo cursarán de un modo y otros de manera diferente, sin que ni una ni otra sea mejor, exigible o más adecuada que la otra.

El padecimiento de un hijo que perdió a su padre porque le asesinaron es suyo, su perdón es suyo, su duelo es suyo y los demás, si somos amigos o cercanos, lo que podemos hacer es estar a su lado, prestar nuestro hombro y ayudar en la búsqueda del asesino para que se intente su resocialización en prisión, pague su daño y resarza al que sufre.

El sufrimiento de una mujer que fue violada, vejada y humillada, es sólo de ella y lo desarrollará como mejor le parezca, mientras que tú, como amigo, lo que puedes hacer es apoyarla, ayudarla y buscar al canalla que la violó para que ingrese en prisión y resarza el daño sufrido, si ella lo perdona o no, es cosa únicamente de ella y del modo de pasar página que ella tenga para sobrevivir.

En este país tenemos un sector social, un partido político, que desarrolló, amparó, dio cobertura y contempló con regocijo el que, para obtener sus planteamientos políticos, se asesinase a diestra y siniestra sin más criterio que el hacer daño y generar terror.

Ese partido tiene como fundamento ideológico el sentimiento de ser una raza superior, que debe adquirir un territorio como propio, imponer un régimen totalitario de izquierdas y eliminar al disidente; vamos, un partido que odia la democracia, odia al que no es como él y odia España, pero permitimos que sea legal.

Hace 10 años decidió que, para obtener paulatinamente sus objetivos, debía de dejar de matar, pero ni pidió perdón, ni ha resarcido a las víctimas, ni ha renunciado a sus objetivos, que día a día obtiene, de forma que consigue en el ámbito político lo que no consiguió con las armas, pero su proyecto sigue vivo, sigue fuerte y las víctimas siguen padeciendo.

Celebramos, como algo importante, el cese de los asesinatos, como si una banda de narcotraficantes asesinos dejase de matar a los policías que los persiguen, pero siguen dedicados al narcotráfico.

En este panorama, lo que aparece es que el gran capo del narcotráfico que dejó de asesinar, ahora afirma que apoyará al gobierno del país que quiere destruir siempre que le sigan dando cosas para cumplir su objetivo y desarrollar más cómodamente el narcotráfico.

El gobierno, secuestrado por los narcos, acepta su apoyo, su ayuda y les concede lo que piden, incapaz de renunciar a su colaboración, pero lo más grave es que, además, exige de las víctimas la colaboración con el asesino aprendiendo a convivir con el violador y tomarse una cervecita con él y cuando la chica se niega, se dice que no quiere obtener la normalidad.

Ella tiene que asumir al violador en su calle, él no le pide perdón, no resarce el daño y no cumple su pena, pero ella es una canalla por no tomarse unas cervecitas con él.

Sea de lo que sea, la víctima merece el cariño de los demás, el apoyo de todos, la justicia de hacer que el criminal cumpla su pena y resarza los daños y que, si desea el perdón, lo pida, lo desarrolle, lo cumpla y ayude a resolver todos los crímenes y, lo más importante, renuncie a su proyecto de violación permanente a cuantas pueda pillar.

Todo mi cariño, mi respeto, mi apoyo y mi ayuda a las víctimas.

 

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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