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Defensa de la vida, empatía, y otros valores cristianos

Tener conocimiento de quién nos interpela o de sus intenciones, puede acabar resultando más una rémora o incluso un impedimento, que una herramienta favorable para salir bien parados y trazar un discurso sólido y bien dirigido.

Esto, me temo, es lo que le pudo suceder a Santiago Abascal en su última entrevista en esRadio hace unos días, cuando el coloso de la opinión en que se ha convertido Federico Jiménez Losantos, le pidió que «perfilara» algunos aspectos de índole moral que, al parecer, le tienen algo preocupado. Y es que en sus valerosas y muy pertinentes defensas de Vox y sus posiciones, en medio de este lodazal que se ha convertido el escenario político desde las elecciones andaluzas, suele dejar caer de vez en cuando que aún debe cincelarse para lograr alcanzar sus máximas cotas de expectativa de voto. Quede aquí la anotación de que es justamente este proceso de pérdida de autenticidad al que algunos favorables parecen querer someter al joven partido para su éxito, el que podría dar al traste con sus legítimos anhelos y con toda oportunidad de hacer el Bien para esta Patria.

Vox se ha abierto paso oponiéndose a los dictados de la corrección política, plantándole cara a ese adoctrinamiento masónico multidisciplinar al que España ha sido sometida sin cuartel, y ese es el germen de la esperanza que concita.

Pero volvamos a la ocasión que nos ocupa: el cuestionamiento viene de alguien que goza de nuestro respeto y admiración. Sin hacer renuncias, deseamos íntimamente evitar la discrepancia.

Esta voluntad de agradar no se antepone cuando el ámbito a tratar sea uno en el que nos manejemos bien, donde tengamos sentados nuestros criterios y encontremos coincidencias. Sin embargo, se podrá traducir en titubeos y vacilaciones cuando se intente esclarecer el posicionamiento acerca de situaciones que quizá no hayan sido objeto de una verdadera reflexión por nuestra parte, careciendo de una posición firme al respecto.

Losantos se ha declarado ateo, «se murió mi padre y perdí la fe» nos contaba hace poco, y aunque haya defendido con más vehemencia a la Iglesia de España que muchos obispos en estas últimas décadas, sigue tratando con enorme recelo cualquier opción política que no sea estrictamente liberal, que transgreda esas personales líneas que el locutor tiene como referente de lo que es aceptable y lo que no.

Así, no ha tenido remilgos en pronunciarse de manera tajante para defender, por ejemplo, la sacralidad de las sepulturas: «a los muertos se los deja en paz» ha repetido sin descanso ante la tibieza de cabezas de la Iglesia respecto a la consabida exhumación de Franco…pero un simple reflejo de tintes católicos en un partido político le causa enorme rechazo.

Pues bien, caminando sobre ese límite serpenteante y arbitrario, barra de equilibrio en mano, Federico pregunta directamente a Santiago por la moral del partido que preside. Éste, que hay que decir que se apreciaba acatarrado y algo bajo de fuerzas, se sabe contra las cuerdas. Conoce perfectamente la controversia que ha habido sobre el aborto desde el inicio mismo de Vox, que llevó al desencanto de muchos por no presentar una posición netamente contraria. También sabe lo que el entrevistador desea escuchar, y con él una masa considerable de posibles votantes. El líder vasco está naturalmente a favor de la vida (tener cuatro hijos pequeños lo clarifica mucho) y es consciente del Mal que encarnan las políticas abortivas y sus funestas consecuencias, pero se encuentra en una posición de debilidad porque, simplemente, es una cuestión sobre la que no tiene convicciones profundas.

Santiago Abascal no es, a la presente, un hombre fervoroso ni un católico ideal. No porque rechace a Cristo ni lo desprecie, sino porque aún no lo conoce. Es hijo de su tiempo, un hombre que cree «a su manera», cosa que comparte con la gran mayoría de los que hoy se consideran cristianos en este país. Padece el gran mal que asola a una tierra antaño brava y devota, ahora anegada de laxitud y respeto humano.

Sin embargo, en este panorama indolente encontramos en él un hombre de acción: un español que ama su Patria y lucha por ella, pese a que no sea todavía un hombre de fe. ¿Es acaso un enemigo de la Iglesia de Cristo quien la defiende aún sin conocerla? ¿lo es alguien que se está oponiendo a la obra maligna cuyo único y real objetivo es socavarla hasta sus cimientos? ¿Es este hombre alguien a quien denostar o que merezca las antipatías de los católicos?

Santiago respondió, apocado, «no voy a ser quién le niegue esa posibilidad« cuando le preguntaron sobre un supuesto tan delicado como el aborto después de una violación, como aquel que entiende que hacerlo sería añadir un mal al ya recibido por la mujer que sufriere tal ignominia. Y continúa diciendo: «más allá de cuál sea mi consideración», dejando entrever que es negativa hacia ese acto. Es decir: evidencia una empatía total y lógica con la primera víctima, la mujer, y la comprensión de que una reacción esperable a tal situación es el rechazo al fruto de ese trauma…pero también encuentra dificultades en mantener una posición tajante en defensa de la segunda víctima, cuyo valor es siempre superior al de cualquier dolor. Un crimen horrendo no se subsana con otro.

No es fácil enfrentarse a ese supuesto y no sucumbir. Hay que tener profundas convicciones cristianas, cosa no frecuente en este mundo de fe suavizada en el que Dios ha pasado a un segundo plano de nuestra existencia.

Entender el valor del sufrimiento, la resignación cristiana, no suele darse ni siquiera entre los católicos practicantes. Es duro, es difícil.

Sin embargo, en estos últimos días muchos se han rasgado las vestiduras extrayendo estas palabras de Santiago, señalándolas con el dedo como quien detecta el mal oculto y la mancha que nunca podrá ser limpiada. Recordaban a la parábola del fariseo y el publicano, donde el primero no se fue justificado por su soberbia.

El amor a la vida y su defensa por encima de todo debe ser algo irrenunciable para aquellos que quieran estar del lado de Cristo. Pero reconocer el valor de toda lucha que se haga en este sentido, aunque no sea perfecta, sabiendo que puede salvar tantísimas vidas…o tener la humildad de no aprovechar las vacilaciones del otro para demonizarlo, sino acudir en su rescate con oraciones que contribuyan a darle la fortaleza o la guía que pueda precisar…todo eso también es obligación de un buen cristiano.

Como ha dicho mi estimado Eduardo Gómez Melero recientemente a este respecto: «Quizá un católico pueda votar a Vox en conciencia, si bien el voto para Vox no es un voto católico.»

Y yo añado: recemos para que lo sea.

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Nour

"España está perdida, pero tú y yo moriremos por ella" (del capitán Luis Daoiz a Pedro Velarde, el 30 de Abril de 1808).

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